¿Quién paga el estado del bienestar?

mayo 8, 2013

Parque Josaphat-Anes (Bruselas). Foto de Schaerbeek; Wikicommons.Uno de los rasgos característicos del estado del bienestar es el reconocimiento de derechos sociales y la concesión de servicios públicos con el objetivo de mejorar el nivel de vida de toda la población. De estos servicios, los que forman su baluarte son la sanidad, la educación, las pensiones y las prestaciones por desempleo, pero también se incluyen entre ellos el transporte, los centros culturales y de ocio, etc. En cuanto a su política económica, de corte keynesiano, se caracteriza por priorizar antes que cualquier otra cosa la creación de empleo, con el objetivo de alcanzar así la menor tasa de desempleo posible. La idea que subyace a este modelo de estado es que no hay bienestar sin empleo ni un mínimo de seguridad respecto al futuro. Su pretensión es ser un compromiso entre los capitalistas (las empresas) y los trabajadores, de modo que parte de los beneficios empresariales reviertan también en la sociedad en su conjunto.

La edad dorada del estado del bienestar occidental abarcó aproximadamente desde 1945 hasta 1970, período de postguerra en el que prevaleció la política económica keynesiana. Sin embargo, en la década de los 70, la conjunción de estancamiento e inflación llevó a un aprieto a la teoría keynesiana, pues esta no disponía de una receta clara para afrontar dicho escenario. El capitalismo se encontraba en una profunda crisis de su modelo de acumulación. Fue a partir de entonces, y especialmente durante los 80, cuando las voces críticas con el estado del bienestar se hicieron fuertes y lograron la adhesión de los gobiernos. O los gobiernos se adhirieron a ellas, en busca de alternativas y justificaciones.

Los críticos del estado del bienestar aducían que el estancamiento y la inflación eran la consecuencia directa de su misma esencia, pues según ellos: 1) el gasto en servicios sociales produce un déficit dedicado a estimular el consumo, lo que disminuye el ahorro de las familias y, a largo plazo, el crecimiento y el empleo; y 2) perpetúa el mismo desempleo que crea, debido a que las prestaciones sociales reducen el incentivo de trabajar y la flexibilidad en salarios de la contratación. Por ello, los críticos promueven de una forma u otra un retorno al liberalismo del siglo XIX, cuya nueva versión ha recibido el nombre de neoliberalismo. Este aboga por reducir el estado todo lo posible, en especial en todo aquello que caracteriza al estado del bienestar: regulaciones laborales, prestaciones, sanidad, educación, etc. Su credo es que el mercado, liberado de intervenciones estatales, se autorregula armoniosamente y produce pleno empleo y crecimiento. Para ellos el estado del bienestar realiza una redistribución neta a favor de los trabajadores a costa del beneficio de las empresas, y es fundamentalmente eso lo que en su opinión sería pernicioso. El parecido con lo que escuchamos actualmente en los medios de comunicación en boca de políticos de derecha, economistas y grandes empresarios no es una coincidencia.

Sin embargo, ambas críticas son infundadas, tal y como apunta con una claridad meridiana el economista Anwar Shaikh en su estudio «Who pays for ‘welfare’ in welfare state? A multicountry study» (Social Research, 2003). En primer lugar, Shaikh señala que muchos estudios microeconómicos y macroeconómicos realizados hasta la fecha indican todo lo contrario. El vínculo que hay entre beneficios, regulaciones del mercado de trabajo y desempleo parece ser muy débil. Por si fuera poco, no se han encontrado evidencias empíricas de que la política laboral de los estados del bienestar europeos fuera un factor clave en las crisis de empleo que sufrieron en los 1980 y 1990.

En segundo lugar, Shaikh presenta su propio estudio al respecto, basado en datos oficiales de la OCDE, y no deja lugar a dudas. Los servicios sociales del estado del bienestar no son fruto de una redistribución neta del capital al trabajo, sino que son casi por completo autofinanciados por los mismos trabajadores a través de sus impuestos. La redistribución solo se produce entre los trabajadores mismos, especialmente entre los extremos de asalariados pobres y asalariados ricos. Esto supone una evidencia en contra de la tesis que consideraba estos servicios los causantes del déficit, el desempleo y el estancamiento del crecimiento del PIB. Así mismo, echa por tierra las justificaciones que esgrimen los gobiernos para recortar los gastos sociales y favorecer el trasvase de rentas hacia el capital. Y todo esto sin tener en cuenta que toda la riqueza procede del trabajo.

Juan C. Valls

Puedes citar este artículo como:

Valls, J. C. “¿Quién paga el estado del bienestar?”, La prisión mental, URL: https://laprisionmental.wordpress.com/2013/05/08/quien-paga-el-estado-del-bienestar/.

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¿Qué es el neoliberalismo y cuál es su programa?

diciembre 30, 2011

El neoliberalismo es, según David Harvey (2005):

una teoría de prácticas político-económicas que afirma que la mejor manera de promover el bienestar del ser humano consiste en no restringir el libre desarrollo de las capacidades y de las libertades empresariales del individuo dentro de un marco institucional caracterizado por derechos de propiedad privada fuertes, mercados libres y libertad de comercio… La intervención estatal en los mercados (una vez creados) debe ser mínima porque, de acuerdo con esta teoría, el Estado no puede en modo alguno obtener la información necesaria para anticiparse a las señales del mercado (los precios) y porque es inevitable que poderosos grupos de interés distorsionen y condicionen estas intervenciones estatales (en particular en los sistemas democráticos) atendiendo a su propio beneficio.

Su origen como corpus doctrinario se remonta a los gobiernos de Margaret Thatcher (Reino Unido) y Ronald Reagan (EEUU), que a comienzos de los años 80 iniciaron una transformación en el seno del capitalismo vigente al poner en práctica las ideas de economistas como Milton Friedman y Friedrich Hayek.

Desde finales de la Segunda Guerra Mundial hasta los años 70, el capitalismo occidental se había caracterizado por la aplicación de algunas tesis del economista John Maynard Keynes que defendían el papel del Estado como promotor del empleo y guardián del sistema capitalista. Para ello, el estado intervenía considerablemente en la economía, financiando el llamado estado del bienestar (pleno empleo y servicios sociales públicos) y fomentando la actividad económica cuando el capitalismo alcanzaba las fases recesivas de su ciclo de vida (crisis). De esta forma, el estado evitaba que durante las crisis se produjera la temible paradoja del ahorro, una trampa en la que el ahorro se convierte en un factor negativo que puede acabar con la economía.

La paradoja del ahorro nos dice que el aumento del ahorro debido a las malas expectativas sobre la economía futura (algo que sucede en las crisis) hace que se reduzca el consumo y la inversión y, en consecuencia, acaben cerrándose empresas y aumentando el desempleo, lo que a su vez reduce esta demanda agregada y así circularmente. Bajo la doctrina keynesiana, esta espiral dañina era interrumpida con la inversión estatal en sectores productivos a base de una deuda pública que sería pagada durante la fase de bonanza. Así, cuando todo comenzara a ir bien, el estado obtendría grandes ingresos a través de un nivel alto de impuestos a las empresas y los capitales.

Hacia la década de los 70, sin embargo, este capitalismo sostenido fuertemente por el estado comenzó a mostrarse incapaz de resolver fenómenos como la estanflación, esto es, la presencia simultánea de inflación (aumento generalizado de los precios) y estancamiento de la economía (crecimiento prácticamente nulo). Esta debilidad de las propuestas keynesianas permitió que ideas económicas más cercanas al liberalismo clásico volvieran a adquirir influencia entre los mandatarios y altos burócratas. De manos de  economistas conservadores como Milton Friedman y Friedrich Hayek, surgieron fuertes críticas al keynesianismo por defender la intervención del estado en la economía.

El neoliberalismo, pues, consiste en una recuperación de las convicciones liberales clásicas bajo nuevas propuestas teóricas en su misma tradición. Los principios fundamentales del liberalismo económico clásico son dos:

  1. Laissez faire. Literalmente, “dejad hacer”. Es decir, defiende dejar que los mercados funcionen libremente sin que el estado intervenga en ellos. Los liberales están convencidos de que los mercados libres se autorregulan y dan lugar a una asignación óptima (eficiencia máxima) de los recursos económicos.
  2. Estado mínimo. Para el liberalismo clásico manchesteriano y el neoliberalismo, el estado ha de ser lo más pequeño posible para que su actividad no interfiera con el mercado. Solo debería tener funciones básicas como la protección de la propiedad privada y el cumplimiento de los contratos. Para estos liberales, el estado no debería ofrecer bienes y servicios, pues lo haría de forma ineficiente y, además, impediría que las empresas privadas pudieran competir adecuadamente en dichos sectores. Por otro lado, los impuestos tendrían que ser los mínimos necesarios para sostener el sistema judicial, la policía, el ejército y la construcción de infraestructuras que favoreciesen el comercio.

Tomando como punto de partida estos principios y las teorías económicas basadas en ellos, el neoliberalismo sostiene frente al keynesianismo que (Palley, 2004):

  • Los factores de producción (trabajo y capital) se pagan conforme a su valor. Es decir, un trabajador cobra lo que el mercado dice que vale su trabajo según la oferta y la demanda. La distribución del ingreso se debe, por tanto, al valor de cambio mercantil. El keynesianismo europeo, por el contrario, afirma que la distribución del ingreso se debe a factores institucionales y al poder de negociación de las partes.
  • Las economías libres se ajustan de forma automática al pleno empleo, pues el mercado no prescinde de recursos valiosos como el trabajo. Los keynesianos, sin embargo, sostienen que la actividad económica y el empleo se deben sobre todo al nivel de demanda agregada, que acaba sufriendo fluctuaciones catastróficas  que solo el estado puede paliar.

El programa del neoliberalismo busca aplicar sus principios fundamentales (laissez faire y estado mínimo) en todo el mundo, para lo cual propone:

  • Privatización de todas las partes del estado que permita la coyuntura actual, salvo el aparato judicial, las fuerzas policiales y el ejército. (No obstante, en última instancia también se busca su privatización; véanse, por ejemplo, las agencias privadas de mercenarios que EEUU contrató para la guerra de Irak).
  • Desregulación de los mercados y libre circulación de capitales, esto es, eliminación a nivel regional e internacional de inspecciones, controles y cargas estatales sobre las operaciones financieras y mercantiles.
  • Reducción de los impuestos a la actividad empresarial y al capital.
  • Intensificación del comercio local e internacional mediante tratados de libre comercio y organismos supranacionales como el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial.
  • Eliminación del estado del bienestar (salud, pensiones, educación y otros servicios sociales públicos) en beneficio de sus correspondientes alternativas privadas.
  • Desincentivación o limitación del sindicalismo y otros derechos sociales relacionados con el trabajo y su poder de negociación.
  • Sostenimiento del sistema bancario a través de la intervención estatal por medio de los bancos centrales como prestamistas de última instancia y mantenimiento de la titularidad privada de las sociedades y bancos rescatados.
  • Reducción del papel del estado a árbitro de intereses económicos en pugna y a protector de la propiedad privada, la estabilidad social (paz entre clases sociales), la libertad empresarial, la libertad de comercio y el cumplimiento de los contratos a través de la policía, el aparato judicial y el ejército.

Esto es básicamente lo que propone la doctrina política conocida como neoliberalismo. Así todo, entre sus impulsores existen también divergencias, sobre todo en cuanto al papel de los bancos centrales y la reducción del estado. En algunos casos, se defiende incluso la completa eliminación del estado sin menoscabo del capitalismo, algo que sus proponentes han venido a llamar —suscitando la indignación de los anarquistas— anarcocapitalismo.

Juan C. Valls

Puedes citar este artículo como:

Valls, J. C. “¿Qué es el neoliberalismo y cuál es su programa?”, La prisión mental. URL: https://laprisionmental.wordpress.com/2011/12/30/que-es-el-neoliberalismo-y-cual-es-su-programa/.


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