La solución a la crisis de la Eurozona

mayo 15, 2013

Sede del BCELa actual crisis de la Eurozona se debe a un mal diseño de sus instituciones económicas, que acaban favoreciendo la desunión nacional frente a los mercados financieros. Aunque los estados miembros comparten moneda, sus bonos cotizan por separado, los bancos compiten entre sí aprovechando sus diversas coyunturas y legislaciones nacionales, los estatutos del Banco Central Europeo (BCE) ponen demasiado énfasis y son demasiado rígidos respecto a la inflación, etc. Realmente, podemos distinguir dos crisis en la Eurozona: una crisis superficial, en la que estamos sumidos, relativa a la solvencia de los estados miembros; y una crisis estructural, que subyace a la anterior y es la que he comentario anteriormente.

Ambas crisis se deben a la ausencia de una verdadera unidad económica en la Eurozona: ni en lo fiscal, ni en lo bancario, ni en los intereses de los estados miembros. Este último es precisamente el principal escollo con el que se encuentra un diseño ideológicamente europeísta e imparcial de la Eurozona, puesto que los distintos estados miembros lidian por primar sus propios intereses sobre el resto según una lógica más cercana a la weltpolitik que a la realpolitik. Todos los estados buscan expandir su cuota de participación en el mercado internacional, tal y como les impone la lógica más perentoria y sustantiva del capitalismo globalizado al que decidieron someterse; y dado que son competidores entre sí, no pueden negarse a confeccionar unas reglas del juego favorables a sus intereses. El capital impera sobre la política, y esta pasa a ser tan solo un instrumento más de su dinámica de acumulación. Así pues, el problema de fondo de ambas crisis es de orden socioeconómico.

La crisis estructural solo podrá solucionarse en la medida en que los compromisos alcanzados respecto a una mayor unión económica no generen nuevamente tensiones estructurales en el futuro. Está por ver, pues, si a largo plazo los acuerdos que ya se han alcanzado resultan ser adecuados o priorizan nuevamente los intereses particulares de los estados y sus empresas. Por su parte, la solución a la crisis superficial será el asunto que abordaré en lo que resta de artículo.

La crisis en la que estamos sumidos, que he calificado como superficial, tiene como foco la solvencia de los estados, esto es, su capacidad para afrontar la deuda pública con la que financian los déficits de sus cuentas generales. Esta deuda pública, sin embargo, no había resultado demasiado importante antes del estallido de la burbuja financiero-inmobiliaria en 2008. Es más, en países como España había descendido enormemente y, por si fuera poco, llegó a alcanzarse un superávit de las cuentas públicas en 2005-2007. Sin embargo, desde entonces la deuda pública comenzó a aumentar considerablemente, debido al rescate de bancos y grandes empresas, a la reducción de ingresos tributarios fruto del estallido de la burbuja, al aumento del gasto en prestaciones debido al creciente desempleo y al aumento del gasto dedicado a planes de estímulo como el Plan-E.

Bolsa de Filipinas, por Katrina Tuliao.El consecuente aumento brusco de esta deuda comportó déficits en las cuentas de los estados, por lo que su financiación pasó a ser cada vez más cara, debido a que los títulos de deuda que estos emiten (en forma de letras, bonos, etc.) cotizan en mercados que, comprensiblemente, tienen en cuenta la capacidad de pago de sus emisores. Esto supuso, de hecho, un aumento del interés que debían pagar a los compradores y la reducción de su calificación de solvencia. Y dado que los diferentes estados de la Eurozona emiten sus bonos por separado, dicho mercado de deuda fue de gran atractivo para los especuladores internacionales, que prácticamente eran los mismos agentes que habían sido rescatados directa o indirectamente tras el Crash de 2008. En estas circunstancias, los mensajes mediáticos de alarma —en ocasiones interesados— por el riesgo de quiebra de los estados cuya deuda aumentaba, no hacían otra cosa que avivar el fuego y, por lo tanto, las probabilidades de que este se convirtiera en el mismo incendio que pronosticaban. Así pues, la prima de riesgo de estados como Grecia, Irlanda, Portugal y España comenzó a dispararse al mismo ritmo que la incertidumbre, el miedo y la pura especulación crematística se adueñaban de los inversores y los medios de comunicación. Estas diferencias de capacidad de endeudamiento y de estructura de las distintas economías puso en tensión la totalidad de la Eurozona e incluso sembró dudas sobre su futuro.

Pero… ¿por qué no ocurrió lo mismo en EEUU o en Japón, cuando ambos países también sufrieron el descalabro de 2008? La respuesta se encuentra en que, por un lado, cada uno de ellos es una unidad de intereses, al ser a todos los efectos una sola nación; y, por otro lado, a la completa disposición de sus bancos centrales para paliar la situación inyectando dinero y bajando los tipos de interés. Esto no ocurrió con determinación en Europa, debido a que no se dieron ninguna de estas circunstancias. La diversidad de intereses en la Eurozona llevó al BCE a la inmovilidad, la indecisión, la lentitud y finalmente la tibieza en lo que respecta a la aplicación de medidas anticíclicas. Los estados cuya deuda sufría mayores primas de riesgo necesitaban que el BCE comprara sus bonos nacionales directamente para así evitar concurrir al mercado y tener que pagar intereses excesivos, lo que agravaba continuamente su situación. En cambio, Alemania y otros estados, cuyo interés era evitar el aumento del nivel de precios y la comunalización de los riesgos, se negaban a que el BCE emprendiera esta política, arguyendo que sus estatutos le encomendaban mantener la estabilidad monetaria y combatir la inflación. También se negaron a la creación de eurobonos e incluso a que el BCE rescatara directamente a la banca privada en problemas, como verdadero prestamista de última instancia.

Así las cosas, el problema se ha enquistado y se mantiene aún hoy en estado latente, contenido tan solo por las operaciones de mercado abierto que el BCE realiza ocasionalmente y su programa LTRO. Como explico en el artículo «Merkel no es una moralista, sino un halcón capitalista» (noviembre de 2012), en este juego en el que el BCE es la pieza maestra, todos quieren usarlo en su propio beneficio, pero Alemania es quien tiene mayor poder sobre él, al gozar de primacía en Europa tanto en la dimensión económico-política como en, lo que no es menos importante, la composición políticoburocrática de aquel organismo. Por otro lado, la política de austeridad no lleva más que al aprovechamiento carroñero, por parte de los bancos de raigambre alemana y francesa, de la agónica situación creada, sobre la cual han eludido su responsabilidad de acreedores de entidades en quiebra (tales como Bankia).

Bajo una perspectiva acorde con el proyecto de la Unión Europea, el BCE no debería responder a intereses parciales nacionales, sino a la Eurozona como un todo. Su apuesta por la recuperación, según la conveniencia macroeconómica capitalista, debería ser rápida y decidida como ocurre en EEUU y en Japón. Como hemos mostrado, el principal obstáculo es la política alemana, y para vencerlo basta con incidir en aquello que la mueve. Hay que conseguir que su economía sienta de forma clara que su política anti-europeísta es desastrosa para ella. Esto es algo a lo que aún no se ha atrevido ninguno de los estados subyugados por la sangría de la austeridad, tal vez porque sus dirigentes no son buenos estadistas ni tienen la suficiente valentía. Una posible solución consiste en promover públicamente, y por parte de las mayores figuras del estado español, el consumo de la producción y la tecnología nacionales. No se trata de un boicot, sino de una priorización, de forma que la industria que exporte a España, como la alemana, se resienta solo en la medida en que sus productos sean sustituibles por alternativas nacionales. Naturalmente, la política de austeridad ya tiene como consecuencia indefectible una disminución del consumo y la inversión españolas, por lo que Alemania ya se resiente por ello. Sin embargo, el efecto parece que aún no ha movilizado suficientemente la conciencia de la elite políticoempresarial alemana. Es por ello que debe agravarse, pues así se darán cuenta de una vez por todas que el BCE debe actuar sobre la Eurozona como una unidad, y que la banca alemana y francesa fue tan irresponsable como la española cuando concedió créditos masivos sin evaluar sus riesgos.

Juan C. Valls

Puedes citar este artículo como:

Valls, J. C. “La solución a la crisis de la Eurozona”, La prisión mental. URL: https://laprisionmental.wordpress.com/2013/05/15/la-solucion-a-la-crisis-de-la-eurozona/.


Merkel no es una moralista, sino un halcón capitalista

noviembre 28, 2012

Mucha gente se ha tragado el espantajo agitado por Merkel sobre los europeos del sur. Somos despilfarradores, poco productivos, vagos, poco serios, corruptos y muchas otras cosas. Esta acusación constituye un racismo encubierto sostenido sobre un estereotipo sin base científica. Es una generalización fruto de la observación subjetiva de diferencias culturales que, sometidas a prejuicios inconscientes, llevan fácilmente a confirmar la hipótesis preferida sin prestar atención a la evidencia en contra. Los estudios en ciencia cognitiva han mostrado desde hace mucho tiempo que el humano piensa de forma sesgada, y uno de los sesgos que sufrimos es precisamente el de confirmación. Cuando uno tiene una hipótesis o creencia, acaba prestando especial atención a la evidencia que la corrobora e ignora o desprecia aquella que la refuta. Otro sesgo, por cierto, es el de la generalización apresurada y excesiva, en el que solemos caer habitualmente, creando estereotipos y etiquetas una y otra vez sin más fundamento que cierta selección arbitraria de experiencias subjetivas y rasgos aparentes.

Merkel agita, como digo, esta caricatura racista y despreciable del europeo del sur, pero no lo hace por convicción propia, o al menos no solo por ello. Este es un buen recurso para persuadir a las masas, que por comodidad o por estar poco habituadas a un pensamiento analítico riguroso, caen fácilmente presa de sus sesgos cognitivos. El auge del nazismo fue un claro ejemplo de ello, pues vinculó los males que sufría Alemania en los años 1920 y 1930 a aspectos completamente superfluos como la raza (judíos, gitanos, …), cuando en realidad los problemas que sufría eran resultado de la estructura económica capitalista (en crisis) y de indemnizaciones por la I Guerra Mundial, como las exigidas en el Tratado de Versalles.

Merkel utiliza esta excusa ante el electorado alemán para mantener el apoyo a su programa por encima de consideraciones sociales, así como para promover sus verdaderos planes imperialistas. Ciertamente, la Alemania de Merkel es el principal obstáculo para la resolución de la crisis europea, fruto de un diseño equivocado del Euro y del Banco Central Europeo (BCE). Y es que este, lejos de ser un prestamista de última instancia, tan solo tiene potestad para estabilizar los precios, es decir, para contener la inflación. El BCE no puede (o debe, según sus estatutos) comprar de forma normal deuda pública de los países integrantes de la eurozona; únicamente puede conceder préstamos (inyectar liquidez) a bancos privados. Debido a ello, ante crisis financieras como la desatada en 2008 —que requieren la inyección de capitales al sistema financiero para evitar su quiebra y, con ella, la del sistema capitalista— la deuda pública contraída por los estados para este rescate no puede financiarse a través de inyecciones del BCE, sino que cada bono nacional cotiza independientemente. Esto propicia que los inversores en deuda pública teman el riesgo que supone comprar bonos de estados que podrían entrar en bancarrota (al no estar garantizado su rescate), de ahí que aumente su prima de riesgo y, en consecuencia, el interés que deben pagar estos estados para colocar sus bonos. Además, también favorece una especulación viciosa en la que los bancos privados, sin mover un solo dedo, emplean los préstamos a bajo interés del BCE (~1%) para invertir en la deuda pública de estos países, cuyos bonos ofrecen mayor rentabilidad (~6%).

España, por ejemplo, ha incrementado enormemente su deuda pública desde que comenzó la crisis, debido al rescate del sistema financiero, el rescate de otras industrias (Plan-E, subvenciones a la compra de automóviles), las prestaciones por desempleo y la reducción de los ingresos debido a la depresión de la actividad económica fruto del estallido de la burbuja inmobiliaria. ¿Era esta deuda necesaria? Más bien era inevitable para sostener el capitalismo, como muestra la economía de EEUU, que apenas ya se está recuperando gracias a los rescates efectuados a costa de los contribuyentes y los trabajadores. En este artículo de Marco Antonio Moreno podemos ver bien cómo el estado español, lejos de haberse comportado despilfarradoramente (en proporción al PIB), disminuyó su deuda hasta 2007-2008, momento en que estalló la burbuja inmobiliaria. Nótese, en cambio, la deuda pública alemana.

¿Cuál es el problema de España, pues? No es, originalmente, la deuda pública, sino la deuda privada generada durante la burbuja inmobiliaria. Esta deuda privada se debe en su mayor parte a empresas y bancos, pero también a las hipotecas de las familias. Sin embargo, lo que estamos viviendo desde 2008 en todo el mundo es una conversión de esta deuda privada (especialmente de bancos y otras entidades financieras) en deuda pública e inflación ficticia, merced a los rescates efectuados por los estados con inyecciones de capital a cargo de deuda pública o con impresión constante de dinero (BCE, Reserva Federal, etc.).

Pero el problema se complica aún más en el caso de Europa, debido a los defectos de diseño ya comentados y a la libre circulación de capitales: ¿a quiénes pidieron prestado los bancos españoles durante la burbuja? Pues, ni más ni menos, que a bancos alemanes y franceses, principalmente. En este punto podemos comprender ya el interés de Merkel: no se trata de dar una lección moral a España, sino de impedir que los bancos españoles insolventes quiebren y, por tanto, los bancos alemanes tengan que asumir el riesgo que contrajeron cuando les decidieron prestar dinero. Merkel hace todo lo posible en Europa y en el BCE para evitar esto, lo que supondría cosas como que Bankia fuera liquidada (en lugar de rescatada por todos los españoles) y sus accionistas y acreedores tuvieran que asumir pérdidas. Pero el plan va más allá, porque Alemania quiere aprovechar esta situación de debilidad de los países del sur para erigirse nuevamente en potencia hegemónica indiscutible, aunque ello sea a costa de absorber sus capitales (ver aquí y aquí) y convertirlos en protectorados de facto, como ya ocurre con Grecia. Para que quede más claro, el plan imperialista del gobierno de Merkel es el siguiente:

  1. Lograr que los bancos privados del sur (prestatarios de los alemanes) sean rescatados con cargo a la deuda pública de sus países. (Se ha comprobado en cumbres europeas anteriores cómo Merkel rechaza una y otra vez el rescate directo del BCE a los bancos privados).
  2. Impedir que el incremento de la deuda pública fruto de la operación anterior sea financiado por el BCE a través de la compra de bonos soberanos.
  3. Impedir que la cuerda con la que ha atrapado a estos países (Grecia, España, Portugal, Italia, …) se tense demasiado antes de que los bancos alemanes hayan cobrado su deuda. Para evitarlo, acepta intervenciones del BCE in extremis, y así mantiene al enfermo en la agonía de la que se aprovecha.
  4. Impedir que grandes países importadores de sus productos, como España, quiebren, aunque sus bancos privados hayan saldado la deuda con los bancos alemanes, pues ello repercutiría en las exportaciones alemanas, eje de su economía. El resto de países cuyos bancos privados hayan saldado la deuda con los bancos alemanes gracias a su conversión en deuda pública pueden ser desechados, como ocurre con Grecia, de la que promueven su salida del euro.

En definitiva, vemos que Merkel —o en su defecto, aquellos lobbies que la guían y aconsejan— es un auténtico halcón capitalista, o peor, un águila imperial que se alimenta de carroña. ¿Podrá salir airosa Alemania de este juego en el que debe medir con sumo cuidado la tensión a la que somete a sus países esclavos? ¿Acabará tensando demasiado la cuerda en algún momento y propiciando, así, la quiebra del euro? ¿Y el factor social? ¿Seguirán los ciudadanos de los países esclavizados aguantando ser los costeadores, a base de impuestos y de reducción de salarios, de las deudas privadas asumidas especialmente por el sistema financiero y las grandes multinacionales? Los próximos años veremos de qué modo se desarrollarán los acontecimientos.

Lo que sí sabemos es que los estados, rendidos, coaccionados o alegres servidores de los grandes capitalistas, están consiguiendo cargar los costes de la crisis a las rentas del trabajo, es decir, a los ciudadanos. En los países del sur de Europa, los salarios se reducen, los impuestos al consumo y a las rentas del trabajo aumentan y las grandes empresas continúan evadiendo impunemente miles de millones, cuando no son subvencionadas o incluso estimuladas a despedir trabajadores. Todo sea por evitar la fuga de capitales que, en cualquier caso, ya está sucediendo. Socialismo para los ricos, capitalismo salvaje para los pobres, incluidos aquí los microcapitalistas autónomos que votaron a la derecha pensando que servía a sus intereses. El capitalismo, un juego de depredación y dominación económica, se muestra en toda su crudeza. El capital acumulado, concentrado y centralizado en forma de fondos de inversión, bancos y grandes multinacionales consigue sortear la falsa democracia representativa e imponer así su programa político neoliberal de esquilmación global. Y, sin embargo, todo su poder reside en la ficción colectiva del dinero, que puede evaporarse rápidamente si los trabajadores deciden no seguir aceptando su chantaje.

Juan C. Valls

Puedes citar este artículo como:

Valls, J. C. “Merkel no es una moralista, sino un halcón capitalista”, La prisión mental. URL: https://laprisionmental.wordpress.com/2012/11/28/merkel-no-es-una-moralista-sino-un-halcon-capitalista/.


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