La propiedad como artificio ilegítimo

mayo 27, 2013

Propiedad privada.

Somos ricos en las sociedades civilizadas. ¿Por qué hay, pues, esa miseria en torno a nosotros? ¿Por qué ese trabajo penoso y embrutecedor de las masas? ¿Por qué esa inseguridad del mañana (hasta para el trabajador mejor retribuido) en medio de las riquezas heredadas del ayer y a pesar de los poderosos medios de producción que darían a todos el bienestar a cambio de algunas horas de trabajo cotidiano?

Los socialistas lo han dicho y repetido hasta la saciedad. Porque todo lo necesario para la producción ha sido acaparado por algunos en el transcurso de esta larga historia de saqueos, guerras, ignorancia y opresión en que ha vivido la humanidad antes de aprender a domar las fuerzas de la naturaleza. Porque, amparándose en pretendidos derechos adquiridos en el pasado, hoy se apropian dos tercios del producto del trabajo humano, dilapidándolos del modo más insensato y escandaloso. Porque reduciendo a las masas al punto de no tener con qué vivir un mes o una semana, no permiten al hombre trabajar sino consintiendo en dejarse quitar la parte del león. Porque le impiden producir lo que necesita y le fuerzan a producir, no lo necesario para los demás, sino lo que más grandes beneficios promete al acaparador. […]

Cada hectárea de suelo que labramos en Europa ha sido regada con el sudor de muchas razas; cada camino tiene una historia de servidumbre personal, de trabajo sobrehumano, de sufrimientos del pueblo. Cada legua de vía férrea, cada metro de túnel, han recibido su porción de sangre humana. […]

Millones de seres humanos han trabajado para crear esta civilización de la que hoy nos gloriamos. Otros millones, diseminados por todos los ámbitos del globo, trabajan para sostenerla. Sin ellos, no quedarían más que sus escombros dentro de cincuenta años.

Hasta el pensamiento, hasta la invención, son hechos colectivos, producto del pasado y del presente. Millares de inventores han preparado el invento de cada una de esas máquinas, en las cuales admira el hombre su genio. Miles de escritores, poetas y sabios han trabajado para elaborar el saber, extinguir el error y crear esa atmósfera de pensamiento científico, sin la cual no hubiera podido aparecer ninguna de las maravillas de nuestro siglo. Pero esos millares de filósofos, poetas, sabios e inventores, ¿no habían sido también inspirados por la labor de los siglos anteriores? ¿No fueron durante su vida alimentados y sostenidos, así en lo físico como en lo moral por legiones de trabajadores y artesanos de todas clases? ¿No adquirieron su fuerza impulsiva en lo que les rodeaba? […]

Cada máquina tiene la misma historia: larga historia de noches en blanco y de miseria; de desilusiones y de alegrías, de mejoras parciales halladas por varias generaciones de obreros desconocidos que venían a añadir al primitivo invento esas pequeñas nonadas sin las cuales permanecería estéril la idea más fecunda. Aún más: cada nueva invención es una síntesis resultante de mil inventos anteriores en el inmenso campo de la mecánica y de la industria.

Ciencia e industria, saber y aplicación, descubrimiento y realización práctica que conduce a nuevas invenciones, trabajo cerebral y trabajo manual, idea y labor de los brazos, todo se enlaza. Cada descubrimiento, cada progreso, cada aumento de la riqueza de la humanidad, tiene su origen en el conjunto del trabajo manual y cerebral, pasado y presente. Entonces, ¿qué derecho asiste a nadie para apropiarse la menor partícula de ese inmenso todo y decir: Esto es mío y no vuestro?

Piotr Kropotkin, La conquista del pan, 1892.

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El dinero no trabaja

abril 10, 2012

El roto - Mi trabajo de economistaLa ciencia económica ortodoxa —la que se enseña en las facultades universitarias— está profundamente emponzoñada por un juego de sombras y reflejos invertidos, pero la realidad se impone una y otra vez con pertinaz insistencia. No es el dinero el que produce, sino el trabajo. Nunca en la historia una sola moneda, un solo papel, un solo crédito digital han hecho nada sobre el mundo. Todo lo que ha existido, existe y existirá que no ha sido resultado de la acción bruta de la naturaleza ha sido fruto del trabajo humano colectivo acumulado a lo largo de innumerables generaciones.

En cambio, el reflejo invertido que aparece en los espejos de las teorías económicas mercantiles intenta hacernos creer que es el dinero el que produce, que es el capital el que genera la riqueza, que es el capitalista el que crea el empleo, que es el capitalismo el que nos da prosperidad y libertad. Bajo este prisma falsario, el valor no reside en el trabajo, sino en el intercambio basado en cromos que llamamos billetes, monedas o anotaciones en cuenta. Pero la realidad es tozuda: el trabajo no es un mero cromo, es la única actividad que genera riqueza. El intercambio mercantil capitalista, en cambio, no es otra cosa que el tráfico de influencias, poderes y servidumbres con que los capitalistas parasitan una y otra vez el trabajo de otros. El capitalista, mediante una inversión inicial de dinero propio (fruto del trabajo, de una explotación capitalista previa o de trapicheos ilegales) o ajeno (robado, regalado, prestado o creado mediante la magia de la reserva fraccionaria o los bancos centrales), se convierte en un parásito del trabajo de otros. Este trabajo, con el tiempo, no solo cubrirá la cantidad invertida inicialmente, sino que, más aún, dará lugar a un excedente que siempre se acumulará en sus manos. El capital inicial pone en marcha la máquina de explotación del trabajo ajeno y, merced a la legislación procapitalista de nuestros estados, tal injusticia resulta perfectamente legal e incluso recibe ingentes ayudas y estímulos públicos para que se desarrolle en toda su plenitud, con todas sus nefastas consecuencias de dislocación social. El capital entonces deviene en esencia de la riqueza, como en una metafísica idealista de baja estofa, mientras que el trabajo deviene en elemento secundario y subsidiario, un factor tan necesario como cualquier otro en la dinámica de acumulación y capitalización de los excedentes.

Elroto - Llegar a rico me costó lo vuestroLa falsa conciencia de este hecho pervierte nuestro juicio y nos lleva a ver el mundo siempre desde una óptica completamente aviesa. Cuando lo que importa es el capital, el trabajo no es más que una variable a alterar a placer por parte del capitalista y sus colaboradores institucionales con el objetivo de que los beneficios empresariales sean máximos. Ya no es el trabajo el verdadero y único productor de la riqueza, ya no es el medio de subsistencia de la mayor parte de personas de este mundo, tan solo es una variable anotada como gasto en la contabilidad empresarial. El trabajo, pese a ser la misma esencia de la empresa, la fuerza vital que la hace ser lo que es y no un mero edificio inerte, se transfigura para el capitalista en un gasto monetario a reducir siempre que pueda. Por eso desprecia tan coléricamente el sindicalismo, esto es, la organización de los trabajadores: porque es el único obstáculo que se interpone en sus intentos constantes de reducir el gasto laboral (salarios) con el objetivo de aumentar la tasa de explotación de la fuerza de trabajo ajena.

El dinero en realidad es un medio de cambio, un medio de pago, un patrón de valor y una forma de atesoramiento de la riqueza. No debemos perder nunca de vista esta verdad patente y cristalina: el dinero es ante todo un signo que nos resulta útil para ciertos menesteres, pero en sí mismo no vale nada. Todo lo que tenemos es fruto de la naturaleza y del trabajo colectivo acumulado a lo largo de las generaciones; un trabajo que, por medio de ciertas leyes, unos pocos con el suficiente dinero disponible para ser usado como capital pueden explotarlo injustamente y decir, literalmente, que les pertenece.

Juan C. Valls

Puedes citar este artículo como:

Valls, J. C. “El dinero no trabaja”, La prisión mental. URL: https://laprisionmental.wordpress.com/2012/04/10/el-dinero-no-trabaja/.


Capitalismo: beneficio privado y ejército industrial de reserva

septiembre 26, 2011

Fábrica.En el capitalismo, los medios de producción son de propiedad privada, por lo que el propietario intenta optimizar el uso de los recursos de la empresa para conseguir, a costa de todos los que trabajan para él, un exceso de valor monetario que será su beneficio. Al configurarse toda la economía de este modo, el principio director, único y supremo del mundo pasa a ser la maximización de tal beneficio privado. Si a esto le sumamos la creación de un mercado libre autorregulador (ambos aspectos francamente dudosos) la sociedad se convierte entonces en una sociedad de mercado en la que las personas, los materiales de la corteza terrestre, las plantas, los animales y cualquier otra cosa (hasta las ideas) pasan a ser potenciales recursos para su uso en la obtención del beneficio y su maximización. Bajo el capitalismo, nada de este mundo tiene valor salvo por su capacidad para generar ingresos al propietario de tal o cual medio de producción. Nada vale sino en la medida en que pueda ser utilizado en última instancia para este fin. La vida entonces es tan solo materia móvil potencialmente explotable, la ética no es relevante, las personas son recursos humanos y el medio natural es un lugar del que se toman materiales para la producción y al que se vierten los desechos generados, a ser posible gratuitamente. En este sistema, la economía no consiste en emplear los recursos adecuadamente para satisfacer las necesidades de la sociedad, sino en maximizar el beneficio del propietario, lo cual engendra en realidad una situación análoga al feudalismo en el terreno económico. Mediante el poder económico, se somete a una masa de vasallos que se ven obligados a aceptar los contratos de los nuevos nobles so pena de vivir en la miseria o, peor aún, morir de hambre.

Una prueba patente e irrefutable de este hecho es la generación, a través del mercado capitalista, de lo que Engels y Marx llamaron el ejército industrial de reserva, es decir, una masa ingente de parados dispuestos a aceptar cualquier trabajo. Esto invalida de partida cualquier defensa liberal de que el egoísmo individual da lugar a una situación en la que la sociedad en general acaba beneficiándose. Es más, el equilibrio de Pareto que los liberales defienden como núcleo de la economía de mercado no garantiza de ningún modo esto, sino que admite configuraciones completamente injustas (por ejemplo, una distribución del 80% de la riqueza en manos del 20% de la población) siempre y cuando nadie pueda ganar más sin que otro pierda. (Como veremos en otra ocasión, el estado del bienestar —basado principalmente en el keynesianismo—, tendrá como objetivo conseguir equilibrios paretianos socialmente justos y reducir el desempleo, pero tal tarea no será más que un parche estatal a la dinámica del mercado capitalista, cuya lógica queda completamente al margen de esto y propicia, de suyo, la completa disolución de la sociedad humana en un agregado de recursos de producción-consumo que trafican mercantilmente entre sí).

El desempleo cíclico y estructural no es sino una consecuencia directa de la sociedad de mercado, el resultado emergente de la acción optimizadora de los propietarios consistente en despedir trabajadores para seguir en situación de maximización de beneficios cuando su actividad económica sufre contratiempos. Expulsando a los trabajadores de su empresa consiguen mantenerse a flote (o seguir ganando a espuertas) a costa de acrecentar una masa de parados que de ahora en adelante estarán dispuestos a aceptar cualquier trabajo por muy precario que sea. Si lo vemos desde el análisis de la oferta y la demanda, el asunto se muestra en toda su crudeza: tras una fluctuación negativa del mercado, las empresas despiden trabajadores (recursos humanos sobrantes) para mantener la situación que más les satisfaga (seguir con cierta tasa de beneficios o buscar su sostenimiento por estar en pérdidas), lo que significa que el mismo capitalismo de mercado, por medio de considerar a las personas como meros recursos (como la luz o el agua), consigue generar una masa de trabajadores-mercancía parados que permite a las empresas mantener bajos los salarios y largas las jornadas. De esta forma, las empresas continúan maximizando beneficios y, además, consiguen bajar el precio de la mano de obra debido a la gran oferta generada. Así mismo, el ejército industrial de reserva aparece como el principal sostenedor del capitalismo y la economía de mercado, ya que si la gran mayoría de los trabajadores tuviera trabajo los salarios subirían y resultaría muy difícil para las empresas encontrar personas que realizaran las actividades requeridas, de modo que, en tal situación, el margen de beneficios de las mismas tendería a cero (si se cumplieran las irreales premisas de la teoría económica neoclásica) y la explotación capitalista se diluiría en una suerte de emprendedurismo alegre y utópico que conseguiría aprovechar las nuevas oportunidades de negocio.

La realidad es bien distinta: las relaciones de dominación capitalistas, sostenidas en la propiedad privada de los medios de producción y el poder político directo o indirecto, quedan reforzadas por el ejército industrial de reserva derivado de la maximización de beneficio y la acción estatal que, a través de la política, restringe regionalmente el mercado de trabajo y las legislaciones. Mediante el estado, las camarillas económicas flexibilizan la política fronteriza y favorecen, cuando les conviene, la llegada de mano de obra barata extranjera, de la cual se benefician por partida doble: empleo fraudulento y disminución de los salarios por aumento de la oferta de trabajadores. Por el contrario, cuando no les conviene (es decir, cuando ya no necesitan explotar a los extranjeros), renuncian a su liberalismo y se lanzan prestos a campañas xenófobas que exigen la deportación de esa “chusma delincuente que solo causa problemas”. Pero no acaba aquí la cosa. Las grandes empresas reubican sus factorías en otros mercados de trabajo con salarios y derechos laborales inferiores, de modo que desarticulan el tejido económico local a la par que explotan las miserias foráneas. Esto a su vez genera más paro en el país de origen y fuerza a sus trabajadores a un constante “reciclaje” en materia de estudios y actividad profesional (al menos en palabras del propio Estado y de tales camarillas, que parecen considerar a los parados basura inservible que debería volverse útil de nuevo). Es decir, bajo el capitalismo los trabajadores se encuentran constantemente sometidos al capricho de los vientos del mercado, de tal forma que su soberanía individual, su voluntad y su misma condición humana se evaporan en favor de la condición de máquina, convertidos así en un engranaje más, vacío y sin vida, del mecanismo de producción mercantil. Por si fuera poco, la existencia del ejército de reserva es la amenaza diaria que esgrime solapadamente (o no) el empresario para subyugar al trabajador, puesto que en cualquier momento puede sustituirlo por uno de los que está ahí fuera esperando venderse a un nuevo amo.

Como podemos intuir ya, algo despreciable se oculta en las profundidades de este modo de producción. ¿Qué clase de sistema vil es este que convierte a las personas en meras mercancías que se venden una y otra vez para ser esclavizadas durante la mayor parte del día? ¿Qué clase de sistema vil es este que en lugar de priorizar la satisfacción de las necesidades básicas de las personas se fundamenta en el principio supremo de la maximización del beneficio privado? ¿Qué clase de sistema vil es este que arroja a millones de personas a la miseria y la desesperación en lugar de repartir el trabajo existente entre todos, pudiendo incluso aumentar la producción de bienes básicos? ¿Qué clase de sistema vil es este que se impone por todo el mundo para generar mercados de trabajo que nunca antes habían existido a través de una devastadora violencia antropológica? ¿Qué clase de sistema vil es este que goza del respaldo interesado de la legislación del Estado y del monopolio de la violencia que este posee? Yo os lo digo: es el execrable sistema que surge de erigir la propiedad privada de los medios de producción y la maximización del beneficio privado como principios últimos universales de carácter incuestionable. Es la religión economicista y productivista fruto de la alucinación liberal. Es la obsesión por la eficiencia y la estimulación del consumo como supuesta base de la felicidad. Es la vida y la Tierra en su totalidad convertidas en mercancía cuyo único valor es, en última instancia, su utilidad para producir beneficio privado. Es el sistema de dominación más sutil y despiadado que ha creado el humano, la máquina definitiva que gobierna ciega y difusamente a través de las relaciones económicas. Es el engendro que, en lugar de estar sujeto a la voluntad de su creador, somete a este a su dinámica necia y suicida. Es el proyecto que una casta de avariciosos consiguió implantar parcialmente por medio del control del Estado y su violencia: el capitalismo de mercado libre autorregulador, la utopía última que abriga en su seno la transmutación total del ser humano, su voluntad, su política y todo lo que le rodea en mercancía.

Juan C. Valls

Puedes citar este artículo como:

Valls, J. C. “Capitalismo: beneficio privado y ejército industrial de reserva”, La prisión mental. URL: https://laprisionmental.wordpress.com/2011/09/26/capitalismo-beneficio-privado-y-ejercito-industrial-de-reserva/.


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