El germen del fascismo

mayo 6, 2013

HitlerTodos somos distintos. Lo somos en nuestros rasgos físicos y de carácter, nuestro origen, nuestras experiencias, nuestros deseos, nuestras creencias, y así hasta un largo etcétera probablemente inexhaurible. Vivimos vidas singulares, irrepetibles en tanto que existencias imposibles de reproducir, intercambiar o incluso de comunicar fielmente. Y así todo, compartimos algo. Siempre compartimos algo. Cuando menos, muchos compartimos una lengua y ciertas pautas culturales, que conforman nuestro mundo-vida primigenio. Somos producto de nuestra herencia biológica y sociocultural. La diferencia y la semejanza, siempre parciales, nos constituyen como humanos pertenecientes a una comunidad.

En ocasiones, la comunidad se entiende a sí misma como nación, esto es, como comunidad de sentimiento, comunidad de cultura e historia compartidas, comunidad política, habitualmente realizada y autodeterminada mediante un Estado (Caminal, en Ciudad y ciudadanía, Trotta, 2008, p. 53). Toda nación, sin embargo, esconde un peligro en lo más profundo de sus ignominiosas cavernas. Es el terror más glorioso y la gloria más terrorífica que puede conocer. Orgullo heroico, ávido de realizar su leyenda colectiva más sublime. Orgullo etnocéntrico, mitológico y depredador. La comunidad se torna hacia sus presuntos orígenes míticos y hacia sus presuntas diferencias con los otros de fuera y, así, volcada sobre sí misma, se proyecta hacia el futuro en la forma más totalitaria imaginable. Es la nación entendida como unidad de destino en lo universal, en palabras del fascista José Antonio Primo de Rivera. Raza, orgullo, orígenes, leyendas, héroes de la patria y xenofobia. Este es el germen del fascismo.

No obstante, el fascismo como fenómeno sociocultural va más allá de esto y requiere una explicación un tanto más compleja. Jean-François Lyotard (1984) señala acertadamente que en esta forma de totalitarismo lo que tenemos es un relato mítico-tradicional con el que ciertos individuos o grupos de una comunidad pretenden legitimarse como instancia de poder. El modo en que opera dicho tipo de legitimación es mediante la pragmática misma de la narración del relato mítico, en la que se repite incesantemente la comunidad, sus roles (narrador y oyentes) y sus referentes (nombres).

Y como lo propio del relato es reunir, juntar, poner en orden y transmitir, no sólo las descripciones sino además las prescripciones, las valoraciones, los sentimientos […], la tradición transmite las obligaciones asignadas a los nombres con las prescripciones relacionadas con tal situación, y las legitima por el solo hecho de ponerlas bajo la autoridad del nombre […] Lo exterior a esta tradición, sea acontecimiento natural o humano, si no tiene nombre por sí mismo, no es, porque no ha sido autorizado (no es “verdadero”) […] En esta práctica narrativa, pues, está en juego una política, pero inmersa en el conjunto de la vida instituida por los relatos (Lyotard, La postmodernidad explicada a los niños, Gedisa, 1989, cap. 4)

Según esto, Lyotard explica el nazismo de la siguiente forma:

Congresos de NurembergEl nazismo puso el nombre “Ario” en lugar de la Idea de ciudadano, fundó su legitimidad en la saga de los pueblos del Norte abandonando el horizonte moderno del cosmopolitismo. Si logró triunfar es porque flotaba en el pueblo soberano […] un deseo de “retornar a las fuentes”, un deseo que sólo la mitología puede satisfacer. El nazismo proporcionó los nombres y los relatos que le permitieron identificarse exclusivamente con los héroes germánicos y restañar las heridas producidas por la derrota y la crisis. La xenofobia y la cronofobia están necesariamente implicadas en este dispositivo de lenguaje que sirve a la legitimación (ibidem).

Sin embargo, esto solo nos permite comprender una parte del fenómeno. Históricamente, el fascismo surge en la década de 1920 en Italia y Alemania como movimiento nacionalista autoritario integrado ante todo por excombatientes. Dado que se oponía duramente al socialismo marxista y defendía la creación de un estado totalitario, económicamente proteccionista y socialmente constrictor, este movimiento pronto fue financiado por capitalistas reaccionarios que temían perder su supremacía social con el auge del socialismo y una probable inminente revolución de los trabajadores. Basta ver quién financiaba los respectivos partidos de Mussolini y Hitler para notar hasta qué punto esto es importante. No obstante, su retórica se posicionaba entre el comunismo y el liberalismo, y se postulaba a sí mismo como una ideología política novedosa acorde con los tiempos. Frente al comunismo, rechazaba la lucha de clases y la abolición de la propiedad privada de los medios de producción, y frente al liberalismo, rechazaba los parlamentos y el mercado libre. El Estado que defendían era corporativista, inspirado en las ideas sindicalistas de gran influencia durante las primeras décadas del siglo XX. De hecho, originalmente fueron movimientos autoproclamados nacional-sindicalistas o nacional-socialistas. Además, puesto que despreciaban las instituciones liberales existentes, abogaban por un fuerte activismo revolucionario que daba preeminencia a la guía salvífica de los líderes del movimiento, así como a la acción violenta y expeditiva. La idea fascista de nación antes esbozada y su discurso mitológico-nacionalista constituían la argamasa legitimatoria de estos caudillos, tal y como acabamos de ver.

En España el fascismo se desarrollará más tarde, pues durante la dictadura de Primo de Rivera de los años veinte los sectores capitalistas no sintieron la necesidad de apoyar movimientos de esta índole. El poder ya pertenecía a su clase social. Sin embargo, con la instauración de la democracia liberal en la II República y la extensión de los derechos laborales y la lucha obrera, estos sectores comenzaron a financiar y publicitar los movimientos fascistas nacientes, especialmente el partido Falange Española, fundado por José Antonio Primo de Rivera.

En cuanto a los orígenes ideológicos, se podría trazar una genealogía hasta los autores fundacionales del nacionalismo europeo, como hace Bertrand Russell en el breve ensayo «La ascendencia del fascismo» publicado en 1935:

Los fundadores de la escuela de pensamiento de la cual surgió el fascismo tienen todos ciertas características comunes. Buscan el bien en la «voluntad», más que en el sentimiento o en el conocimiento; valoran más el poder que la felicidad; prefieren la fuerza al argumento, la guerra a la paz, la aristocracia a la democracia, la propaganda a la imparcialidad científica. Abogan por una forma de austeridad espartana, como opuesta a la cristiana; es decir, consideran la austeridad como un medio para obtener un dominio sobre los demás, no como una autodisciplina que ayuda a alcanzar la virtud y, solo en el otro mundo, la felicidad. Los últimos de entre ellos están imbuidos de un darwinismo vulgar y consideran la lucha por la vida como el origen de especies superiores; pero se trata más de una lucha entre razas que de una lucha entre individuos, como la que defendían los apóstoles de la libre competencia. Placer y conocimiento, concebidos como fines, se les antojan demasiado pasivos. Sustituyen el placer por la gloria, y el conocimiento por la afirmación pragmática de que lo que ellos desean es la verdad. En Fitche, Carlyle y Mazzini, estas doctrinas están todavía envueltas en un manto de hipocresía moral convencional; en Nietzsche, avanzan por primera vez desnudas y sin vergüenza.

MussoliniCon todo, aún nos resta explicar las causas profundas del fascismo. Es en este punto donde resulta muy relevante el análisis histórico y económico que nos ofrece Karl Polanyi en La gran transformación (1944). Polanyi considera que para entender el origen del fascismo debemos remontarnos al origen mismo del liberalismo laissez faire y a la tremenda dislocación social que produjo —y sigue produciendo aún hoy— su aplicación. Este liberalismo surge a finales del siglo XVIII y se caracteriza por defender un modelo de sociedad en la que un mercado absolutamente libre armonizaría toda la vida económica y social a través de las leyes de la oferta y la demanda.

Polanyi apunta que, sin embargo, dicho mercado autorregulador fue ante todo una utopía que se intentó imponer a sangre y fuego precisamente desde y por el Estado, ese monopolio de la violencia que los liberales laissez faire utilizan donde, cuando y como les conviene (pese a repudiarlo). La extensión de la lógica del mercado a la tierra, el trabajo y el dinero —hecho que según Polanyi nunca en la historia se había dado de una forma tan intencionada y generalizada como en la Inglaterra del siglo XIX— iba a trastocar toda la sociedad. La reacción elástica a las políticas liberales consistiría, por un lado, en una resistencia a favor de los trabajadores (movimiento obrero, socialismos) y, por otro lado, en una resistencia a favor de los valores tradicionales (tradicionalismo, fascismo). El fascismo iba a ser el contramovimiento surgido entre las dos guerras mundiales que se opondría tanto a la lógica mercantil como a las soluciones marxistas del tipo que estaban ensayando los bolcheviques en la URSS. Fue la solución de los nacionalistas de derecha cuyo orgullo se había visto herido tras la Primera Guerra Mundial. No es de extrañar, pues, que sus vínculos militares y capitalistas fueran muy fuertes. Tanto, que estos últimos no dudaron en fomentar tal movimiento para combatir en las calles a los trabajadores organizados que ya comenzaban a vislumbrar en el horizonte la Revolución Social.

Juan C. Valls

Puedes citar este artículo como:

Valls, J. C. “El germen del fascismo”, La prisión mental. URL: https://laprisionmental.wordpress.com/2013/05/06/el-germen-del-fascismo/.

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De los trazos del pasado a los trazos del futuro (Movimiento 15M)

agosto 8, 2011

Las protestas del llamado movimiento 15M no decaerán, al contrario de lo que muchos predicen fallidamente sin cesar. El estallido podría no haber sucedido el 15M. Podría haber sido antes, o tal vez después, pero lo cierto es que ocurrió porque tenía que ocurrir. La tensión que se acumula sin pausa en las capas de la sociedad que más sufren los desmanes económicos acaba alcanzando, tarde o temprano, un punto crítico en el que necesariamente esta debe escapar de alguna forma. Las protestas convocadas para el 15 de mayo y las posteriores acampadas fueron tan solo el catalizador de la reacción esperable para la cual ya se reunían todas las condiciones necesarias. A finales de mayo estalló en las calles la indignación que desde hacía tiempo se había gestado en las asociaciones ciudadanas (plataformas para la huelga general y contra los recortes sociales) y en Internet (movimientos en blogs, foros y redes sociales). Sin embargo, todavía hoy la rabia y la ira —las caras de la desesperación— no han hecho acto de presencia.

Las autoconsideradas clases medias comienzan a darse cuenta de que no son más que clases precarias con atuendos chic, perfumes recargados, tecnologías de ciencia-ficción y abalorios fashion que han sido sostenidas artificialmente en la nube consumista por el crédito masivo y la explotación exportada. La vivienda —sin ir más lejos—, el bien básico y primordial de toda familia, solo podía ser adquirida bajo esclavitud hipotecaria de 30 años y aún hoy sigue a niveles lejos de toda sensatez económica. Los precios suben, los sueldos bajan o desaparecen, las horas extra se agolpan impagadas por temor al vacío, y la televisión, las drogas y la diversión anestesian el escaso tiempo libre para esquivar los insistentes golpes de la realidad.

La consciencia de esta situación se abre paso al ritmo al que aumenta el paro, la insolvencia, la precariedad laboral y la incertidumbre, pero también al ritmo de la información transmitida en las calles y en los tajos, en Internet y en los libros, que poco a poco va calando en las mentes predispuestas por el acontecimiento mediático del 15M. Lenta pero inexorablemente, el velo de seda rosa va dejando entrever la carne cruda, en descomposición, de la carroña sobrante del festín capitalista: una masa excedente de humanos-mercancía que debe ser entregada a los cuatro jinetes de apocalipsis para mantener bajos los salarios, largas las jornadas y crecientes los beneficios. El molino satánico del mercado no admite contemplaciones. La imposible gran transformación es impuesta una vez más.

Las sociedades son mastodontes cuyos pasos no toman segundos, sino años, y tres años después de la implosión financiera e inmobiliaria de 2008, los resortes de subsistencia comienzan a saltar por los aires. Las familias sin ingresos ya a duras penas pueden encomendarse a unos familiares que no tienen la capacidad de sostenerlas eternamente, y menos aún cuando estos también sufren la devastación en sus carnes. Las expropiaciones de viviendas, evidencia trágica de que los bancos nunca asumieron riesgo alguno, arrojan a familias enteras al asfalto, la beneficencia y la desesperación. Y el movimiento del 15M de hoy no es ni la sombra de lo que será el estallido de desesperación rabiosa que acontecerá tan pronto nuevos latigazos del dios Mercado restallen sobre la herida supurante del ciudadano-trabajador-consumidor.

Las brumas que ocultan el futuro no dejan atisbar mucho, pero sí lo suficiente como para apuntar probabilidades. El Partido Popular, alienación mediante, logrará los votos de sus víctimas y pronto continuará con las profundas reformas ansiadas por la camarilla empresarial. El PSOE, en su deriva social-liberal, ya no será votado más que por ingenuidad, confusión o miedo a la derecha. Mientras tanto, el movimiento del 15M poco a poco abandonará su pacifismo suicida al son de una ciudadanísima policía entregada sin rechistar a hacer de matón en este robo a gran escala. Los ánimos caldeados durante la campaña electoral llevarán a Rubalcaba a una difícil elección: usar demasiada fuerza dañaría su imagen en los medios, usar poca podría ser insuficiente contra un movimiento que ya se acerca al Ministerio del Interior y a otras instituciones del gobierno, que es de su partido. Pero esto no importará mucho, pues el nuevo presidente será probablemente Rajoy, el cual no dudará en usar abiertamente la fuerza tras escenificar un prefabricado acercamiento y alejamiento del 15M que lo dibujará en los medios como movimiento ajeno al diálogo, sucio, conspirador y demás cantinela. Al mismo tiempo, el agua empezará a hervir con nuevas reformas y malas noticias económicas. La desesperación crecerá y la tensión hará lo propio. Los sindicatos oficiosos dejarán de sentirse atados al no haber entonces un gobierno pretendidamente de izquierdas. Los sindicatos combativos desarrollarán su ya declarado proyecto de huelga general. Una hostia volará por aquí. Otra por allá. La manipulación televisiva polarizará a la población y la derecha dará alas al fascismo como contrapartida callejera a la izquierda activa. Los ignorantes contumaces y los crédulos, alentados por discursos revertianos de cojones y naciones, se prestarán enardecidos al salvapatrias de turno, que los lanzará a la calle como escuadras del odio… Y entonces, solo entonces, podremos saber si nuestra sociedad ha aprendido algo del pasado, si ha desarrollado su conciencia política y social, si ha conseguido ir más allá del trabajo y el estudio como meras actividades mecánicas. Sin conciencia generalizada, una nueva lucha entre pobres podrá surgir, al tiempo que los culpables de la situación continuarán enriqueciéndose a su costa.

Destruid vuestros televisores antes de que sea demasiado tarde. Leed variado y sin prejuicios. No os arrastréis servilmente ante el abuso y el derrotismo. Concienciaos y concienciad. Es preferible prepararse para un futuro oscuro y que luego sea más claro de lo esperado a que este nos descubra desnudos y sin capacidad para reaccionar.

Juan C. Valls

Puedes citar este artículo como:

Valls, J. C. “De los trazos del pasado a los trazos del futuro (Movimiento 15M)”, La prisión mental. URL: https://laprisionmental.wordpress.com/2011/08/08/de-los-trazos-del-pasado-a-los-trazos-del-futuro-movimiento-15m/.


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