La propiedad como artificio ilegítimo

mayo 27, 2013

Propiedad privada.

Somos ricos en las sociedades civilizadas. ¿Por qué hay, pues, esa miseria en torno a nosotros? ¿Por qué ese trabajo penoso y embrutecedor de las masas? ¿Por qué esa inseguridad del mañana (hasta para el trabajador mejor retribuido) en medio de las riquezas heredadas del ayer y a pesar de los poderosos medios de producción que darían a todos el bienestar a cambio de algunas horas de trabajo cotidiano?

Los socialistas lo han dicho y repetido hasta la saciedad. Porque todo lo necesario para la producción ha sido acaparado por algunos en el transcurso de esta larga historia de saqueos, guerras, ignorancia y opresión en que ha vivido la humanidad antes de aprender a domar las fuerzas de la naturaleza. Porque, amparándose en pretendidos derechos adquiridos en el pasado, hoy se apropian dos tercios del producto del trabajo humano, dilapidándolos del modo más insensato y escandaloso. Porque reduciendo a las masas al punto de no tener con qué vivir un mes o una semana, no permiten al hombre trabajar sino consintiendo en dejarse quitar la parte del león. Porque le impiden producir lo que necesita y le fuerzan a producir, no lo necesario para los demás, sino lo que más grandes beneficios promete al acaparador. […]

Cada hectárea de suelo que labramos en Europa ha sido regada con el sudor de muchas razas; cada camino tiene una historia de servidumbre personal, de trabajo sobrehumano, de sufrimientos del pueblo. Cada legua de vía férrea, cada metro de túnel, han recibido su porción de sangre humana. […]

Millones de seres humanos han trabajado para crear esta civilización de la que hoy nos gloriamos. Otros millones, diseminados por todos los ámbitos del globo, trabajan para sostenerla. Sin ellos, no quedarían más que sus escombros dentro de cincuenta años.

Hasta el pensamiento, hasta la invención, son hechos colectivos, producto del pasado y del presente. Millares de inventores han preparado el invento de cada una de esas máquinas, en las cuales admira el hombre su genio. Miles de escritores, poetas y sabios han trabajado para elaborar el saber, extinguir el error y crear esa atmósfera de pensamiento científico, sin la cual no hubiera podido aparecer ninguna de las maravillas de nuestro siglo. Pero esos millares de filósofos, poetas, sabios e inventores, ¿no habían sido también inspirados por la labor de los siglos anteriores? ¿No fueron durante su vida alimentados y sostenidos, así en lo físico como en lo moral por legiones de trabajadores y artesanos de todas clases? ¿No adquirieron su fuerza impulsiva en lo que les rodeaba? […]

Cada máquina tiene la misma historia: larga historia de noches en blanco y de miseria; de desilusiones y de alegrías, de mejoras parciales halladas por varias generaciones de obreros desconocidos que venían a añadir al primitivo invento esas pequeñas nonadas sin las cuales permanecería estéril la idea más fecunda. Aún más: cada nueva invención es una síntesis resultante de mil inventos anteriores en el inmenso campo de la mecánica y de la industria.

Ciencia e industria, saber y aplicación, descubrimiento y realización práctica que conduce a nuevas invenciones, trabajo cerebral y trabajo manual, idea y labor de los brazos, todo se enlaza. Cada descubrimiento, cada progreso, cada aumento de la riqueza de la humanidad, tiene su origen en el conjunto del trabajo manual y cerebral, pasado y presente. Entonces, ¿qué derecho asiste a nadie para apropiarse la menor partícula de ese inmenso todo y decir: Esto es mío y no vuestro?

Piotr Kropotkin, La conquista del pan, 1892.

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El germen del fascismo

mayo 6, 2013

HitlerTodos somos distintos. Lo somos en nuestros rasgos físicos y de carácter, nuestro origen, nuestras experiencias, nuestros deseos, nuestras creencias, y así hasta un largo etcétera probablemente inexhaurible. Vivimos vidas singulares, irrepetibles en tanto que existencias imposibles de reproducir, intercambiar o incluso de comunicar fielmente. Y así todo, compartimos algo. Siempre compartimos algo. Cuando menos, muchos compartimos una lengua y ciertas pautas culturales, que conforman nuestro mundo-vida primigenio. Somos producto de nuestra herencia biológica y sociocultural. La diferencia y la semejanza, siempre parciales, nos constituyen como humanos pertenecientes a una comunidad.

En ocasiones, la comunidad se entiende a sí misma como nación, esto es, como comunidad de sentimiento, comunidad de cultura e historia compartidas, comunidad política, habitualmente realizada y autodeterminada mediante un Estado (Caminal, en Ciudad y ciudadanía, Trotta, 2008, p. 53). Toda nación, sin embargo, esconde un peligro en lo más profundo de sus ignominiosas cavernas. Es el terror más glorioso y la gloria más terrorífica que puede conocer. Orgullo heroico, ávido de realizar su leyenda colectiva más sublime. Orgullo etnocéntrico, mitológico y depredador. La comunidad se torna hacia sus presuntos orígenes míticos y hacia sus presuntas diferencias con los otros de fuera y, así, volcada sobre sí misma, se proyecta hacia el futuro en la forma más totalitaria imaginable. Es la nación entendida como unidad de destino en lo universal, en palabras del fascista José Antonio Primo de Rivera. Raza, orgullo, orígenes, leyendas, héroes de la patria y xenofobia. Este es el germen del fascismo.

No obstante, el fascismo como fenómeno sociocultural va más allá de esto y requiere una explicación un tanto más compleja. Jean-François Lyotard (1984) señala acertadamente que en esta forma de totalitarismo lo que tenemos es un relato mítico-tradicional con el que ciertos individuos o grupos de una comunidad pretenden legitimarse como instancia de poder. El modo en que opera dicho tipo de legitimación es mediante la pragmática misma de la narración del relato mítico, en la que se repite incesantemente la comunidad, sus roles (narrador y oyentes) y sus referentes (nombres).

Y como lo propio del relato es reunir, juntar, poner en orden y transmitir, no sólo las descripciones sino además las prescripciones, las valoraciones, los sentimientos […], la tradición transmite las obligaciones asignadas a los nombres con las prescripciones relacionadas con tal situación, y las legitima por el solo hecho de ponerlas bajo la autoridad del nombre […] Lo exterior a esta tradición, sea acontecimiento natural o humano, si no tiene nombre por sí mismo, no es, porque no ha sido autorizado (no es “verdadero”) […] En esta práctica narrativa, pues, está en juego una política, pero inmersa en el conjunto de la vida instituida por los relatos (Lyotard, La postmodernidad explicada a los niños, Gedisa, 1989, cap. 4)

Según esto, Lyotard explica el nazismo de la siguiente forma:

Congresos de NurembergEl nazismo puso el nombre “Ario” en lugar de la Idea de ciudadano, fundó su legitimidad en la saga de los pueblos del Norte abandonando el horizonte moderno del cosmopolitismo. Si logró triunfar es porque flotaba en el pueblo soberano […] un deseo de “retornar a las fuentes”, un deseo que sólo la mitología puede satisfacer. El nazismo proporcionó los nombres y los relatos que le permitieron identificarse exclusivamente con los héroes germánicos y restañar las heridas producidas por la derrota y la crisis. La xenofobia y la cronofobia están necesariamente implicadas en este dispositivo de lenguaje que sirve a la legitimación (ibidem).

Sin embargo, esto solo nos permite comprender una parte del fenómeno. Históricamente, el fascismo surge en la década de 1920 en Italia y Alemania como movimiento nacionalista autoritario integrado ante todo por excombatientes. Dado que se oponía duramente al socialismo marxista y defendía la creación de un estado totalitario, económicamente proteccionista y socialmente constrictor, este movimiento pronto fue financiado por capitalistas reaccionarios que temían perder su supremacía social con el auge del socialismo y una probable inminente revolución de los trabajadores. Basta ver quién financiaba los respectivos partidos de Mussolini y Hitler para notar hasta qué punto esto es importante. No obstante, su retórica se posicionaba entre el comunismo y el liberalismo, y se postulaba a sí mismo como una ideología política novedosa acorde con los tiempos. Frente al comunismo, rechazaba la lucha de clases y la abolición de la propiedad privada de los medios de producción, y frente al liberalismo, rechazaba los parlamentos y el mercado libre. El Estado que defendían era corporativista, inspirado en las ideas sindicalistas de gran influencia durante las primeras décadas del siglo XX. De hecho, originalmente fueron movimientos autoproclamados nacional-sindicalistas o nacional-socialistas. Además, puesto que despreciaban las instituciones liberales existentes, abogaban por un fuerte activismo revolucionario que daba preeminencia a la guía salvífica de los líderes del movimiento, así como a la acción violenta y expeditiva. La idea fascista de nación antes esbozada y su discurso mitológico-nacionalista constituían la argamasa legitimatoria de estos caudillos, tal y como acabamos de ver.

En España el fascismo se desarrollará más tarde, pues durante la dictadura de Primo de Rivera de los años veinte los sectores capitalistas no sintieron la necesidad de apoyar movimientos de esta índole. El poder ya pertenecía a su clase social. Sin embargo, con la instauración de la democracia liberal en la II República y la extensión de los derechos laborales y la lucha obrera, estos sectores comenzaron a financiar y publicitar los movimientos fascistas nacientes, especialmente el partido Falange Española, fundado por José Antonio Primo de Rivera.

En cuanto a los orígenes ideológicos, se podría trazar una genealogía hasta los autores fundacionales del nacionalismo europeo, como hace Bertrand Russell en el breve ensayo «La ascendencia del fascismo» publicado en 1935:

Los fundadores de la escuela de pensamiento de la cual surgió el fascismo tienen todos ciertas características comunes. Buscan el bien en la «voluntad», más que en el sentimiento o en el conocimiento; valoran más el poder que la felicidad; prefieren la fuerza al argumento, la guerra a la paz, la aristocracia a la democracia, la propaganda a la imparcialidad científica. Abogan por una forma de austeridad espartana, como opuesta a la cristiana; es decir, consideran la austeridad como un medio para obtener un dominio sobre los demás, no como una autodisciplina que ayuda a alcanzar la virtud y, solo en el otro mundo, la felicidad. Los últimos de entre ellos están imbuidos de un darwinismo vulgar y consideran la lucha por la vida como el origen de especies superiores; pero se trata más de una lucha entre razas que de una lucha entre individuos, como la que defendían los apóstoles de la libre competencia. Placer y conocimiento, concebidos como fines, se les antojan demasiado pasivos. Sustituyen el placer por la gloria, y el conocimiento por la afirmación pragmática de que lo que ellos desean es la verdad. En Fitche, Carlyle y Mazzini, estas doctrinas están todavía envueltas en un manto de hipocresía moral convencional; en Nietzsche, avanzan por primera vez desnudas y sin vergüenza.

MussoliniCon todo, aún nos resta explicar las causas profundas del fascismo. Es en este punto donde resulta muy relevante el análisis histórico y económico que nos ofrece Karl Polanyi en La gran transformación (1944). Polanyi considera que para entender el origen del fascismo debemos remontarnos al origen mismo del liberalismo laissez faire y a la tremenda dislocación social que produjo —y sigue produciendo aún hoy— su aplicación. Este liberalismo surge a finales del siglo XVIII y se caracteriza por defender un modelo de sociedad en la que un mercado absolutamente libre armonizaría toda la vida económica y social a través de las leyes de la oferta y la demanda.

Polanyi apunta que, sin embargo, dicho mercado autorregulador fue ante todo una utopía que se intentó imponer a sangre y fuego precisamente desde y por el Estado, ese monopolio de la violencia que los liberales laissez faire utilizan donde, cuando y como les conviene (pese a repudiarlo). La extensión de la lógica del mercado a la tierra, el trabajo y el dinero —hecho que según Polanyi nunca en la historia se había dado de una forma tan intencionada y generalizada como en la Inglaterra del siglo XIX— iba a trastocar toda la sociedad. La reacción elástica a las políticas liberales consistiría, por un lado, en una resistencia a favor de los trabajadores (movimiento obrero, socialismos) y, por otro lado, en una resistencia a favor de los valores tradicionales (tradicionalismo, fascismo). El fascismo iba a ser el contramovimiento surgido entre las dos guerras mundiales que se opondría tanto a la lógica mercantil como a las soluciones marxistas del tipo que estaban ensayando los bolcheviques en la URSS. Fue la solución de los nacionalistas de derecha cuyo orgullo se había visto herido tras la Primera Guerra Mundial. No es de extrañar, pues, que sus vínculos militares y capitalistas fueran muy fuertes. Tanto, que estos últimos no dudaron en fomentar tal movimiento para combatir en las calles a los trabajadores organizados que ya comenzaban a vislumbrar en el horizonte la Revolución Social.

Juan C. Valls

Puedes citar este artículo como:

Valls, J. C. “El germen del fascismo”, La prisión mental. URL: https://laprisionmental.wordpress.com/2013/05/06/el-germen-del-fascismo/.


Merkel no es una moralista, sino un halcón capitalista

noviembre 28, 2012

Mucha gente se ha tragado el espantajo agitado por Merkel sobre los europeos del sur. Somos despilfarradores, poco productivos, vagos, poco serios, corruptos y muchas otras cosas. Esta acusación constituye un racismo encubierto sostenido sobre un estereotipo sin base científica. Es una generalización fruto de la observación subjetiva de diferencias culturales que, sometidas a prejuicios inconscientes, llevan fácilmente a confirmar la hipótesis preferida sin prestar atención a la evidencia en contra. Los estudios en ciencia cognitiva han mostrado desde hace mucho tiempo que el humano piensa de forma sesgada, y uno de los sesgos que sufrimos es precisamente el de confirmación. Cuando uno tiene una hipótesis o creencia, acaba prestando especial atención a la evidencia que la corrobora e ignora o desprecia aquella que la refuta. Otro sesgo, por cierto, es el de la generalización apresurada y excesiva, en el que solemos caer habitualmente, creando estereotipos y etiquetas una y otra vez sin más fundamento que cierta selección arbitraria de experiencias subjetivas y rasgos aparentes.

Merkel agita, como digo, esta caricatura racista y despreciable del europeo del sur, pero no lo hace por convicción propia, o al menos no solo por ello. Este es un buen recurso para persuadir a las masas, que por comodidad o por estar poco habituadas a un pensamiento analítico riguroso, caen fácilmente presa de sus sesgos cognitivos. El auge del nazismo fue un claro ejemplo de ello, pues vinculó los males que sufría Alemania en los años 1920 y 1930 a aspectos completamente superfluos como la raza (judíos, gitanos, …), cuando en realidad los problemas que sufría eran resultado de la estructura económica capitalista (en crisis) y de indemnizaciones por la I Guerra Mundial, como las exigidas en el Tratado de Versalles.

Merkel utiliza esta excusa ante el electorado alemán para mantener el apoyo a su programa por encima de consideraciones sociales, así como para promover sus verdaderos planes imperialistas. Ciertamente, la Alemania de Merkel es el principal obstáculo para la resolución de la crisis europea, fruto de un diseño equivocado del Euro y del Banco Central Europeo (BCE). Y es que este, lejos de ser un prestamista de última instancia, tan solo tiene potestad para estabilizar los precios, es decir, para contener la inflación. El BCE no puede (o debe, según sus estatutos) comprar de forma normal deuda pública de los países integrantes de la eurozona; únicamente puede conceder préstamos (inyectar liquidez) a bancos privados. Debido a ello, ante crisis financieras como la desatada en 2008 —que requieren la inyección de capitales al sistema financiero para evitar su quiebra y, con ella, la del sistema capitalista— la deuda pública contraída por los estados para este rescate no puede financiarse a través de inyecciones del BCE, sino que cada bono nacional cotiza independientemente. Esto propicia que los inversores en deuda pública teman el riesgo que supone comprar bonos de estados que podrían entrar en bancarrota (al no estar garantizado su rescate), de ahí que aumente su prima de riesgo y, en consecuencia, el interés que deben pagar estos estados para colocar sus bonos. Además, también favorece una especulación viciosa en la que los bancos privados, sin mover un solo dedo, emplean los préstamos a bajo interés del BCE (~1%) para invertir en la deuda pública de estos países, cuyos bonos ofrecen mayor rentabilidad (~6%).

España, por ejemplo, ha incrementado enormemente su deuda pública desde que comenzó la crisis, debido al rescate del sistema financiero, el rescate de otras industrias (Plan-E, subvenciones a la compra de automóviles), las prestaciones por desempleo y la reducción de los ingresos debido a la depresión de la actividad económica fruto del estallido de la burbuja inmobiliaria. ¿Era esta deuda necesaria? Más bien era inevitable para sostener el capitalismo, como muestra la economía de EEUU, que apenas ya se está recuperando gracias a los rescates efectuados a costa de los contribuyentes y los trabajadores. En este artículo de Marco Antonio Moreno podemos ver bien cómo el estado español, lejos de haberse comportado despilfarradoramente (en proporción al PIB), disminuyó su deuda hasta 2007-2008, momento en que estalló la burbuja inmobiliaria. Nótese, en cambio, la deuda pública alemana.

¿Cuál es el problema de España, pues? No es, originalmente, la deuda pública, sino la deuda privada generada durante la burbuja inmobiliaria. Esta deuda privada se debe en su mayor parte a empresas y bancos, pero también a las hipotecas de las familias. Sin embargo, lo que estamos viviendo desde 2008 en todo el mundo es una conversión de esta deuda privada (especialmente de bancos y otras entidades financieras) en deuda pública e inflación ficticia, merced a los rescates efectuados por los estados con inyecciones de capital a cargo de deuda pública o con impresión constante de dinero (BCE, Reserva Federal, etc.).

Pero el problema se complica aún más en el caso de Europa, debido a los defectos de diseño ya comentados y a la libre circulación de capitales: ¿a quiénes pidieron prestado los bancos españoles durante la burbuja? Pues, ni más ni menos, que a bancos alemanes y franceses, principalmente. En este punto podemos comprender ya el interés de Merkel: no se trata de dar una lección moral a España, sino de impedir que los bancos españoles insolventes quiebren y, por tanto, los bancos alemanes tengan que asumir el riesgo que contrajeron cuando les decidieron prestar dinero. Merkel hace todo lo posible en Europa y en el BCE para evitar esto, lo que supondría cosas como que Bankia fuera liquidada (en lugar de rescatada por todos los españoles) y sus accionistas y acreedores tuvieran que asumir pérdidas. Pero el plan va más allá, porque Alemania quiere aprovechar esta situación de debilidad de los países del sur para erigirse nuevamente en potencia hegemónica indiscutible, aunque ello sea a costa de absorber sus capitales (ver aquí y aquí) y convertirlos en protectorados de facto, como ya ocurre con Grecia. Para que quede más claro, el plan imperialista del gobierno de Merkel es el siguiente:

  1. Lograr que los bancos privados del sur (prestatarios de los alemanes) sean rescatados con cargo a la deuda pública de sus países. (Se ha comprobado en cumbres europeas anteriores cómo Merkel rechaza una y otra vez el rescate directo del BCE a los bancos privados).
  2. Impedir que el incremento de la deuda pública fruto de la operación anterior sea financiado por el BCE a través de la compra de bonos soberanos.
  3. Impedir que la cuerda con la que ha atrapado a estos países (Grecia, España, Portugal, Italia, …) se tense demasiado antes de que los bancos alemanes hayan cobrado su deuda. Para evitarlo, acepta intervenciones del BCE in extremis, y así mantiene al enfermo en la agonía de la que se aprovecha.
  4. Impedir que grandes países importadores de sus productos, como España, quiebren, aunque sus bancos privados hayan saldado la deuda con los bancos alemanes, pues ello repercutiría en las exportaciones alemanas, eje de su economía. El resto de países cuyos bancos privados hayan saldado la deuda con los bancos alemanes gracias a su conversión en deuda pública pueden ser desechados, como ocurre con Grecia, de la que promueven su salida del euro.

En definitiva, vemos que Merkel —o en su defecto, aquellos lobbies que la guían y aconsejan— es un auténtico halcón capitalista, o peor, un águila imperial que se alimenta de carroña. ¿Podrá salir airosa Alemania de este juego en el que debe medir con sumo cuidado la tensión a la que somete a sus países esclavos? ¿Acabará tensando demasiado la cuerda en algún momento y propiciando, así, la quiebra del euro? ¿Y el factor social? ¿Seguirán los ciudadanos de los países esclavizados aguantando ser los costeadores, a base de impuestos y de reducción de salarios, de las deudas privadas asumidas especialmente por el sistema financiero y las grandes multinacionales? Los próximos años veremos de qué modo se desarrollarán los acontecimientos.

Lo que sí sabemos es que los estados, rendidos, coaccionados o alegres servidores de los grandes capitalistas, están consiguiendo cargar los costes de la crisis a las rentas del trabajo, es decir, a los ciudadanos. En los países del sur de Europa, los salarios se reducen, los impuestos al consumo y a las rentas del trabajo aumentan y las grandes empresas continúan evadiendo impunemente miles de millones, cuando no son subvencionadas o incluso estimuladas a despedir trabajadores. Todo sea por evitar la fuga de capitales que, en cualquier caso, ya está sucediendo. Socialismo para los ricos, capitalismo salvaje para los pobres, incluidos aquí los microcapitalistas autónomos que votaron a la derecha pensando que servía a sus intereses. El capitalismo, un juego de depredación y dominación económica, se muestra en toda su crudeza. El capital acumulado, concentrado y centralizado en forma de fondos de inversión, bancos y grandes multinacionales consigue sortear la falsa democracia representativa e imponer así su programa político neoliberal de esquilmación global. Y, sin embargo, todo su poder reside en la ficción colectiva del dinero, que puede evaporarse rápidamente si los trabajadores deciden no seguir aceptando su chantaje.

Juan C. Valls

Puedes citar este artículo como:

Valls, J. C. “Merkel no es una moralista, sino un halcón capitalista”, La prisión mental. URL: https://laprisionmental.wordpress.com/2012/11/28/merkel-no-es-una-moralista-sino-un-halcon-capitalista/.


Documentales que todo el mundo debería ver

noviembre 20, 2012

Nada es mejor que un libro bien documentado para comprender con un mínimo de profundidad cualquier tema. Sin embargo, no solo de libros vive el hombre. A lo largo de varios años he recopilado algunos documentales que me parecen muy interesantes para entender mejor el mundo en el que vivimos en poco tiempo y sin demasiado esfuerzo. Aquí os ofrezco una lista de los mismos, que además he ordenado para favorecer una comprensión gradual de los grandes problemas económicos —de orden sistémico-ideológico—  que padece nuestra civilización.

La historia de las cosas:

Inflación:

El dinero es deuda:

La corporación:

Obsolescencia programada:

Las causas del hambre en el mundo:

Especulación alimentaria:

Inside Job:

Sobredosis:

La doctrina del shock:

Deudocracia:

Catastroika:

Petróleo: el fin de una era

Un crudo despertar: el declive del petróleo


Capitalismo: beneficio privado y ejército industrial de reserva

septiembre 26, 2011

Fábrica.En el capitalismo, los medios de producción son de propiedad privada, por lo que el propietario intenta optimizar el uso de los recursos de la empresa para conseguir, a costa de todos los que trabajan para él, un exceso de valor monetario que será su beneficio. Al configurarse toda la economía de este modo, el principio director, único y supremo del mundo pasa a ser la maximización de tal beneficio privado. Si a esto le sumamos la creación de un mercado libre autorregulador (ambos aspectos francamente dudosos) la sociedad se convierte entonces en una sociedad de mercado en la que las personas, los materiales de la corteza terrestre, las plantas, los animales y cualquier otra cosa (hasta las ideas) pasan a ser potenciales recursos para su uso en la obtención del beneficio y su maximización. Bajo el capitalismo, nada de este mundo tiene valor salvo por su capacidad para generar ingresos al propietario de tal o cual medio de producción. Nada vale sino en la medida en que pueda ser utilizado en última instancia para este fin. La vida entonces es tan solo materia móvil potencialmente explotable, la ética no es relevante, las personas son recursos humanos y el medio natural es un lugar del que se toman materiales para la producción y al que se vierten los desechos generados, a ser posible gratuitamente. En este sistema, la economía no consiste en emplear los recursos adecuadamente para satisfacer las necesidades de la sociedad, sino en maximizar el beneficio del propietario, lo cual engendra en realidad una situación análoga al feudalismo en el terreno económico. Mediante el poder económico, se somete a una masa de vasallos que se ven obligados a aceptar los contratos de los nuevos nobles so pena de vivir en la miseria o, peor aún, morir de hambre.

Una prueba patente e irrefutable de este hecho es la generación, a través del mercado capitalista, de lo que Engels y Marx llamaron el ejército industrial de reserva, es decir, una masa ingente de parados dispuestos a aceptar cualquier trabajo. Esto invalida de partida cualquier defensa liberal de que el egoísmo individual da lugar a una situación en la que la sociedad en general acaba beneficiándose. Es más, el equilibrio de Pareto que los liberales defienden como núcleo de la economía de mercado no garantiza de ningún modo esto, sino que admite configuraciones completamente injustas (por ejemplo, una distribución del 80% de la riqueza en manos del 20% de la población) siempre y cuando nadie pueda ganar más sin que otro pierda. (Como veremos en otra ocasión, el estado del bienestar —basado principalmente en el keynesianismo—, tendrá como objetivo conseguir equilibrios paretianos socialmente justos y reducir el desempleo, pero tal tarea no será más que un parche estatal a la dinámica del mercado capitalista, cuya lógica queda completamente al margen de esto y propicia, de suyo, la completa disolución de la sociedad humana en un agregado de recursos de producción-consumo que trafican mercantilmente entre sí).

El desempleo cíclico y estructural no es sino una consecuencia directa de la sociedad de mercado, el resultado emergente de la acción optimizadora de los propietarios consistente en despedir trabajadores para seguir en situación de maximización de beneficios cuando su actividad económica sufre contratiempos. Expulsando a los trabajadores de su empresa consiguen mantenerse a flote (o seguir ganando a espuertas) a costa de acrecentar una masa de parados que de ahora en adelante estarán dispuestos a aceptar cualquier trabajo por muy precario que sea. Si lo vemos desde el análisis de la oferta y la demanda, el asunto se muestra en toda su crudeza: tras una fluctuación negativa del mercado, las empresas despiden trabajadores (recursos humanos sobrantes) para mantener la situación que más les satisfaga (seguir con cierta tasa de beneficios o buscar su sostenimiento por estar en pérdidas), lo que significa que el mismo capitalismo de mercado, por medio de considerar a las personas como meros recursos (como la luz o el agua), consigue generar una masa de trabajadores-mercancía parados que permite a las empresas mantener bajos los salarios y largas las jornadas. De esta forma, las empresas continúan maximizando beneficios y, además, consiguen bajar el precio de la mano de obra debido a la gran oferta generada. Así mismo, el ejército industrial de reserva aparece como el principal sostenedor del capitalismo y la economía de mercado, ya que si la gran mayoría de los trabajadores tuviera trabajo los salarios subirían y resultaría muy difícil para las empresas encontrar personas que realizaran las actividades requeridas, de modo que, en tal situación, el margen de beneficios de las mismas tendería a cero (si se cumplieran las irreales premisas de la teoría económica neoclásica) y la explotación capitalista se diluiría en una suerte de emprendedurismo alegre y utópico que conseguiría aprovechar las nuevas oportunidades de negocio.

La realidad es bien distinta: las relaciones de dominación capitalistas, sostenidas en la propiedad privada de los medios de producción y el poder político directo o indirecto, quedan reforzadas por el ejército industrial de reserva derivado de la maximización de beneficio y la acción estatal que, a través de la política, restringe regionalmente el mercado de trabajo y las legislaciones. Mediante el estado, las camarillas económicas flexibilizan la política fronteriza y favorecen, cuando les conviene, la llegada de mano de obra barata extranjera, de la cual se benefician por partida doble: empleo fraudulento y disminución de los salarios por aumento de la oferta de trabajadores. Por el contrario, cuando no les conviene (es decir, cuando ya no necesitan explotar a los extranjeros), renuncian a su liberalismo y se lanzan prestos a campañas xenófobas que exigen la deportación de esa “chusma delincuente que solo causa problemas”. Pero no acaba aquí la cosa. Las grandes empresas reubican sus factorías en otros mercados de trabajo con salarios y derechos laborales inferiores, de modo que desarticulan el tejido económico local a la par que explotan las miserias foráneas. Esto a su vez genera más paro en el país de origen y fuerza a sus trabajadores a un constante “reciclaje” en materia de estudios y actividad profesional (al menos en palabras del propio Estado y de tales camarillas, que parecen considerar a los parados basura inservible que debería volverse útil de nuevo). Es decir, bajo el capitalismo los trabajadores se encuentran constantemente sometidos al capricho de los vientos del mercado, de tal forma que su soberanía individual, su voluntad y su misma condición humana se evaporan en favor de la condición de máquina, convertidos así en un engranaje más, vacío y sin vida, del mecanismo de producción mercantil. Por si fuera poco, la existencia del ejército de reserva es la amenaza diaria que esgrime solapadamente (o no) el empresario para subyugar al trabajador, puesto que en cualquier momento puede sustituirlo por uno de los que está ahí fuera esperando venderse a un nuevo amo.

Como podemos intuir ya, algo despreciable se oculta en las profundidades de este modo de producción. ¿Qué clase de sistema vil es este que convierte a las personas en meras mercancías que se venden una y otra vez para ser esclavizadas durante la mayor parte del día? ¿Qué clase de sistema vil es este que en lugar de priorizar la satisfacción de las necesidades básicas de las personas se fundamenta en el principio supremo de la maximización del beneficio privado? ¿Qué clase de sistema vil es este que arroja a millones de personas a la miseria y la desesperación en lugar de repartir el trabajo existente entre todos, pudiendo incluso aumentar la producción de bienes básicos? ¿Qué clase de sistema vil es este que se impone por todo el mundo para generar mercados de trabajo que nunca antes habían existido a través de una devastadora violencia antropológica? ¿Qué clase de sistema vil es este que goza del respaldo interesado de la legislación del Estado y del monopolio de la violencia que este posee? Yo os lo digo: es el execrable sistema que surge de erigir la propiedad privada de los medios de producción y la maximización del beneficio privado como principios últimos universales de carácter incuestionable. Es la religión economicista y productivista fruto de la alucinación liberal. Es la obsesión por la eficiencia y la estimulación del consumo como supuesta base de la felicidad. Es la vida y la Tierra en su totalidad convertidas en mercancía cuyo único valor es, en última instancia, su utilidad para producir beneficio privado. Es el sistema de dominación más sutil y despiadado que ha creado el humano, la máquina definitiva que gobierna ciega y difusamente a través de las relaciones económicas. Es el engendro que, en lugar de estar sujeto a la voluntad de su creador, somete a este a su dinámica necia y suicida. Es el proyecto que una casta de avariciosos consiguió implantar parcialmente por medio del control del Estado y su violencia: el capitalismo de mercado libre autorregulador, la utopía última que abriga en su seno la transmutación total del ser humano, su voluntad, su política y todo lo que le rodea en mercancía.

Juan C. Valls

Puedes citar este artículo como:

Valls, J. C. “Capitalismo: beneficio privado y ejército industrial de reserva”, La prisión mental. URL: https://laprisionmental.wordpress.com/2011/09/26/capitalismo-beneficio-privado-y-ejercito-industrial-de-reserva/.


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