Dios, fe, ateísmo, agnosticismo…

junio 24, 2013

Autores: Ratomir Wilkowski, convert to SVG: Cpicon92, Actual: Szczepan1990La fe es la creencia en algo más allá de toda duda, de toda evidencia, de toda argumentación. Una crisis de fe consiste, por tanto, en el cuestionamiento de dicha fe: es la duda, la revisión crítica, la suspensión del dogma. La fe religiosa es aquella que se tiene sobre la existencia de entidades divinas, especialmente de unas con las que los humanos podrían relacionarse de algún modo. En las distintas religiones es común que estas entidades presenten rasgos mágicos o sobrenaturales tales como la inmaterialidad, la inmortalidad, la omnipotencia o la omnipresencia. La fe puede tenerse tanto en la existencia de estas entidades como en su inexistencia, sus propiedades, etc. A continuación se explican brevemente las posiciones teológicas más importantes al respecto.

El teísmo sostiene la creencia de que las entidades divinas existen, pero esta creencia no es necesariamente una fe, pues puede estar sujeta a la discusión y el conocimiento. No obstante, los teístas suelen acabar profesando dicha creencia como una fe, sobre todo cuando se encuentran ante la imposibilidad de ofrecer un apoyo sólido en favor de la misma.

Frente al teísmo podemos encontrar el ateísmo fuerte o positivo, que es la posición que defiende la creencia en la inexistencia de deidades. Los argumentos que este ateo emplea son muy diversos, pero suelen apelar a lo innecesario de (postular) dicha existencia y a los numerosos problemas metafísicos a los que da lugar cuando tratamos de integrarla en una visión científico-naturalista del mundo. El ateísmo fuerte no es necesariamente una fe, pues mantiene abierto el debate y se somete a la argumentación; sin embargo, un ateísmo fuerte dogmático o recalcitrante que no lo hiciera sí podría considerarse una fe metafísica en la inexistencia de dios.

Por otro lado, llamamos ateísmo débil o negativo a aquel que consiste simplemente en la ausencia de una creencia sobre la existencia de deidades. Es decir, el ateísmo débil es la posición de los no creyentes que no se pronuncian sobre tal existencia. Estos ateos suelen impugnar las creencias religiosas —e incluso las de los ateos positivos dogmáticos— empleando argumentos de cariz epistemológico. Por ello se suelen encontrar cerca del agnosticismo.

El agnosticismo sostiene que no es posible tener conocimiento de la divinidad. Dicho término se construye como contrario al de gnosticismo, posición defendida durante los siglos I-IV EC según la cual sí es posible alcanzar un conocimiento de lo divino, llamado gnosis. Esto requeriría seguir un proceso de estudio esotérico y práctica ritual según diversas doctrinas, de modo que el iniciado acabaría por acceder a tales misterios durante algunos instantes sacrales o bien bajo ciertos estados psíquicos de carácter místico. El agnosticismo, al menos si lo entendemos como oposición a esto último, afirma que las propiedades que se atribuyen a lo divino, y lo divino mismo, no pueden ser objeto de conocimiento ni de contrastación empírica, por lo que no es posible pronunciarse siquiera sobre la existencia o inexistencia de dichas entidades. Sin embargo, esto no es incompatible con la fe, pues esta no necesita fundamento epistémico ninguno. Por ello el agnosticismo es compatible tanto con el ateísmo más recalcitrante como con la religiosidad más dogmática. O sea, se puede ser agnóstico ateo (débil o fuerte), agnóstico cristiano, agnóstico musulmán, etc. No obstante, debemos tener en cuenta que estas últimas posiciones serían heterodoxas respecto a sus doctrinas y quedarían casi reducidas a la fe sobre tal o cual dios, pues esas doctrinas sí suelen ser incompatibles con el agnosticismo. Es decir, si se siguieran rigurosamente sería imposible mantener la fe y el agnosticismo al mismo tiempo. Esto es debido a que admiten como dogma un modo de conocimiento especial: la revelación divina.

Finalmente, el ignosticismo es la posición para la que antes de nada debe plantearse la pregunta de qué se entiende por dios o deidad. Solo después de responderla debe abordarse la cuestión sobre la existencia. Sin embargo, es habitual que el ignosticista acabe sosteniendo una posición distinta, ya sea antes o después de dicha pregunta. Esta posición es el acognitivismo teológico, que consiste en declarar cognitivamente carentes de significado los términos dios, deidad y semejantes. Dichos términos no tendrían ninguna referencia válida en el mundo actual o en los mundos posibles, por lo que pronunciarlos no aportaría contenido semántico válido, al igual que ocurre cuando pronunciamos una palabra inventada, sin significado alguno.

Juan C. Valls

Puedes citar este artículo como:

Valls, J. C. “Dios, fe, ateísmo, agnosticismo…”, La prisión mental. URL: https://laprisionmental.wordpress.com/2013/06/24/dios-fe-ateismo-agnosticismo/.

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¿Existe el alma?

agosto 8, 2010

Esta entrada pretende abordar brevemente el problema del alma sin introducir pesados tecnicismos ni enrevesadas disquisiciones sobre el sexo de los ángeles. Como se verá, responder (o no) a esta pregunta no es tan difícil si aceptamos ciertos presupuestos básicos acerca del mundo.

En primer lugar, al enfrentarnos a una pregunta de estas características hemos de aclarar qué entendemos por cada uno de sus términos. ¿A qué nos referimos con existe? ¿Qué entendemos por alma?

Por lo que respecta a la existencia, podemos pensar que todas las cosas que existen son cosas materiales, es decir, físicas; o bien que pueden existir otras cosas más allá de la materia, esto es, cosas inmateriales. Si pensamos lo primero, sabemos que al menos tenemos la posibilidad –en principio– de comprobar hasta cierto punto lo que digamos sobre la existencia o no de las cosas. Sin embargo, si pensamos lo segundo aceptamos de partida que todo lo que digamos sobre cosas inmateriales será completamente imposible de comprobar. La razón es que si fuera posible que algo inmaterial interaccionase con algo material, podríamos encontrar en nuestro mundo sucesos que aconteciesen sin ninguna causa material, lo cual se opone a toda la evidencia registrada hasta la fecha. En nuestro mundo material todo es causa y consecuencia; nada sucede porque sí. En definitiva, para nosotros la existencia puede entenderse desde una posición donde todas las cosas son físicas (materialismo) y, por tanto, potencialmente medibles;  o desde una posición que postula que hay algo más allá de lo físico desde la que cualquier afirmación no puede ser otra cosa que un acto de fe.

En cuanto al alma, en nuestra cultura solemos concebirla como una parte inmaterial y esencial de nosotros mismos que de alguna forma está ligada a nuestro cuerpo, pero que no muere con él. La noción popular suele involucrar conceptos como energía, esencia y fuerza, cuya vaguedad y desconocimiento son tales que los hace idóneos para ser usados como explicación de cualquier cosa que no se sabe explicar. La energía y la fuerza son conceptos físicos y, como tales, pertenecen al mundo de la materia, al mundo de lo que podemos medir con cierta objetividad; mientras que la esencia es un concepto filosófico bastante confuso que suele referirse a aquello que hace que algo sea algo. Como se puede observar, estos conceptos no ayudan en absoluto a esclarecer la cuestión, sino que la mantienen en suspenso e incluso la enmarañan aún más. Son cajas vacías a las que les ponemos un nombre para desprendernos de la incomodidad que produce la ignorancia. En suma, el alma viene a ser la parte de nosotros que es inmaterial e inmortal.

Una vez hemos aclarado qué entendemos por cada término de la pregunta es momento de abordarla y responderla cuando sea posible. Si partimos de una posición materialista, es decir, una que defiende que todo lo que existe (o puede existir) es material, tenemos que el alma no puede existir, pues hemos dicho que se trata de algo inmaterial. Para evitar esta lógica pero demoledora conclusión solo nos quedarían dos opciones:

  1. concebir el alma como algo material;
  2. adoptar una postura no-materialista respecto al mundo.

En el caso de elegir la primera opción, tendríamos que el alma no sería más que otra parte material de nuestro cuerpo o, en su defecto, un proceso físico. Por tanto, perdería ese carácter misterioso e inmortal que antes le otorgábamos en virtud de su inmaterialidad. Si el alma no es más que materia, entonces debe ser algo de nuestro cuerpo, ya sea un órgano o un proceso. Podríamos llamar alma al ombligo, al cerebro o a la forma en que se comunican las neuronas, pero entonces ya no sería esa alma original de la que teníamos una idea tan nebulosa. Lo más parecido al alma que podemos encontrar en nuestro cuerpo es la conciencia, proceso físico que naturalmente cesa cuando el cuerpo muere… ¿O no? (el problema de la conciencia lo trataremos en otra entrada).

La única opción que nos queda, visto que la anterior supone abandonar la idea original de alma, es partir de una concepción del mundo completamente distinta. Así pues, en lugar de pensar que todo lo que existe o puede existir es físico, podemos pensar que existen cosas que no son físicas. Esto solucionaría el problema de la inmaterialidad, sin embargo presenta un nuevo problema: ¿cómo se relaciona esa entidad inmaterial el alma con una entidad material como es el cuerpo? Como ya hemos dicho arriba, cualquier relación entre materia y no-materia no parece concebible y, además, implicaría la ocurrencia de sucesos que no han sido causados por nada material (violación de la causalidad), por lo que parece que con esta opción también nos encontramos en apuros. Más aún, al ser el alma algo inmaterial nunca podríamos comprobar su existencia, puesto que solo lo físico está a nuestro alcance, a través de nuestro cuerpo y de otros instrumentos. Ya en este punto debemos ser conscientes de que hemos presupuesto sin ningún fundamento la existencia de cosas más allá de nuestro mundo físico, tan solo para satisfacer el deseo o la esperanza de que el alma exista. Si no nos preocupa inventarnos más cosas, entonces podemos encontrar una salida en este oscuro callejón: dios. Puestos a suponer, podemos suponer que existe un dios que se encarga de mantener la relación entre el alma y el cuerpo  sin necesidad de que estos se encuentren en contacto directo. Es decir, un tal dios con poderes inimaginables haría de intermediario entre el alma y el cuerpo y de esta forma nuestra parte inmaterial, el alma, influiría sobre el cuerpo y viceversa. Esta suposición también nos serviría para garantizar su inmortalidad, ya que podemos pensar que dios desearía tal cosa. Así pues, incluir a dios en nuestros razonamientos viene a ser un comodín con el que podemos llegar a la conclusión que queramos.

En resumen, es evidente que el planteamiento materialista se fundamenta en un mundo del que tenemos experiencia (físico, material), mientras que el planteamiento no-materialista solo añade más y más cosas completamente inaccesibles sin ninguna razón. Si aceptamos que el mundo es algo físico y objetivo que nosotros percibimos, entonces el alma no existiría, a no ser que usemos tal palabra para denominar alguna cosa material. Por otra parte, si pensamos que hay algo más allá de este mundo material, entonces tanto el alma como casi cualquier otra cosa podrían existir y tales suposiciones no tendrían ningún fundamento. En general, el materialismo nos brinda la posibilidad de decir si algo es cierto o no con solo preguntarle al mundo, mientras que los dualismos son puramente especulativos y no admiten ni verificación, ni falsación, ni siquiera una mera experiencia que nos permita saber, al menos, si son algo más que humo mental.

Al margen de esto, que el alma no sea lo que pensábamos inicialmente no debe suponernos ningún tipo de aflicción, sino todo lo contrario: ahora podemos estimar y amar la vida con más intensidad si cabe, pues somos conscientes de que cualquier otra cosa es, en el mejor de los casos, una agradable conjetura.

Juan C. V.

Imagen de Ruby Blossom.


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