Crítica demoledora del liberalismo

noviembre 25, 2012

Socialismo para los ricos, capitalismo para el restoLos doctrinarios liberales, al menos aquellos que toman las teorías liberales en serio, parten del principio de la libertad individual, se colocan primeramente, se sabe, como adversarios de la del Estado. Son ellos los primeros que dijeron que el gobierno –es decir, el cuerpo de funcionarios organizado de una manera o de otra, y encargado especialmente de ejercer la acción, el Estado– es un mal necesario, y que toda la civilización consistió en esto, en disminuir cada vez más sus atributos y sus derechos. Sin embargo, vemos que en la práctica, siempre que ha sido puesta seriamente en tela de juicio la existencia del Estado, los liberales doctrinarios se mostraron partidarios del derecho absoluto del Estado, no menos fanáticos que los absolutistas monárquicos y jacobinos.

Su culto incondicional del Estado, en apariencia al menos tan completamente opuesto a sus máximas liberales, se explica de dos maneras: primero prácticamente, por los intereses de su clase, pues la inmensa mayoría de los liberales doctrinarios pertenecen a la burguesía. Esa clase tan numerosa y tan respetable no exigiría nada mejor que se le concediese el derecho o, más bien, el privilegio de la más completa anarquía; toda su economía social, la base real de su existencia política, no tiene otra ley, como es sabido, que esa anarquía expresada en estas palabras tan célebres: “Laissez faire et laissez passer”. Pero no quiere esa anarquía más que para sí misma y sólo a condición de que las masas, “demasiado ignorantes para disfrutarla sin abusar”, queden sometidas a la más severa disciplina del Estado. Porque si las masas, cansadas de trabajar para otros, se insurreccionasen, toda la existencia política y social de la burguesía se derrumbaría. Vemos también en todas partes y siempre que, cuando la masa de los trabajadores se mueve, los liberales burgueses más exaltados se vuelven inmediatamente partidarios tenaces de la omnipotencia del Estado. Y como la agitación de las masas populares se hace de día en día un mal creciente y crónico, vemos a los burgueses liberales, aun en los países más libres, convertirse más y más al culto del poder absoluto.

Al lado de esta razón práctica, hay otra de naturaleza por completo teórica y que obliga igualmente a los liberales más sinceros a volver siempre al culto del Estado. Son y se llaman liberales porque toman la libertad individual por base y por punto de partida de su teoría, y es precisamente porque tiene ese punto de partida o esa base que deben llegar, por una fatal consecuencia, al reconocimiento del derecho absoluto del Estado.

La libertad individual no es, según ellos, una creación, un producto histórico de la sociedad. Pretenden que es anterior a toda sociedad, y que todo hombre la trae al nacer, con su alma inmortal, como un don divino. De donde resulta que el hombre es algo, que no es siquiera completamente él mismo, un ser entero y en cierto modo absoluto más que fuera de la sociedad. Siendo libre anteriormente y fuera de la sociedad, forma necesariamente esta última por un acto voluntario y por una especie de contrato, sea instintivo o tácito, sea reflexivo o formal. En una palabra, en esa teoría no son los individuos los creados por la sociedad, son ellos, al contrario, los que la crean, impulsados por alguna necesidad exterior, tales como el trabajo y la guerra.

Se ve que, en esta teoría, la sociedad propiamente dicha no existe; la sociedad humana natural, el punto de partida real de toda civilización humana, el único ambiente en el cual puede nacer realmente y desarrollarse la personalidad y la libertad de los hombres, le es perfectamente desconocida. No reconoce de un lado más que a los individuos, seres existentes por sí mismos y libres de sí mismos, y por otro, a esa sociedad convencional, formada arbitrariamente por esos individuos y fundada en un contrato, formal o tácito, es decir, al Estado. (Saben muy bien que ningún Estado histórico ha tenido jamás un contrato por base y que todos han sido fundados por la violencia, por la conquista. Pero esa ficción del contrato libre base del Estado les es necesaria, y se la conceden sin más ceremonias).

— Mijaíl Bakunin, Dios y el estado, escrito en 1871.

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¿Qué es el anarquismo y cuál es su programa?

enero 5, 2012

Bandera negra.El anarquismo es una corriente de ideas políticas cuyo común denominador es la aspiración a vivir en libertad sin sufrir coacción (como la que proviene del estado y otras autoridades) ni dominio económico (como el que surge del capitalismo). Algunos de sus más insignes proponentes fueron Pierre-Josef Proudhon, Mijaíl Bakunin y Piotr Kropotkin.

El anarquismo clásico propiamente dicho surge al abrigo de los primeros movimientos obreros a comienzos del siglo XIX con la expansión del capitalismo industrial. Es, por tanto —y así lo declaran sus principales autores— un socialismo. El socialismo es la reivindicación de que los medios de producción (incluida la tierra) pertenezcan a los mismos trabajadores que los trabajan y que estos obtengan ni más ni menos que el fruto íntegro de su trabajo.

Con la evolución de los movimientos socialistas, acabó planteándose una dicotomía respecto al papel que debía jugar el estado, lo que dio lugar a que se diferenciaran dos grandes corrientes en el seno del socialismo: el anarquismo, por un lado, y el socialismo de estado proletario (marxismo clásico), por otro. Mientras que el socialismo de estado propugna que la clase obrera debe tomar el poder estatal para implantar el socialismo, el anarquismo, en cambio, sostiene que los objetivos socialistas solo podrán alcanzarse mediante la autoorganización obrera al margen del estado, pues este no puede ser más que un peligro para tales aspiraciones.

La crítica al capitalismo que ejerce el anarquismo es la crítica común que realiza el socialismo: sostiene que el propietario de los medios de producción se apropia gratuitamente de parte de lo que producen los trabajadores por su sola posición de poder económico cristalizada en la propiedad. Los trabajadores trabajan, mientras que los propietarios viven a costa de los demás, de las rentas fruto del trabajo ajeno. Esto es lo que todos los socialistas llaman explotación capitalista. El capitalismo es, por tanto, un régimen de servidumbre y parasitismo económico retroalimentado en el que el productor es precisamente el siervo, el que peor vive. Su trabajo mantiene toda una estructura social por encima de él que, mediante la ley y la fuerza, reproduce este orden de explotación. La organización concreta responsable de ello es el estado.

La crítica al estado que realizan los anarquistas proviene tanto de sus aspiraciones libertarias como de su crítica al capitalismo. Los anarquistas ven en el estado un poder despótico que tiene la potestad de coaccionar y obligar mediante el uso de la violencia, lo que impide que las personas ejerzan libremente su voluntad para organizarse socialmente como deseen. Los anarquistas rechazan la imposición y la coacción que realizan autoridades de este tipo en favor del libre acuerdo entre iguales que viven del fruto de su trabajo. Así mismo, rechazan la democracia representativa característica del estado liberal por ser falsamente representativa y estar siempre al servicio del poder económico (la clase capitalista) en lugar de al servicio de la mayor parte de la población (la clase trabajadora). Y es que incluso el ascenso de trabajadores a este poder los acaba llevando a vidas y tendencias que los alejan de sus antiguas aspiraciones. Para los anarquistas, no hay justicia en una democracia donde no existe un vínculo patente entre la voluntad del elector y las decisiones que pueden tomar los representantes. Eso no es más que una falsa democracia.

Por otro lado, los anarquistas ven en el estado el engranaje que permite a la clase capitalista (los propietarios de los medios de producción y demás rentistas) mantener el ya nombrado régimen de explotación. Es precisamente el estado quien estatuye por ley el capitalismo y lo defiende a través de la violencia ejercida por los tribunales, la policía y el ejército. El sistema político está organizado de tal forma que alterar el orden capitalista establecido es ilegal y merece la represión. Bajo el poder del estado, el capitalismo está protegido y los trabajadores son reducidos a niños tutelados sin criterio propio ni voluntad para cuestionar el mundo en el que viven.

Además, los anarquistas rechazan que la clase trabajadora pueda liberarse del capitalismo tomando el poder estatal. Piensan que el poder oficializado limitado a unos pocos no es otra cosa que la dominación de unos sobre otros, lo que lleva en definitiva a una explotación del hombre por el hombre similar a la que se da en el capitalismo. Si la clase trabajadora tuviera el poder estatal, serían nuevamente unos pocos quienes se impondrían como directores a los trabajadores y, de esta forma,  el patrón de sumisión se reproduciría aun si aquellos tuvieran las mejores intenciones. Si existe el estado, existen gobernantes y gobernados, explotadores y explotados, amos y esclavos.

Por todo ello, los anarquistas abogan por la eliminación del estado y de toda tiranía en favor de la organización libre de los trabajadores. Esta organización es libremente acordada, por lo que puede ser tan diversa como los participantes quieran. Sin embargo, las formas de organización anarquista suelen ser prioritariamente asamblearias, pues permiten voz y voto igualitarios a nivel individual. Además, para la organización de varias poblaciones y territorios suelen abogar por el federalismo, es decir, la agrupación de las asociaciones/asambleas en niveles ascendentes: por lugar de trabajo, por barrio, por ciudad, por región, etc. Todo ello de forma tal que los delegados enviados por las asambleas a las distintas reuniones son siempre revocables y no tienen capacidad decisoria por sí mismos (solo llevan y defienden las propuestas de las asambleas y, tras la reunión, vuelven a ellas para que sean estas las que decidan).

Para alcanzar este nuevo orden social, los anarquistas proponen diversas estrategias que varían según las corrientes. El anarquismo clásico propone como método general la revolución social, que no consiste en la mera revolución política (toma del poder), sino en la subversión integral de la sociedad a través de la educación, la concienciación y la destrucción del estado. La revolución social es, por tanto, la transformación de la sociedad capitalista en una sociedad de trabajadores conscientes de su situación que combaten el estado y el capitalismo hasta su final.

Actualmente existe una gran variedad de corrientes anarquistas, muchas de ellas fruto de la combinacion del anarquismo clásico con otras ideas y tendencias. Las que proponen más claramente formas de organización social alternativas al capitalismo son las siguientes (ordenadas por orden cronológico aproximado):

En definitiva, el anarquismo busca la libertad y la ausencia de explotación económica, para lo cual aboga por formas de organización sin estado que priorizan la democracia directa y la libre asociación.

Juan C. Valls

Puedes citar este artículo como:

Valls, J. C. “¿Qué es el anarquismo y cuál es su programa?”, La prisión mental. URL: https://laprisionmental.wordpress.com/2012/01/05/que-es-el-anarquismo-y-cual-es-su-programa/.


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