Sobre la servidumbre voluntaria

agosto 4, 2013

El roto - Túnel

Mas ¡oh buen Dios! ¿qué título daremos a la suerte fatal que agobia a la humanidad? ¿Por qué desgracia o por qué vicio, y vicio desgraciado, vemos a un sinnúmero de hombres, no obedientes, sino serviles, no gobernados, sino tiranizados; sin poseer en propiedad ni bienes, ni padres, ni hijos, ni siquiera su propia existencia? Sufriendo los saqueos, las torpezas y las crueldades, no de un ejército enemigo, ni de una legión de bárbaros, contra los cuales hubiera que arriesgar la sangre y la vida, sino de Uno solo, que no es ni un Hércules ni un Sansón; de un hombrecillo, y con frecuencia el más cobarde y afeminado de la nación, que sin haber visto el polvo de las batallas, ni haber siquiera lidiado en los torneos, aspira nada menos que a gobernar los hombres por la fuerza, incapaz como es de servir vilmente a la menor mujercilla ¿Llamaremos a eso cobardía? ¿Llamaremos cobardes a los que así se dejan envilecer? Que dos, tres o cuatro personas no se defiendan de uno solo, extraña cosa es, mas no imposible porque puede faltarles el valor. Pero que ciento o mil sufran el yugo de Uno solo, ¿no debe atribuirse más bien a desprecio y apatía que a falta de voluntad y de ánimo? Y si vemos no ciento, ni mil hombres, sino cien naciones, mil ciudades, un millón de hombres, dejar de acometer a Uno solo y prestarle vasallaje, mientras que éste los trata peor que infelices esclavos, ¿diremos que sea por debilidad? Todos los extremos tienen sus límites: dos y aún diez pueden temer a Uno; pero no será por cobardía el que mil, un millón, un sinnúmero de ciudades, no se defiendan de él, puesto que la cobardía no puede llegar hasta este punto, así como el valor no se extiende tampoco a que uno solo asalte una fortaleza, acometa a un ejército o conquiste un reino. ¿Qué monstruosidad pues será ésta que, ni el título merece de cobardía que no halla nombre lo bastante vil, que por su bajeza se resiste la naturaleza a conocerla y la lengua a pronunciarla?

[…]

Para conseguir el bien que desea, el hombre emprendedor no teme ningún peligro, el trabajador no escatima ningún esfuerzo. Sólo los cobardes y los perezosos no saben ni soportar el mal, ni recobrar el bien que se limitan a desear. La energía de procurárselo se la roba su propia cobardía; no les queda más que el natural anhelo de poseerlo. Este deseo, esta voluntad innata común a los sabios y a los locos, a los audaces y a los cobardes, les hace apetecer todas aquellas cosas cuya posesión les haría felices y contentos. Hay una sola que los hombres, no se por qué, no tienen ni siquiera fuerza para desearla. Es la libertad, ese bien tan grande y dulce, que cuando se pierde, todos los males sobrevienen y que, sin él, todos los otros bienes, corrompidos por la servidumbre, pierden enteramente su gusto y sabor. Sólo a la libertad los hombres la desdeñan, únicamente, a lo que me parece, porque si la deseasen la tendrían: como si se rehusasen a hacer esa preciosa conquista porque es demasiado fácil.

¡Hombres miserables, pueblos insensatos, naciones envejecidas en vuestros males y ciegas cuando se trata de vuestra felicidad! ¿Cómo os dejáis arrebatar lo más pingüe de vuestras rentas, talar vuestros campos, robar vuestras casas y despojarlas de los muebles que heredasteis de vuestros antepasados? Vivís de manera que pudierais asegurar que nada poseéis, y aún tendríais a gran dicha el ser verdaderos propietarios de la mitad de vuestros bienes, de vuestros hijos y hasta de vuestra propia existencia. ¿De qué provendrá esta calamidad, este estrago, esta ruina? ¿Acaso de los enemigos? No por cierto: pero sí proviene del enemigo, de aquel Uno que vosotros engrandecéis, de aquel por quien os sacrificáis tan valerosamente en la guerra, ofreciendo vuestros pechos a la muerte para conservarle en su tiranía. Este poderoso que os avasalla, este tirano que os oprime, sólo tiene dos ojos, dos manos, un cuerpo, ni más ni menos que el hombre más insignificante de vuestras ciudades. Si en algo os aventaja es en el poder que le habéis consentido de destruirnos.

Étienne de La Boétie, Discurso sobre la servidumbre voluntaria, c. 1550.

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La falsa naturalidad del liberalismo económico

julio 18, 2013

Portada del libro Leviatán, de Thomas Hobbes

La vía del librecambio ha sido abierta, y mantenida abierta, a través de un enorme despliegue de continuos intervencionismos, organizados y dirigidos desde el centro.

Hacer que la «libertad simple y natural» de Adam Smith sea compatible con las necesidades de la sociedad humana es un asunto muy complicado. La complejidad de los artículos de innumerables leyes sobre las enclosures lo pone de manifiesto, al igual que la extensión del control burocrático exigida por la administración de las nuevas leyes de pobres, que, a partir del reinado de Isabel, han sido efectivamente supervisadas por la autoridad central; y también el crecimiento de la administración gubernamental, inseparable a su vez de la meritoria tarea de poner en marcha una reforma municipal. Y, sin embargo, todas esas ciudadelas de la injerencia gubernamental se erigieron con la intención de regular la liberalización de la tierra, el trabajo y la administración municipal. Del mismo modo que la invención de máquinas que economizarían trabajo no ha hecho disminuir, al contrario de lo que se esperaba de ellas, sino que ha hecho aumentar la utilización del trabajo del hombre, la introducción de mercados libres, lejos de suprimir normativas, regulaciones e intervenciones, ha potenciado enormemente su alcance. Los administradores tuvieron que estar muy en guardia para asegurar el libre funcionamiento del sistema. Fue así como, incluso aquellos que deseaban ardientemente liberar al Estado de funciones inútiles y cuya filosofía exigía la restricción de sus actividades, se vieron obligados a otorgarle poderes, órganos y nuevos instrumentos, necesarios para la institucionalización del laissez-faire.

Esta paradoja se ve superada por otra. Mientras que la economía del librecambio constituía un producto de la acción deliberada del Estado, las restricciones posteriores surgieron de un modo espontáneo. El laissez-faire fue planificado, pero no lo fue la planificación. Hemos mostrado ya la verdad de la primera parte de esta aserción. Si alguna vez ha existido una utilización consciente del poder ejecutivo al servicio de una política deliberada dirigida por el gobierno, fue la emprendida por los discípulos de Bentham en el heroico período del laissez-faire. Por lo que se refiere a la segunda parte de la aserción, Dicey, ese eminente liberal, fue el primero que suscitó la cuestión: se impuso a sí mismo el trabajo de investigar los orígenes de la tendencia «anti-laissez-faire» o, como él la denominaba, la tendencia «colectivista»; indagó en la opinión pública inglesa esa inclinación, cuya existencia era evidente desde finales de los años 1860. Su sorpresa fue que no pudo encontrar rastros de la misma salvo en los propios actos legislativos. Dicho de forma más precisa, no se puede encontrar el menor testimonio de una «tendencia colectivista» en la opinión pública con anterioridad a las leyes aprobadas en esa línea. […] La punta de lanza legislativa del movimiento de reacción contra un mercado autorregulador, tal como se estaba desarrollando en los cincuenta años posteriores a 1860, muy espontánea en este caso, no ha estado dirigida por la opinión sino que ha sido inspirada por un espíritu puramente pragmático.

Karl Polanyi, La gran transformación, 1944.

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Crítica demoledora del liberalismo


El emperador está desnudo

enero 29, 2011

Las revueltas se suceden. Túnez, Egipto, Yemen… Alguien gritó que el emperador estaba desnudo y todos se lanzaron sin miedo a la calle. La conciencia de que la unión y la protesta pueden dar resultados efectivos ha evaporado la mortaja y los grilletes que se autoimponían los siervos, como si nunca hubieran existido. La fuerza de la polícia, el ejército y los políticos no es nada comparada a la furia y la rabia del pueblo unido, sediento de ser escuchado, de libertad y de justicia. Aquellos que se interpongan en su camino serán ahogados y diluidos por la marea.

Los militares recibirán órdenes de defender los regímenes, pero todas ellas serán vanas si los manifestantes se hacen entender y confraternizan con los soldados. “¿Quienes son ellos para mandarnos, compañero? Tú, soldado, eres uno de nosotros. Nosotros somos los que pagamos tu sueldo, tu uniforme y tus armas. Nosotros somos trabajadores como tú y solo deseamos vivir mejor. No dispares a los que podrían ser tus abuelos, padres y hermanos. Vuelve con el pueblo que te ha engendrado, el pueblo al que perteneces”. ¿Quiénes son, si no, los soldados? Personas como nosotros que quieren ganarse la vida trabajando, defendiendo el país. ¿Acaso atacar a su pueblo es defender el país? Las órdenes les vienen de la tiranía, de la individualidad egoísta, de las castas privilegiadas, propietarias de las grandes empresas y los recursos del país. Esas castas no son los ciudadanos… son sus opresores. “Soldado, vuélvete contra esos que nos dominan. Hoy tú estás con nosotros. Mañana nosotros estaremos contigo”.

La sed de libertad y justicia recorre el mundo árabe como la pólvora y no se dentendrá hasta que esté saciada. Las revueltas bajarán en intensidad, pero la llama permanecerá aún viva en los corazones y solo será cuestión de tiempo que vuelva a iluminar la calle con ferocidad y determinación inusitadas.

Mientras tanto, en Europa nos arrastramos para seguir participando gratamente de nuestra condición de siervos. Pero ¿por qué no gritar también que el emperador está desnudo? ¿Por qué no iniciar esa chispa de la conciencia, la autoconfianza y la determinación? ¿Podría la sola mención de Túnez darnos las fuerzas suficientes para unirnos en una multitudinaria manifestación en Madrid?

El emperador está desnudo. Nosotros somos los dueños de nuestros destinos. Las manifestaciones sirven. ¡Claro que sirven! Tan solo hay que creer en ellas y echarse a la calle. El pensamiento negativo que alega que no sirven es precisamente el que hace que no sirvan. Y es por eso que hay que eliminar toda duda. No cabe duda en la unión total, en la ciudadanía unida como un solo organismo que se revuelve en sus ya inanes cadenas.

¿Quién iniciará esa chispa tan ansiada en Occidente? ¿Cuándo sucederá? Habremos de estar preparados para el momento, pues la calle nos esperará con páginas en blanco dispuestas a ser escritas por nuestros actos.

Juan C. Valls

Fotografía de Mohamed Omar/REUTERS. Fuente: 20 Minutos.

Puedes citar este artículo como:

Valls, J. C. “El emperador está desnudo”, La prisión mental. URL: https://laprisionmental.wordpress.com/2011/01/29/el-emperador-esta-desnudo/.


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