La debacle de UGT y CCOO

febrero 10, 2011

La debacle social de los dos sindicatos oficiosos ya se viene produciendo desde hace tiempo, pero en los últimos meses las confirmaciones se suceden clamorosamente. UGT y CCOO están condenadas a desaparecer como referentes por ser organizaciones traidoras, desmovilizadoras de la sociedad y cómplices de un sistema económico basado en el robo y la explotación. Se han convertido en meras cáscaras sin contenido, vacías de reivindicaciones. Son estructuras de lucha sostenidas artificialmente por las ayudas del estado, las cuales reciben en nombre de todos los asalariados. Seguramente los trabajadores se moverían más si sus actos y mensajes fueran verdaderamente combativos. Pero no. Su mensaje es cobarde, condescenciente y derrotista: “hay que pactar, no nos queda otra”. Su inmovilismo solo genera más inmovilismo, y este a su vez más inmovilismo… y así hasta la aniquilación total de la conciencia de la población como trabajadores y como personas a la que nos aboca el capitalismo. La reducción del trabajador a un perfecto autómata de producción-consumo. La reducción del hombre a mero recurso humano, desechable como un pañuelo de papel.

La adopción de las tesis de la economía ortodoxa —el pensamiento único que decía Ramonet— convierte a estos sindicatos en un órgano más del sistema económico, un gremio que actúa según sus propios intereses. Pasan a ser cadenas con las que el estado —bajo el poder económico— mantiene a raya y somete a la clase trabajadora. Y es que no hay mejor forma de anular las reivindicaciones de los trabajadores que asimilarlas bajo las condiciones que más convienen al interés privado. Así lo hizo el capitalismo, definiendo las reglas del juego mediante leyes promulgadas por un estado a su servicio. Y UGT y CCOO decidieron ejemplificar gustosamente el sometimiento a estas reglas a cambio de erigirse en representantes de los trabajadores y percibir ayudas económicas en su nombre. Tan pronto este juego se consolidó, la traición quedó consumada; y su trágico destino, sellado.

Pero la fuerza de los trabajadores no está condenada a desaparecer con ellos. Existe tan claramente como claro y cristalino es que somos el único motor que mueve las fábricas y las oficinas. Lo único que resta hacer es alinear esa fuerza, y para eso hace falta reconocerla primero y organizarla después, con voluntad y mensajes contundentes. Mensajes que tienen que llegar a todos, pues de lo contrario no tendrán efecto, como es obvio. La acción en la calle debe volver, con carteles que asalten las mentes y provoquen la reflexión, dejando claro que mejorar nuestras condiciones solo es una cuestión de querer y no de poder. El poder ya es nuestro, y eso lo dice hasta esa constitución liberal que tenemos.

Con la caída de UGT y CCOO parece que vuelve el auténtico sindicalismo, el que antaño consiguió mejoras reales para la sociedad. Un sindicalismo preocupado por informar y fomentar el espíritu crítico de los ciudadanos, en lugar de por captar su voto y desactivarlos como personas reivindicativas.

Encontrándonos en este callejón sin salida de la injusticia pactada, la tarea es animar a adquirir conocimientos, a la reflexión sosegada, a la crítica informada y a la defensa responsable de los derechos de forma directa, sin intermediarios. Se trata de salir del callejón destruyendo los muros que nos constriñen en vez de dar media vuelta resignado y quejicoso, lamentando la mala suerte de sufrir una crisis de la que no se es culpable. Basta de lloriqueos y autocompasión: la salida se encuentra en la conciencia colectiva, a cuyo desarrollo debemos contribuir.

La respuesta a las agresiones no puede ser aceptar una agresión suavizada, sino al contrario: exigir la reducción de la jornada laboral, el aumento del SMI, el aumento de las tasas al sistema financiero, la reducción del IVA de consumo primario y el aumento de los impuestos a las fortunas y grandes empresas. Y digo exigir porque somos nosotros los que hacemos material e intelectualmente todo lo que se produce en este país. Porque el estado tiene el Deber de estar a nuestro servicio y no al de las camarillas financieras.

En conclusión, tenemos que hablar, explicar, convencer, concienciar. Sin dogmas y sin más credo que la realidad misma: el dinero no trabaja; es el trabajador el que lo hace: el asalariado, el autónomo, todo aquel que usa su cuerpo o su mente para dar algo a la sociedad. Y una nota para todos los que se sienten comprometidos con estas cuestiones: no hagáis cosas que os den mala imagen pública o que os puedan encasillar como un grupo ajeno a la gente “normal”. Se trata de convencer, no de convertirse en un gremio o una tribu urbana. El poder económico sabe aprovechar rápidamente las diferencias para desarticular las protestas en los medios de masas, que están bajo su control.

Juan C. V.

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¡Quejicosos del mundo, uníos!

septiembre 6, 2010

“Los sindicatos son unos vendidos. Tendrían que haber salido antes, cuando el paro empezó a crecer”. Es frecuente escuchar este tipo de comentarios tanto en la calle como en los foros de internet. Hasta cierto punto encierran algo de verdad, puesto que el sistema político y económico en el que vivimos reúne las condiciones perfectas para que se dé este problema. Pero dejando esto a un lado, ¿es que acaso hacemos algo nosotros para defender nuestros derechos? ¿por qué habríamos de esperar que otros lo hicieran si ni siquiera nosotros, los mayores interesados, lo hacemos?

Se nos llena la boca constantemente de quejas, críticas, exigencias y reclamaciones airadas contra el resto del mundo, pero cuando se trata de levantar el culo, de hacer algo más que quejarse al viento, aquí nadie mueve un puto dedo. Sí, digo nadie porque la insignificante minoría que se mueve no solo no obtiene reconocimiento por su labor, antes bien es increpada y señalada como responsable del problema. Aquí todos somos tan listos que para hacer lo que nos gusta invertimos mucho tiempo y esfuerzo, mientras que para defender las cosas que hacen esto posible, nuestros derechos, delegamos y decimos “¡ah! que me defiendan otros, que yo bastante tengo con pagar mis impuestos”.

Sí, señores, parece que con votar cada cuatro años o pagar impuestos la responsabilidad de defender los derechos de uno ya es cosa de otros. ¿Qué es eso de manifestaciones? ¿Qué es eso de concentraciones? ¿Qué es eso de hacer huelgas? ¡Eso que lo hagan los sindicatos, que para eso reciben dinero de nuestros impuestos! ¡Eso que lo hagan los jóvenes! ¡Eso que lo hagan las asociaciones de activistas! En definitiva, ¡eso que lo hagan otros!

Qué bonito, ¿verdad? Todo esto sería perfecto en un mundo en el que unos cuantos profesionales sindicales pudieran hacer la presión suficiente para defender a los trabajadores de todo un país. Pero resulta que nuestro mundo es distinto y aquí lo que cuentan son las multitudes con cara de mala leche (y a veces ni eso). Aquí, para defender los derechos de uno hay que mover el culo y percatarse de que muchas organizaciones llevan convocando manifestaciones desde que comenzó la crisis. Hay que tener un mínimo de interés y darse cuenta de que algunas personas se han movido todo este tiempo mientras el resto no hacía más que quejarse. Y hay que tener la cara muy dura para que, después de no haber hecho una mierda por defender los derechos de uno mismo —no ya del resto—, se critique a diestro y siniestro ¡por no haberlo hecho en su lugar! Debe de ser que ir a una manifestación es una actividad que requiere un gran esfuerzo físico. O quizás es que eso de defender derechos es algo aburrido y poco interesante, nunca comparable al paseíllo de 23 individuos vestidos de rojo sobre un autocar. O tal vez es que una gran mayoría de personas apenas se plantea cuestiones tan etéreas… Probablemente es que nuestras sociedades no están formadas por personas responsables, sino por autómatas de trabajodiversión para los que cualquier otra cosa debe ser responsabilidad del indispensable papá estado y sus ramificaciones burocráticas. ¿Manifestarse? ¿Hacer huelgas? ¡Que el gobierno cree un ministerio para eso!

Parece que en el tiempo en que nos ha tocado vivir ya no hay trabajadores que respondan a la llamada de unión de los proletarios; solo hay quejicas en distintos grados. Así pues, como uno que se acaba de quejar y que ha tomado conciencia de su condición de quejica, solo me resta convocaros al grito de:

¡Quejicosos del mundo, uníos!

Juan C. V.


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