Estado y nación

agosto 27, 2013

Banderas

La vieja afirmación de que el desarrollo del Estado nacional procede de la conciencia nacional creciente de los pueblos, no es más que una fantasía que prestó buenos servicios a los representantes de la idea del Estado nacional, pero no por eso es menos falsa. La nación no es la causa, sino el efecto del Estado. Es el Estado el que crea a la nación, no la nación al Estado. Desde este punto de vista, entre pueblo y nación existe la misma diferencia que entre sociedad y Estado.

Toda vinculación social es una creación natural que se forma armónicamente de abajo arriba en base a las necesidades comunes y al mutuo acuerdo, para proteger y tener presente la conveniencia general. Hasta cuando las instituciones sociales se petrifican paulatinamente o cuando se vuelven rudimentarias, se puede reconocer claramente la finalidad de su origen en la mayoría de los casos. Pero toda organización estatal es un mecanismo artificioso que se impone a los hombres de arriba abajo por algunos potentados y no persigue nunca otro objetivo que el de defender y asegurar los intereses particulares de minorías sociales privilegiadas.

Un pueblo es el resultado natural de las alianzas sociales, una confluencia de seres humanos que se produce por una cierta equivalencia de las condiciones exteriores de vida, por la comunidad del idioma y por predisposiciones especiales debidas a los ambientes climáticos y geográficos en que se desarrolla. De esta manera nacen ciertos rasgos comunes que viven en todo miembro de la asociación étnica y constituyen un elemento importante de su existencia social. Ese parentesco interno no puede ser elaborado artificialmente, como tampoco se le puede destruir de un modo arbitrario, salvo que se aniquile violentamente y barra de la tierra a todos los miembros de un grupo étnico. Pero una nación no es nunca más que la consecuencia artificiosa de las aspiraciones políticas de dominio, como el nacionalismo no ha sido nunca otra cosa que la religión política del Estado moderno. La pertenencia a una nación no es determinada nunca por profundas causas naturales, como lo es la pertenencia al pueblo; eso depende siempre de consideraciones de carácter político y de motivos de razón de Estado, tras los cuales están siempre los intereses particulares de las minorías privilegiadas en el Estado. Un grupito de diplomáticos, que no son más que emisarios comerciales de las castas y clases privilegiadas en la organización estatal, decide a menudo arbitrariamente sobre la nación a que pertenecen determinados grupos de hombres, los cuales han de someterse a sus mandatos, porque no pueden hacer otra cosa, sobre todo cuando no se les ha requerido siquiera su propia opinión.

Rudolf Rocker, Nacionalismo y cultura, 1933.

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Sobre la servidumbre voluntaria

agosto 4, 2013

El roto - Túnel

Mas ¡oh buen Dios! ¿qué título daremos a la suerte fatal que agobia a la humanidad? ¿Por qué desgracia o por qué vicio, y vicio desgraciado, vemos a un sinnúmero de hombres, no obedientes, sino serviles, no gobernados, sino tiranizados; sin poseer en propiedad ni bienes, ni padres, ni hijos, ni siquiera su propia existencia? Sufriendo los saqueos, las torpezas y las crueldades, no de un ejército enemigo, ni de una legión de bárbaros, contra los cuales hubiera que arriesgar la sangre y la vida, sino de Uno solo, que no es ni un Hércules ni un Sansón; de un hombrecillo, y con frecuencia el más cobarde y afeminado de la nación, que sin haber visto el polvo de las batallas, ni haber siquiera lidiado en los torneos, aspira nada menos que a gobernar los hombres por la fuerza, incapaz como es de servir vilmente a la menor mujercilla ¿Llamaremos a eso cobardía? ¿Llamaremos cobardes a los que así se dejan envilecer? Que dos, tres o cuatro personas no se defiendan de uno solo, extraña cosa es, mas no imposible porque puede faltarles el valor. Pero que ciento o mil sufran el yugo de Uno solo, ¿no debe atribuirse más bien a desprecio y apatía que a falta de voluntad y de ánimo? Y si vemos no ciento, ni mil hombres, sino cien naciones, mil ciudades, un millón de hombres, dejar de acometer a Uno solo y prestarle vasallaje, mientras que éste los trata peor que infelices esclavos, ¿diremos que sea por debilidad? Todos los extremos tienen sus límites: dos y aún diez pueden temer a Uno; pero no será por cobardía el que mil, un millón, un sinnúmero de ciudades, no se defiendan de él, puesto que la cobardía no puede llegar hasta este punto, así como el valor no se extiende tampoco a que uno solo asalte una fortaleza, acometa a un ejército o conquiste un reino. ¿Qué monstruosidad pues será ésta que, ni el título merece de cobardía que no halla nombre lo bastante vil, que por su bajeza se resiste la naturaleza a conocerla y la lengua a pronunciarla?

[…]

Para conseguir el bien que desea, el hombre emprendedor no teme ningún peligro, el trabajador no escatima ningún esfuerzo. Sólo los cobardes y los perezosos no saben ni soportar el mal, ni recobrar el bien que se limitan a desear. La energía de procurárselo se la roba su propia cobardía; no les queda más que el natural anhelo de poseerlo. Este deseo, esta voluntad innata común a los sabios y a los locos, a los audaces y a los cobardes, les hace apetecer todas aquellas cosas cuya posesión les haría felices y contentos. Hay una sola que los hombres, no se por qué, no tienen ni siquiera fuerza para desearla. Es la libertad, ese bien tan grande y dulce, que cuando se pierde, todos los males sobrevienen y que, sin él, todos los otros bienes, corrompidos por la servidumbre, pierden enteramente su gusto y sabor. Sólo a la libertad los hombres la desdeñan, únicamente, a lo que me parece, porque si la deseasen la tendrían: como si se rehusasen a hacer esa preciosa conquista porque es demasiado fácil.

¡Hombres miserables, pueblos insensatos, naciones envejecidas en vuestros males y ciegas cuando se trata de vuestra felicidad! ¿Cómo os dejáis arrebatar lo más pingüe de vuestras rentas, talar vuestros campos, robar vuestras casas y despojarlas de los muebles que heredasteis de vuestros antepasados? Vivís de manera que pudierais asegurar que nada poseéis, y aún tendríais a gran dicha el ser verdaderos propietarios de la mitad de vuestros bienes, de vuestros hijos y hasta de vuestra propia existencia. ¿De qué provendrá esta calamidad, este estrago, esta ruina? ¿Acaso de los enemigos? No por cierto: pero sí proviene del enemigo, de aquel Uno que vosotros engrandecéis, de aquel por quien os sacrificáis tan valerosamente en la guerra, ofreciendo vuestros pechos a la muerte para conservarle en su tiranía. Este poderoso que os avasalla, este tirano que os oprime, sólo tiene dos ojos, dos manos, un cuerpo, ni más ni menos que el hombre más insignificante de vuestras ciudades. Si en algo os aventaja es en el poder que le habéis consentido de destruirnos.

Étienne de La Boétie, Discurso sobre la servidumbre voluntaria, c. 1550.


La falsa naturalidad del liberalismo económico

julio 18, 2013

Portada del libro Leviatán, de Thomas Hobbes

La vía del librecambio ha sido abierta, y mantenida abierta, a través de un enorme despliegue de continuos intervencionismos, organizados y dirigidos desde el centro.

Hacer que la «libertad simple y natural» de Adam Smith sea compatible con las necesidades de la sociedad humana es un asunto muy complicado. La complejidad de los artículos de innumerables leyes sobre las enclosures lo pone de manifiesto, al igual que la extensión del control burocrático exigida por la administración de las nuevas leyes de pobres, que, a partir del reinado de Isabel, han sido efectivamente supervisadas por la autoridad central; y también el crecimiento de la administración gubernamental, inseparable a su vez de la meritoria tarea de poner en marcha una reforma municipal. Y, sin embargo, todas esas ciudadelas de la injerencia gubernamental se erigieron con la intención de regular la liberalización de la tierra, el trabajo y la administración municipal. Del mismo modo que la invención de máquinas que economizarían trabajo no ha hecho disminuir, al contrario de lo que se esperaba de ellas, sino que ha hecho aumentar la utilización del trabajo del hombre, la introducción de mercados libres, lejos de suprimir normativas, regulaciones e intervenciones, ha potenciado enormemente su alcance. Los administradores tuvieron que estar muy en guardia para asegurar el libre funcionamiento del sistema. Fue así como, incluso aquellos que deseaban ardientemente liberar al Estado de funciones inútiles y cuya filosofía exigía la restricción de sus actividades, se vieron obligados a otorgarle poderes, órganos y nuevos instrumentos, necesarios para la institucionalización del laissez-faire.

Esta paradoja se ve superada por otra. Mientras que la economía del librecambio constituía un producto de la acción deliberada del Estado, las restricciones posteriores surgieron de un modo espontáneo. El laissez-faire fue planificado, pero no lo fue la planificación. Hemos mostrado ya la verdad de la primera parte de esta aserción. Si alguna vez ha existido una utilización consciente del poder ejecutivo al servicio de una política deliberada dirigida por el gobierno, fue la emprendida por los discípulos de Bentham en el heroico período del laissez-faire. Por lo que se refiere a la segunda parte de la aserción, Dicey, ese eminente liberal, fue el primero que suscitó la cuestión: se impuso a sí mismo el trabajo de investigar los orígenes de la tendencia «anti-laissez-faire» o, como él la denominaba, la tendencia «colectivista»; indagó en la opinión pública inglesa esa inclinación, cuya existencia era evidente desde finales de los años 1860. Su sorpresa fue que no pudo encontrar rastros de la misma salvo en los propios actos legislativos. Dicho de forma más precisa, no se puede encontrar el menor testimonio de una «tendencia colectivista» en la opinión pública con anterioridad a las leyes aprobadas en esa línea. […] La punta de lanza legislativa del movimiento de reacción contra un mercado autorregulador, tal como se estaba desarrollando en los cincuenta años posteriores a 1860, muy espontánea en este caso, no ha estado dirigida por la opinión sino que ha sido inspirada por un espíritu puramente pragmático.

Karl Polanyi, La gran transformación, 1944.

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Crítica demoledora del liberalismo


La propiedad como artificio ilegítimo

mayo 27, 2013

Propiedad privada.

Somos ricos en las sociedades civilizadas. ¿Por qué hay, pues, esa miseria en torno a nosotros? ¿Por qué ese trabajo penoso y embrutecedor de las masas? ¿Por qué esa inseguridad del mañana (hasta para el trabajador mejor retribuido) en medio de las riquezas heredadas del ayer y a pesar de los poderosos medios de producción que darían a todos el bienestar a cambio de algunas horas de trabajo cotidiano?

Los socialistas lo han dicho y repetido hasta la saciedad. Porque todo lo necesario para la producción ha sido acaparado por algunos en el transcurso de esta larga historia de saqueos, guerras, ignorancia y opresión en que ha vivido la humanidad antes de aprender a domar las fuerzas de la naturaleza. Porque, amparándose en pretendidos derechos adquiridos en el pasado, hoy se apropian dos tercios del producto del trabajo humano, dilapidándolos del modo más insensato y escandaloso. Porque reduciendo a las masas al punto de no tener con qué vivir un mes o una semana, no permiten al hombre trabajar sino consintiendo en dejarse quitar la parte del león. Porque le impiden producir lo que necesita y le fuerzan a producir, no lo necesario para los demás, sino lo que más grandes beneficios promete al acaparador. […]

Cada hectárea de suelo que labramos en Europa ha sido regada con el sudor de muchas razas; cada camino tiene una historia de servidumbre personal, de trabajo sobrehumano, de sufrimientos del pueblo. Cada legua de vía férrea, cada metro de túnel, han recibido su porción de sangre humana. […]

Millones de seres humanos han trabajado para crear esta civilización de la que hoy nos gloriamos. Otros millones, diseminados por todos los ámbitos del globo, trabajan para sostenerla. Sin ellos, no quedarían más que sus escombros dentro de cincuenta años.

Hasta el pensamiento, hasta la invención, son hechos colectivos, producto del pasado y del presente. Millares de inventores han preparado el invento de cada una de esas máquinas, en las cuales admira el hombre su genio. Miles de escritores, poetas y sabios han trabajado para elaborar el saber, extinguir el error y crear esa atmósfera de pensamiento científico, sin la cual no hubiera podido aparecer ninguna de las maravillas de nuestro siglo. Pero esos millares de filósofos, poetas, sabios e inventores, ¿no habían sido también inspirados por la labor de los siglos anteriores? ¿No fueron durante su vida alimentados y sostenidos, así en lo físico como en lo moral por legiones de trabajadores y artesanos de todas clases? ¿No adquirieron su fuerza impulsiva en lo que les rodeaba? […]

Cada máquina tiene la misma historia: larga historia de noches en blanco y de miseria; de desilusiones y de alegrías, de mejoras parciales halladas por varias generaciones de obreros desconocidos que venían a añadir al primitivo invento esas pequeñas nonadas sin las cuales permanecería estéril la idea más fecunda. Aún más: cada nueva invención es una síntesis resultante de mil inventos anteriores en el inmenso campo de la mecánica y de la industria.

Ciencia e industria, saber y aplicación, descubrimiento y realización práctica que conduce a nuevas invenciones, trabajo cerebral y trabajo manual, idea y labor de los brazos, todo se enlaza. Cada descubrimiento, cada progreso, cada aumento de la riqueza de la humanidad, tiene su origen en el conjunto del trabajo manual y cerebral, pasado y presente. Entonces, ¿qué derecho asiste a nadie para apropiarse la menor partícula de ese inmenso todo y decir: Esto es mío y no vuestro?

Piotr Kropotkin, La conquista del pan, 1892.


El materialismo histórico de Marx

mayo 12, 2013

Friedrich Engels (izquierda) y Karl Marx (derecha).El primer trabajo emprendido para resolver las dudas que me azotaban fue una revisión crítica de la filosofía hegeliana del derecho […] Mi investigación me llevó a la conclusión de que, tanto las relaciones jurídicas como las formas de Estado no pueden comprenderse por sí mismas ni por la llamada evolución general del espíritu humano [la cultura], sino que, por el contrario, radican en las condiciones materiales de vida cuyo conjunto resume Hegel siguiendo el precedente de los ingleses y franceses del siglo XVIII, bajo el nombre de «sociedad civil», y que la anatomía de la sociedad civil hay que buscarla en la economía política […]

En el desarrollo de la producción social, los hombres entran en relaciones definidas que son indispensables e independientes de su voluntad; esas relaciones de producción corresponden a un estado definido de desarrollo de sus fuerzas materiales de producción. La suma total de esas relaciones de producción constituye la estructura económica de la sociedad, la base real sobre la que se elevan las superestructuras legal y política y a la que corresponden formas definidas de conciencia social. El modo de producción en la vida material determina el carácter general de los procesos sociales, políticos y espirituales. No es la conciencia de los hombres la que determina su existencia social, sino al contrario, su existencia social determina su conciencia […]

En una determinada etapa de su desarrollo, las fuerzas productivas materiales de una sociedad entran en conflicto con las relaciones de producción existentes o –lo que no es más que una expresión legal de la misma cosa– con las relaciones de propiedad dentro de las cuales han estado trabajando hasta el momento. De ser formas de desarrollo de las fuerzas productivas, estas relaciones se transforman en sus propias trabas.

Karl Marx, Prólogo, Crítica de la economía política (1859).

Los hombres son los productores de sus representaciones, de sus ideas, etc., pero los hombres son reales y actuantes, tal y como se hallan condicionados por un determinado desarrollo de sus fuerzas productivas y por el intercambio que a él corresponde, hasta llegar a sus formaciones más amplias. La conciencia no puede ser nunca otra cosa que el ser consciente, y el ser de los hombres es su proceso de vida real. Y si en toda la ideología los hombres y sus relaciones aparecen invertidos como en la cámara oscura, este fenómeno responde a su proceso histórico de vida, como la inversión de los objetos al proyectarse sobre la retina responde a su proceso de vida directamente físico.

Totalmente al contrario de lo que ocurre en la filosofía alemana, que desciende del cielo sobre la tierra, aquí se asciende de la tierra al cielo. Es decir, no se parte de lo que los hombres dicen, se representan o se imaginan, ni tampoco del hombre predicado, pensado, representado o imaginado, para llegar, arrancando de aquí, al hombre de carne y hueso; se parte del hombre que realmente actúa y, arrancando de su proceso de vida real, se expone también el desarrollo de los reflejos ideológicos y de los ecos de este proceso de vida.

También las formaciones nebulosas que se condensan en el cerebro de los hombres son sublimaciones necesarias de su proceso material de vida, proceso empíricamente registrable y sujeto a condiciones materiales. La moral, la religión, la metafísica y cualquier otra ideología y las formas de conciencia que a ellas corresponden pierden, así, la apariencia de su propia sustantividad. No tienen su propia historia ni su propio desarrollo, sino que los hombres que desarrollan su producción material y su intercambio material cambian también, al cambiar esta realidad, su pensamiento y los productos de su pensamiento. No es la conciencia la que determina la vida, sino la vida la que determina la conciencia. Desde el primer punto de vista, se parte de la conciencia como del individuo viviente; desde el segundo punto de vista, que es el que corresponde a la vida real, se parte del mismo individuo real viviente y se considera la conciencia solamente como su conciencia […]

Las ideas de la clase dominante son las ideas dominantes en cada época; o, dicho en otros términos, la clase que ejerce el poder material dominante en la sociedad es, al mismo tiempo, su poder espiritual [léase cultural] dominante. La clase que tiene a su disposición los medios para la producción material dispone con ello, al mismo tiempo, de los medios para la producción espiritual, lo que hace que se le sometan, al propio tiempo, por término medio, las ideas de quienes carecen de los medios necesarios para producir espiritualmente. Las ideas dominantes no son otra cosa que la expresión ideal de las relaciones materiales dominantes, las mismas relaciones materiales dominantes concebidas como ideas; por tanto, las relaciones que hacen de una determinada clase la clase dominante, o sea, las ideas de su dominación. Los individuos que forman la clase dominante tienen también, entre otras cosas, la conciencia de ello y piensan a tono con ello; por eso, en cuanto dominan como clase y en cuanto determinan todo el ámbito de una época histórica, se comprende de suyo que lo hagan en toda su extensión, y, por tanto, entre otras cosas, también como pensadores, como productores de ideas, que regulan la producción y distribución de las ideas de su tiempo; y que sus ideas sean; por ello mismo, las ideas dominantes de la época. Por ejemplo, en una época y en un país en que se disputan el poder la corona, la aristocracia y la burguesía, en que, por tanto, se halla dividida la dominación, se impone como idea dominante la doctrina de la división de poderes, proclamada ahora como «ley eterna».

Karl Marx y Friedrich Engels, La ideología alemana (1845).


El germen del fascismo

mayo 6, 2013

HitlerTodos somos distintos. Lo somos en nuestros rasgos físicos y de carácter, nuestro origen, nuestras experiencias, nuestros deseos, nuestras creencias, y así hasta un largo etcétera probablemente inexhaurible. Vivimos vidas singulares, irrepetibles en tanto que existencias imposibles de reproducir, intercambiar o incluso de comunicar fielmente. Y así todo, compartimos algo. Siempre compartimos algo. Cuando menos, muchos compartimos una lengua y ciertas pautas culturales, que conforman nuestro mundo-vida primigenio. Somos producto de nuestra herencia biológica y sociocultural. La diferencia y la semejanza, siempre parciales, nos constituyen como humanos pertenecientes a una comunidad.

En ocasiones, la comunidad se entiende a sí misma como nación, esto es, como comunidad de sentimiento, comunidad de cultura e historia compartidas, comunidad política, habitualmente realizada y autodeterminada mediante un Estado (Caminal, en Ciudad y ciudadanía, Trotta, 2008, p. 53). Toda nación, sin embargo, esconde un peligro en lo más profundo de sus ignominiosas cavernas. Es el terror más glorioso y la gloria más terrorífica que puede conocer. Orgullo heroico, ávido de realizar su leyenda colectiva más sublime. Orgullo etnocéntrico, mitológico y depredador. La comunidad se torna hacia sus presuntos orígenes míticos y hacia sus presuntas diferencias con los otros de fuera y, así, volcada sobre sí misma, se proyecta hacia el futuro en la forma más totalitaria imaginable. Es la nación entendida como unidad de destino en lo universal, en palabras del fascista José Antonio Primo de Rivera. Raza, orgullo, orígenes, leyendas, héroes de la patria y xenofobia. Este es el germen del fascismo.

No obstante, el fascismo como fenómeno sociocultural va más allá de esto y requiere una explicación un tanto más compleja. Jean-François Lyotard (1984) señala acertadamente que en esta forma de totalitarismo lo que tenemos es un relato mítico-tradicional con el que ciertos individuos o grupos de una comunidad pretenden legitimarse como instancia de poder. El modo en que opera dicho tipo de legitimación es mediante la pragmática misma de la narración del relato mítico, en la que se repite incesantemente la comunidad, sus roles (narrador y oyentes) y sus referentes (nombres).

Y como lo propio del relato es reunir, juntar, poner en orden y transmitir, no sólo las descripciones sino además las prescripciones, las valoraciones, los sentimientos […], la tradición transmite las obligaciones asignadas a los nombres con las prescripciones relacionadas con tal situación, y las legitima por el solo hecho de ponerlas bajo la autoridad del nombre […] Lo exterior a esta tradición, sea acontecimiento natural o humano, si no tiene nombre por sí mismo, no es, porque no ha sido autorizado (no es “verdadero”) […] En esta práctica narrativa, pues, está en juego una política, pero inmersa en el conjunto de la vida instituida por los relatos (Lyotard, La postmodernidad explicada a los niños, Gedisa, 1989, cap. 4)

Según esto, Lyotard explica el nazismo de la siguiente forma:

Congresos de NurembergEl nazismo puso el nombre “Ario” en lugar de la Idea de ciudadano, fundó su legitimidad en la saga de los pueblos del Norte abandonando el horizonte moderno del cosmopolitismo. Si logró triunfar es porque flotaba en el pueblo soberano […] un deseo de “retornar a las fuentes”, un deseo que sólo la mitología puede satisfacer. El nazismo proporcionó los nombres y los relatos que le permitieron identificarse exclusivamente con los héroes germánicos y restañar las heridas producidas por la derrota y la crisis. La xenofobia y la cronofobia están necesariamente implicadas en este dispositivo de lenguaje que sirve a la legitimación (ibidem).

Sin embargo, esto solo nos permite comprender una parte del fenómeno. Históricamente, el fascismo surge en la década de 1920 en Italia y Alemania como movimiento nacionalista autoritario integrado ante todo por excombatientes. Dado que se oponía duramente al socialismo marxista y defendía la creación de un estado totalitario, económicamente proteccionista y socialmente constrictor, este movimiento pronto fue financiado por capitalistas reaccionarios que temían perder su supremacía social con el auge del socialismo y una probable inminente revolución de los trabajadores. Basta ver quién financiaba los respectivos partidos de Mussolini y Hitler para notar hasta qué punto esto es importante. No obstante, su retórica se posicionaba entre el comunismo y el liberalismo, y se postulaba a sí mismo como una ideología política novedosa acorde con los tiempos. Frente al comunismo, rechazaba la lucha de clases y la abolición de la propiedad privada de los medios de producción, y frente al liberalismo, rechazaba los parlamentos y el mercado libre. El Estado que defendían era corporativista, inspirado en las ideas sindicalistas de gran influencia durante las primeras décadas del siglo XX. De hecho, originalmente fueron movimientos autoproclamados nacional-sindicalistas o nacional-socialistas. Además, puesto que despreciaban las instituciones liberales existentes, abogaban por un fuerte activismo revolucionario que daba preeminencia a la guía salvífica de los líderes del movimiento, así como a la acción violenta y expeditiva. La idea fascista de nación antes esbozada y su discurso mitológico-nacionalista constituían la argamasa legitimatoria de estos caudillos, tal y como acabamos de ver.

En España el fascismo se desarrollará más tarde, pues durante la dictadura de Primo de Rivera de los años veinte los sectores capitalistas no sintieron la necesidad de apoyar movimientos de esta índole. El poder ya pertenecía a su clase social. Sin embargo, con la instauración de la democracia liberal en la II República y la extensión de los derechos laborales y la lucha obrera, estos sectores comenzaron a financiar y publicitar los movimientos fascistas nacientes, especialmente el partido Falange Española, fundado por José Antonio Primo de Rivera.

En cuanto a los orígenes ideológicos, se podría trazar una genealogía hasta los autores fundacionales del nacionalismo europeo, como hace Bertrand Russell en el breve ensayo «La ascendencia del fascismo» publicado en 1935:

Los fundadores de la escuela de pensamiento de la cual surgió el fascismo tienen todos ciertas características comunes. Buscan el bien en la «voluntad», más que en el sentimiento o en el conocimiento; valoran más el poder que la felicidad; prefieren la fuerza al argumento, la guerra a la paz, la aristocracia a la democracia, la propaganda a la imparcialidad científica. Abogan por una forma de austeridad espartana, como opuesta a la cristiana; es decir, consideran la austeridad como un medio para obtener un dominio sobre los demás, no como una autodisciplina que ayuda a alcanzar la virtud y, solo en el otro mundo, la felicidad. Los últimos de entre ellos están imbuidos de un darwinismo vulgar y consideran la lucha por la vida como el origen de especies superiores; pero se trata más de una lucha entre razas que de una lucha entre individuos, como la que defendían los apóstoles de la libre competencia. Placer y conocimiento, concebidos como fines, se les antojan demasiado pasivos. Sustituyen el placer por la gloria, y el conocimiento por la afirmación pragmática de que lo que ellos desean es la verdad. En Fitche, Carlyle y Mazzini, estas doctrinas están todavía envueltas en un manto de hipocresía moral convencional; en Nietzsche, avanzan por primera vez desnudas y sin vergüenza.

MussoliniCon todo, aún nos resta explicar las causas profundas del fascismo. Es en este punto donde resulta muy relevante el análisis histórico y económico que nos ofrece Karl Polanyi en La gran transformación (1944). Polanyi considera que para entender el origen del fascismo debemos remontarnos al origen mismo del liberalismo laissez faire y a la tremenda dislocación social que produjo —y sigue produciendo aún hoy— su aplicación. Este liberalismo surge a finales del siglo XVIII y se caracteriza por defender un modelo de sociedad en la que un mercado absolutamente libre armonizaría toda la vida económica y social a través de las leyes de la oferta y la demanda.

Polanyi apunta que, sin embargo, dicho mercado autorregulador fue ante todo una utopía que se intentó imponer a sangre y fuego precisamente desde y por el Estado, ese monopolio de la violencia que los liberales laissez faire utilizan donde, cuando y como les conviene (pese a repudiarlo). La extensión de la lógica del mercado a la tierra, el trabajo y el dinero —hecho que según Polanyi nunca en la historia se había dado de una forma tan intencionada y generalizada como en la Inglaterra del siglo XIX— iba a trastocar toda la sociedad. La reacción elástica a las políticas liberales consistiría, por un lado, en una resistencia a favor de los trabajadores (movimiento obrero, socialismos) y, por otro lado, en una resistencia a favor de los valores tradicionales (tradicionalismo, fascismo). El fascismo iba a ser el contramovimiento surgido entre las dos guerras mundiales que se opondría tanto a la lógica mercantil como a las soluciones marxistas del tipo que estaban ensayando los bolcheviques en la URSS. Fue la solución de los nacionalistas de derecha cuyo orgullo se había visto herido tras la Primera Guerra Mundial. No es de extrañar, pues, que sus vínculos militares y capitalistas fueran muy fuertes. Tanto, que estos últimos no dudaron en fomentar tal movimiento para combatir en las calles a los trabajadores organizados que ya comenzaban a vislumbrar en el horizonte la Revolución Social.

Juan C. Valls

Puedes citar este artículo como:

Valls, J. C. “El germen del fascismo”, La prisión mental. URL: https://laprisionmental.wordpress.com/2013/05/06/el-germen-del-fascismo/.


Documentales que todo el mundo debería ver

noviembre 20, 2012

Nada es mejor que un libro bien documentado para comprender con un mínimo de profundidad cualquier tema. Sin embargo, no solo de libros vive el hombre. A lo largo de varios años he recopilado algunos documentales que me parecen muy interesantes para entender mejor el mundo en el que vivimos en poco tiempo y sin demasiado esfuerzo. Aquí os ofrezco una lista de los mismos, que además he ordenado para favorecer una comprensión gradual de los grandes problemas económicos —de orden sistémico-ideológico—  que padece nuestra civilización.

La historia de las cosas:

Inflación:

El dinero es deuda:

La corporación:

Obsolescencia programada:

Las causas del hambre en el mundo:

Especulación alimentaria:

Inside Job:

Sobredosis:

La doctrina del shock:

Deudocracia:

Catastroika:

Petróleo: el fin de una era

Un crudo despertar: el declive del petróleo


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