La propiedad como artificio ilegítimo

mayo 27, 2013

Propiedad privada.

Somos ricos en las sociedades civilizadas. ¿Por qué hay, pues, esa miseria en torno a nosotros? ¿Por qué ese trabajo penoso y embrutecedor de las masas? ¿Por qué esa inseguridad del mañana (hasta para el trabajador mejor retribuido) en medio de las riquezas heredadas del ayer y a pesar de los poderosos medios de producción que darían a todos el bienestar a cambio de algunas horas de trabajo cotidiano?

Los socialistas lo han dicho y repetido hasta la saciedad. Porque todo lo necesario para la producción ha sido acaparado por algunos en el transcurso de esta larga historia de saqueos, guerras, ignorancia y opresión en que ha vivido la humanidad antes de aprender a domar las fuerzas de la naturaleza. Porque, amparándose en pretendidos derechos adquiridos en el pasado, hoy se apropian dos tercios del producto del trabajo humano, dilapidándolos del modo más insensato y escandaloso. Porque reduciendo a las masas al punto de no tener con qué vivir un mes o una semana, no permiten al hombre trabajar sino consintiendo en dejarse quitar la parte del león. Porque le impiden producir lo que necesita y le fuerzan a producir, no lo necesario para los demás, sino lo que más grandes beneficios promete al acaparador. […]

Cada hectárea de suelo que labramos en Europa ha sido regada con el sudor de muchas razas; cada camino tiene una historia de servidumbre personal, de trabajo sobrehumano, de sufrimientos del pueblo. Cada legua de vía férrea, cada metro de túnel, han recibido su porción de sangre humana. […]

Millones de seres humanos han trabajado para crear esta civilización de la que hoy nos gloriamos. Otros millones, diseminados por todos los ámbitos del globo, trabajan para sostenerla. Sin ellos, no quedarían más que sus escombros dentro de cincuenta años.

Hasta el pensamiento, hasta la invención, son hechos colectivos, producto del pasado y del presente. Millares de inventores han preparado el invento de cada una de esas máquinas, en las cuales admira el hombre su genio. Miles de escritores, poetas y sabios han trabajado para elaborar el saber, extinguir el error y crear esa atmósfera de pensamiento científico, sin la cual no hubiera podido aparecer ninguna de las maravillas de nuestro siglo. Pero esos millares de filósofos, poetas, sabios e inventores, ¿no habían sido también inspirados por la labor de los siglos anteriores? ¿No fueron durante su vida alimentados y sostenidos, así en lo físico como en lo moral por legiones de trabajadores y artesanos de todas clases? ¿No adquirieron su fuerza impulsiva en lo que les rodeaba? […]

Cada máquina tiene la misma historia: larga historia de noches en blanco y de miseria; de desilusiones y de alegrías, de mejoras parciales halladas por varias generaciones de obreros desconocidos que venían a añadir al primitivo invento esas pequeñas nonadas sin las cuales permanecería estéril la idea más fecunda. Aún más: cada nueva invención es una síntesis resultante de mil inventos anteriores en el inmenso campo de la mecánica y de la industria.

Ciencia e industria, saber y aplicación, descubrimiento y realización práctica que conduce a nuevas invenciones, trabajo cerebral y trabajo manual, idea y labor de los brazos, todo se enlaza. Cada descubrimiento, cada progreso, cada aumento de la riqueza de la humanidad, tiene su origen en el conjunto del trabajo manual y cerebral, pasado y presente. Entonces, ¿qué derecho asiste a nadie para apropiarse la menor partícula de ese inmenso todo y decir: Esto es mío y no vuestro?

Piotr Kropotkin, La conquista del pan, 1892.

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La solución a la crisis de la Eurozona

mayo 15, 2013

Sede del BCELa actual crisis de la Eurozona se debe a un mal diseño de sus instituciones económicas, que acaban favoreciendo la desunión nacional frente a los mercados financieros. Aunque los estados miembros comparten moneda, sus bonos cotizan por separado, los bancos compiten entre sí aprovechando sus diversas coyunturas y legislaciones nacionales, los estatutos del Banco Central Europeo (BCE) ponen demasiado énfasis y son demasiado rígidos respecto a la inflación, etc. Realmente, podemos distinguir dos crisis en la Eurozona: una crisis superficial, en la que estamos sumidos, relativa a la solvencia de los estados miembros; y una crisis estructural, que subyace a la anterior y es la que he comentario anteriormente.

Ambas crisis se deben a la ausencia de una verdadera unidad económica en la Eurozona: ni en lo fiscal, ni en lo bancario, ni en los intereses de los estados miembros. Este último es precisamente el principal escollo con el que se encuentra un diseño ideológicamente europeísta e imparcial de la Eurozona, puesto que los distintos estados miembros lidian por primar sus propios intereses sobre el resto según una lógica más cercana a la weltpolitik que a la realpolitik. Todos los estados buscan expandir su cuota de participación en el mercado internacional, tal y como les impone la lógica más perentoria y sustantiva del capitalismo globalizado al que decidieron someterse; y dado que son competidores entre sí, no pueden negarse a confeccionar unas reglas del juego favorables a sus intereses. El capital impera sobre la política, y esta pasa a ser tan solo un instrumento más de su dinámica de acumulación. Así pues, el problema de fondo de ambas crisis es de orden socioeconómico.

La crisis estructural solo podrá solucionarse en la medida en que los compromisos alcanzados respecto a una mayor unión económica no generen nuevamente tensiones estructurales en el futuro. Está por ver, pues, si a largo plazo los acuerdos que ya se han alcanzado resultan ser adecuados o priorizan nuevamente los intereses particulares de los estados y sus empresas. Por su parte, la solución a la crisis superficial será el asunto que abordaré en lo que resta de artículo.

La crisis en la que estamos sumidos, que he calificado como superficial, tiene como foco la solvencia de los estados, esto es, su capacidad para afrontar la deuda pública con la que financian los déficits de sus cuentas generales. Esta deuda pública, sin embargo, no había resultado demasiado importante antes del estallido de la burbuja financiero-inmobiliaria en 2008. Es más, en países como España había descendido enormemente y, por si fuera poco, llegó a alcanzarse un superávit de las cuentas públicas en 2005-2007. Sin embargo, desde entonces la deuda pública comenzó a aumentar considerablemente, debido al rescate de bancos y grandes empresas, a la reducción de ingresos tributarios fruto del estallido de la burbuja, al aumento del gasto en prestaciones debido al creciente desempleo y al aumento del gasto dedicado a planes de estímulo como el Plan-E.

Bolsa de Filipinas, por Katrina Tuliao.El consecuente aumento brusco de esta deuda comportó déficits en las cuentas de los estados, por lo que su financiación pasó a ser cada vez más cara, debido a que los títulos de deuda que estos emiten (en forma de letras, bonos, etc.) cotizan en mercados que, comprensiblemente, tienen en cuenta la capacidad de pago de sus emisores. Esto supuso, de hecho, un aumento del interés que debían pagar a los compradores y la reducción de su calificación de solvencia. Y dado que los diferentes estados de la Eurozona emiten sus bonos por separado, dicho mercado de deuda fue de gran atractivo para los especuladores internacionales, que prácticamente eran los mismos agentes que habían sido rescatados directa o indirectamente tras el Crash de 2008. En estas circunstancias, los mensajes mediáticos de alarma —en ocasiones interesados— por el riesgo de quiebra de los estados cuya deuda aumentaba, no hacían otra cosa que avivar el fuego y, por lo tanto, las probabilidades de que este se convirtiera en el mismo incendio que pronosticaban. Así pues, la prima de riesgo de estados como Grecia, Irlanda, Portugal y España comenzó a dispararse al mismo ritmo que la incertidumbre, el miedo y la pura especulación crematística se adueñaban de los inversores y los medios de comunicación. Estas diferencias de capacidad de endeudamiento y de estructura de las distintas economías puso en tensión la totalidad de la Eurozona e incluso sembró dudas sobre su futuro.

Pero… ¿por qué no ocurrió lo mismo en EEUU o en Japón, cuando ambos países también sufrieron el descalabro de 2008? La respuesta se encuentra en que, por un lado, cada uno de ellos es una unidad de intereses, al ser a todos los efectos una sola nación; y, por otro lado, a la completa disposición de sus bancos centrales para paliar la situación inyectando dinero y bajando los tipos de interés. Esto no ocurrió con determinación en Europa, debido a que no se dieron ninguna de estas circunstancias. La diversidad de intereses en la Eurozona llevó al BCE a la inmovilidad, la indecisión, la lentitud y finalmente la tibieza en lo que respecta a la aplicación de medidas anticíclicas. Los estados cuya deuda sufría mayores primas de riesgo necesitaban que el BCE comprara sus bonos nacionales directamente para así evitar concurrir al mercado y tener que pagar intereses excesivos, lo que agravaba continuamente su situación. En cambio, Alemania y otros estados, cuyo interés era evitar el aumento del nivel de precios y la comunalización de los riesgos, se negaban a que el BCE emprendiera esta política, arguyendo que sus estatutos le encomendaban mantener la estabilidad monetaria y combatir la inflación. También se negaron a la creación de eurobonos e incluso a que el BCE rescatara directamente a la banca privada en problemas, como verdadero prestamista de última instancia.

Así las cosas, el problema se ha enquistado y se mantiene aún hoy en estado latente, contenido tan solo por las operaciones de mercado abierto que el BCE realiza ocasionalmente y su programa LTRO. Como explico en el artículo «Merkel no es una moralista, sino un halcón capitalista» (noviembre de 2012), en este juego en el que el BCE es la pieza maestra, todos quieren usarlo en su propio beneficio, pero Alemania es quien tiene mayor poder sobre él, al gozar de primacía en Europa tanto en la dimensión económico-política como en, lo que no es menos importante, la composición políticoburocrática de aquel organismo. Por otro lado, la política de austeridad no lleva más que al aprovechamiento carroñero, por parte de los bancos de raigambre alemana y francesa, de la agónica situación creada, sobre la cual han eludido su responsabilidad de acreedores de entidades en quiebra (tales como Bankia).

Bajo una perspectiva acorde con el proyecto de la Unión Europea, el BCE no debería responder a intereses parciales nacionales, sino a la Eurozona como un todo. Su apuesta por la recuperación, según la conveniencia macroeconómica capitalista, debería ser rápida y decidida como ocurre en EEUU y en Japón. Como hemos mostrado, el principal obstáculo es la política alemana, y para vencerlo basta con incidir en aquello que la mueve. Hay que conseguir que su economía sienta de forma clara que su política anti-europeísta es desastrosa para ella. Esto es algo a lo que aún no se ha atrevido ninguno de los estados subyugados por la sangría de la austeridad, tal vez porque sus dirigentes no son buenos estadistas ni tienen la suficiente valentía. Una posible solución consiste en promover públicamente, y por parte de las mayores figuras del estado español, el consumo de la producción y la tecnología nacionales. No se trata de un boicot, sino de una priorización, de forma que la industria que exporte a España, como la alemana, se resienta solo en la medida en que sus productos sean sustituibles por alternativas nacionales. Naturalmente, la política de austeridad ya tiene como consecuencia indefectible una disminución del consumo y la inversión españolas, por lo que Alemania ya se resiente por ello. Sin embargo, el efecto parece que aún no ha movilizado suficientemente la conciencia de la elite políticoempresarial alemana. Es por ello que debe agravarse, pues así se darán cuenta de una vez por todas que el BCE debe actuar sobre la Eurozona como una unidad, y que la banca alemana y francesa fue tan irresponsable como la española cuando concedió créditos masivos sin evaluar sus riesgos.

Juan C. Valls

Puedes citar este artículo como:

Valls, J. C. “La solución a la crisis de la Eurozona”, La prisión mental. URL: https://laprisionmental.wordpress.com/2013/05/15/la-solucion-a-la-crisis-de-la-eurozona/.


El materialismo histórico de Marx

mayo 12, 2013

Friedrich Engels (izquierda) y Karl Marx (derecha).El primer trabajo emprendido para resolver las dudas que me azotaban fue una revisión crítica de la filosofía hegeliana del derecho […] Mi investigación me llevó a la conclusión de que, tanto las relaciones jurídicas como las formas de Estado no pueden comprenderse por sí mismas ni por la llamada evolución general del espíritu humano [la cultura], sino que, por el contrario, radican en las condiciones materiales de vida cuyo conjunto resume Hegel siguiendo el precedente de los ingleses y franceses del siglo XVIII, bajo el nombre de «sociedad civil», y que la anatomía de la sociedad civil hay que buscarla en la economía política […]

En el desarrollo de la producción social, los hombres entran en relaciones definidas que son indispensables e independientes de su voluntad; esas relaciones de producción corresponden a un estado definido de desarrollo de sus fuerzas materiales de producción. La suma total de esas relaciones de producción constituye la estructura económica de la sociedad, la base real sobre la que se elevan las superestructuras legal y política y a la que corresponden formas definidas de conciencia social. El modo de producción en la vida material determina el carácter general de los procesos sociales, políticos y espirituales. No es la conciencia de los hombres la que determina su existencia social, sino al contrario, su existencia social determina su conciencia […]

En una determinada etapa de su desarrollo, las fuerzas productivas materiales de una sociedad entran en conflicto con las relaciones de producción existentes o –lo que no es más que una expresión legal de la misma cosa– con las relaciones de propiedad dentro de las cuales han estado trabajando hasta el momento. De ser formas de desarrollo de las fuerzas productivas, estas relaciones se transforman en sus propias trabas.

Karl Marx, Prólogo, Crítica de la economía política (1859).

Los hombres son los productores de sus representaciones, de sus ideas, etc., pero los hombres son reales y actuantes, tal y como se hallan condicionados por un determinado desarrollo de sus fuerzas productivas y por el intercambio que a él corresponde, hasta llegar a sus formaciones más amplias. La conciencia no puede ser nunca otra cosa que el ser consciente, y el ser de los hombres es su proceso de vida real. Y si en toda la ideología los hombres y sus relaciones aparecen invertidos como en la cámara oscura, este fenómeno responde a su proceso histórico de vida, como la inversión de los objetos al proyectarse sobre la retina responde a su proceso de vida directamente físico.

Totalmente al contrario de lo que ocurre en la filosofía alemana, que desciende del cielo sobre la tierra, aquí se asciende de la tierra al cielo. Es decir, no se parte de lo que los hombres dicen, se representan o se imaginan, ni tampoco del hombre predicado, pensado, representado o imaginado, para llegar, arrancando de aquí, al hombre de carne y hueso; se parte del hombre que realmente actúa y, arrancando de su proceso de vida real, se expone también el desarrollo de los reflejos ideológicos y de los ecos de este proceso de vida.

También las formaciones nebulosas que se condensan en el cerebro de los hombres son sublimaciones necesarias de su proceso material de vida, proceso empíricamente registrable y sujeto a condiciones materiales. La moral, la religión, la metafísica y cualquier otra ideología y las formas de conciencia que a ellas corresponden pierden, así, la apariencia de su propia sustantividad. No tienen su propia historia ni su propio desarrollo, sino que los hombres que desarrollan su producción material y su intercambio material cambian también, al cambiar esta realidad, su pensamiento y los productos de su pensamiento. No es la conciencia la que determina la vida, sino la vida la que determina la conciencia. Desde el primer punto de vista, se parte de la conciencia como del individuo viviente; desde el segundo punto de vista, que es el que corresponde a la vida real, se parte del mismo individuo real viviente y se considera la conciencia solamente como su conciencia […]

Las ideas de la clase dominante son las ideas dominantes en cada época; o, dicho en otros términos, la clase que ejerce el poder material dominante en la sociedad es, al mismo tiempo, su poder espiritual [léase cultural] dominante. La clase que tiene a su disposición los medios para la producción material dispone con ello, al mismo tiempo, de los medios para la producción espiritual, lo que hace que se le sometan, al propio tiempo, por término medio, las ideas de quienes carecen de los medios necesarios para producir espiritualmente. Las ideas dominantes no son otra cosa que la expresión ideal de las relaciones materiales dominantes, las mismas relaciones materiales dominantes concebidas como ideas; por tanto, las relaciones que hacen de una determinada clase la clase dominante, o sea, las ideas de su dominación. Los individuos que forman la clase dominante tienen también, entre otras cosas, la conciencia de ello y piensan a tono con ello; por eso, en cuanto dominan como clase y en cuanto determinan todo el ámbito de una época histórica, se comprende de suyo que lo hagan en toda su extensión, y, por tanto, entre otras cosas, también como pensadores, como productores de ideas, que regulan la producción y distribución de las ideas de su tiempo; y que sus ideas sean; por ello mismo, las ideas dominantes de la época. Por ejemplo, en una época y en un país en que se disputan el poder la corona, la aristocracia y la burguesía, en que, por tanto, se halla dividida la dominación, se impone como idea dominante la doctrina de la división de poderes, proclamada ahora como «ley eterna».

Karl Marx y Friedrich Engels, La ideología alemana (1845).


¿Quién paga el estado del bienestar?

mayo 8, 2013

Parque Josaphat-Anes (Bruselas). Foto de Schaerbeek; Wikicommons.Uno de los rasgos característicos del estado del bienestar es el reconocimiento de derechos sociales y la concesión de servicios públicos con el objetivo de mejorar el nivel de vida de toda la población. De estos servicios, los que forman su baluarte son la sanidad, la educación, las pensiones y las prestaciones por desempleo, pero también se incluyen entre ellos el transporte, los centros culturales y de ocio, etc. En cuanto a su política económica, de corte keynesiano, se caracteriza por priorizar antes que cualquier otra cosa la creación de empleo, con el objetivo de alcanzar así la menor tasa de desempleo posible. La idea que subyace a este modelo de estado es que no hay bienestar sin empleo ni un mínimo de seguridad respecto al futuro. Su pretensión es ser un compromiso entre los capitalistas (las empresas) y los trabajadores, de modo que parte de los beneficios empresariales reviertan también en la sociedad en su conjunto.

La edad dorada del estado del bienestar occidental abarcó aproximadamente desde 1945 hasta 1970, período de postguerra en el que prevaleció la política económica keynesiana. Sin embargo, en la década de los 70, la conjunción de estancamiento e inflación llevó a un aprieto a la teoría keynesiana, pues esta no disponía de una receta clara para afrontar dicho escenario. El capitalismo se encontraba en una profunda crisis de su modelo de acumulación. Fue a partir de entonces, y especialmente durante los 80, cuando las voces críticas con el estado del bienestar se hicieron fuertes y lograron la adhesión de los gobiernos. O los gobiernos se adhirieron a ellas, en busca de alternativas y justificaciones.

Los críticos del estado del bienestar aducían que el estancamiento y la inflación eran la consecuencia directa de su misma esencia, pues según ellos: 1) el gasto en servicios sociales produce un déficit dedicado a estimular el consumo, lo que disminuye el ahorro de las familias y, a largo plazo, el crecimiento y el empleo; y 2) perpetúa el mismo desempleo que crea, debido a que las prestaciones sociales reducen el incentivo de trabajar y la flexibilidad en salarios de la contratación. Por ello, los críticos promueven de una forma u otra un retorno al liberalismo del siglo XIX, cuya nueva versión ha recibido el nombre de neoliberalismo. Este aboga por reducir el estado todo lo posible, en especial en todo aquello que caracteriza al estado del bienestar: regulaciones laborales, prestaciones, sanidad, educación, etc. Su credo es que el mercado, liberado de intervenciones estatales, se autorregula armoniosamente y produce pleno empleo y crecimiento. Para ellos el estado del bienestar realiza una redistribución neta a favor de los trabajadores a costa del beneficio de las empresas, y es fundamentalmente eso lo que en su opinión sería pernicioso. El parecido con lo que escuchamos actualmente en los medios de comunicación en boca de políticos de derecha, economistas y grandes empresarios no es una coincidencia.

Sin embargo, ambas críticas son infundadas, tal y como apunta con una claridad meridiana el economista Anwar Shaikh en su estudio «Who pays for ‘welfare’ in welfare state? A multicountry study» (Social Research, 2003). En primer lugar, Shaikh señala que muchos estudios microeconómicos y macroeconómicos realizados hasta la fecha indican todo lo contrario. El vínculo que hay entre beneficios, regulaciones del mercado de trabajo y desempleo parece ser muy débil. Por si fuera poco, no se han encontrado evidencias empíricas de que la política laboral de los estados del bienestar europeos fuera un factor clave en las crisis de empleo que sufrieron en los 1980 y 1990.

En segundo lugar, Shaikh presenta su propio estudio al respecto, basado en datos oficiales de la OCDE, y no deja lugar a dudas. Los servicios sociales del estado del bienestar no son fruto de una redistribución neta del capital al trabajo, sino que son casi por completo autofinanciados por los mismos trabajadores a través de sus impuestos. La redistribución solo se produce entre los trabajadores mismos, especialmente entre los extremos de asalariados pobres y asalariados ricos. Esto supone una evidencia en contra de la tesis que consideraba estos servicios los causantes del déficit, el desempleo y el estancamiento del crecimiento del PIB. Así mismo, echa por tierra las justificaciones que esgrimen los gobiernos para recortar los gastos sociales y favorecer el trasvase de rentas hacia el capital. Y todo esto sin tener en cuenta que toda la riqueza procede del trabajo.

Juan C. Valls

Puedes citar este artículo como:

Valls, J. C. “¿Quién paga el estado del bienestar?”, La prisión mental, URL: https://laprisionmental.wordpress.com/2013/05/08/quien-paga-el-estado-del-bienestar/.


El germen del fascismo

mayo 6, 2013

HitlerTodos somos distintos. Lo somos en nuestros rasgos físicos y de carácter, nuestro origen, nuestras experiencias, nuestros deseos, nuestras creencias, y así hasta un largo etcétera probablemente inexhaurible. Vivimos vidas singulares, irrepetibles en tanto que existencias imposibles de reproducir, intercambiar o incluso de comunicar fielmente. Y así todo, compartimos algo. Siempre compartimos algo. Cuando menos, muchos compartimos una lengua y ciertas pautas culturales, que conforman nuestro mundo-vida primigenio. Somos producto de nuestra herencia biológica y sociocultural. La diferencia y la semejanza, siempre parciales, nos constituyen como humanos pertenecientes a una comunidad.

En ocasiones, la comunidad se entiende a sí misma como nación, esto es, como comunidad de sentimiento, comunidad de cultura e historia compartidas, comunidad política, habitualmente realizada y autodeterminada mediante un Estado (Caminal, en Ciudad y ciudadanía, Trotta, 2008, p. 53). Toda nación, sin embargo, esconde un peligro en lo más profundo de sus ignominiosas cavernas. Es el terror más glorioso y la gloria más terrorífica que puede conocer. Orgullo heroico, ávido de realizar su leyenda colectiva más sublime. Orgullo etnocéntrico, mitológico y depredador. La comunidad se torna hacia sus presuntos orígenes míticos y hacia sus presuntas diferencias con los otros de fuera y, así, volcada sobre sí misma, se proyecta hacia el futuro en la forma más totalitaria imaginable. Es la nación entendida como unidad de destino en lo universal, en palabras del fascista José Antonio Primo de Rivera. Raza, orgullo, orígenes, leyendas, héroes de la patria y xenofobia. Este es el germen del fascismo.

No obstante, el fascismo como fenómeno sociocultural va más allá de esto y requiere una explicación un tanto más compleja. Jean-François Lyotard (1984) señala acertadamente que en esta forma de totalitarismo lo que tenemos es un relato mítico-tradicional con el que ciertos individuos o grupos de una comunidad pretenden legitimarse como instancia de poder. El modo en que opera dicho tipo de legitimación es mediante la pragmática misma de la narración del relato mítico, en la que se repite incesantemente la comunidad, sus roles (narrador y oyentes) y sus referentes (nombres).

Y como lo propio del relato es reunir, juntar, poner en orden y transmitir, no sólo las descripciones sino además las prescripciones, las valoraciones, los sentimientos […], la tradición transmite las obligaciones asignadas a los nombres con las prescripciones relacionadas con tal situación, y las legitima por el solo hecho de ponerlas bajo la autoridad del nombre […] Lo exterior a esta tradición, sea acontecimiento natural o humano, si no tiene nombre por sí mismo, no es, porque no ha sido autorizado (no es “verdadero”) […] En esta práctica narrativa, pues, está en juego una política, pero inmersa en el conjunto de la vida instituida por los relatos (Lyotard, La postmodernidad explicada a los niños, Gedisa, 1989, cap. 4)

Según esto, Lyotard explica el nazismo de la siguiente forma:

Congresos de NurembergEl nazismo puso el nombre “Ario” en lugar de la Idea de ciudadano, fundó su legitimidad en la saga de los pueblos del Norte abandonando el horizonte moderno del cosmopolitismo. Si logró triunfar es porque flotaba en el pueblo soberano […] un deseo de “retornar a las fuentes”, un deseo que sólo la mitología puede satisfacer. El nazismo proporcionó los nombres y los relatos que le permitieron identificarse exclusivamente con los héroes germánicos y restañar las heridas producidas por la derrota y la crisis. La xenofobia y la cronofobia están necesariamente implicadas en este dispositivo de lenguaje que sirve a la legitimación (ibidem).

Sin embargo, esto solo nos permite comprender una parte del fenómeno. Históricamente, el fascismo surge en la década de 1920 en Italia y Alemania como movimiento nacionalista autoritario integrado ante todo por excombatientes. Dado que se oponía duramente al socialismo marxista y defendía la creación de un estado totalitario, económicamente proteccionista y socialmente constrictor, este movimiento pronto fue financiado por capitalistas reaccionarios que temían perder su supremacía social con el auge del socialismo y una probable inminente revolución de los trabajadores. Basta ver quién financiaba los respectivos partidos de Mussolini y Hitler para notar hasta qué punto esto es importante. No obstante, su retórica se posicionaba entre el comunismo y el liberalismo, y se postulaba a sí mismo como una ideología política novedosa acorde con los tiempos. Frente al comunismo, rechazaba la lucha de clases y la abolición de la propiedad privada de los medios de producción, y frente al liberalismo, rechazaba los parlamentos y el mercado libre. El Estado que defendían era corporativista, inspirado en las ideas sindicalistas de gran influencia durante las primeras décadas del siglo XX. De hecho, originalmente fueron movimientos autoproclamados nacional-sindicalistas o nacional-socialistas. Además, puesto que despreciaban las instituciones liberales existentes, abogaban por un fuerte activismo revolucionario que daba preeminencia a la guía salvífica de los líderes del movimiento, así como a la acción violenta y expeditiva. La idea fascista de nación antes esbozada y su discurso mitológico-nacionalista constituían la argamasa legitimatoria de estos caudillos, tal y como acabamos de ver.

En España el fascismo se desarrollará más tarde, pues durante la dictadura de Primo de Rivera de los años veinte los sectores capitalistas no sintieron la necesidad de apoyar movimientos de esta índole. El poder ya pertenecía a su clase social. Sin embargo, con la instauración de la democracia liberal en la II República y la extensión de los derechos laborales y la lucha obrera, estos sectores comenzaron a financiar y publicitar los movimientos fascistas nacientes, especialmente el partido Falange Española, fundado por José Antonio Primo de Rivera.

En cuanto a los orígenes ideológicos, se podría trazar una genealogía hasta los autores fundacionales del nacionalismo europeo, como hace Bertrand Russell en el breve ensayo «La ascendencia del fascismo» publicado en 1935:

Los fundadores de la escuela de pensamiento de la cual surgió el fascismo tienen todos ciertas características comunes. Buscan el bien en la «voluntad», más que en el sentimiento o en el conocimiento; valoran más el poder que la felicidad; prefieren la fuerza al argumento, la guerra a la paz, la aristocracia a la democracia, la propaganda a la imparcialidad científica. Abogan por una forma de austeridad espartana, como opuesta a la cristiana; es decir, consideran la austeridad como un medio para obtener un dominio sobre los demás, no como una autodisciplina que ayuda a alcanzar la virtud y, solo en el otro mundo, la felicidad. Los últimos de entre ellos están imbuidos de un darwinismo vulgar y consideran la lucha por la vida como el origen de especies superiores; pero se trata más de una lucha entre razas que de una lucha entre individuos, como la que defendían los apóstoles de la libre competencia. Placer y conocimiento, concebidos como fines, se les antojan demasiado pasivos. Sustituyen el placer por la gloria, y el conocimiento por la afirmación pragmática de que lo que ellos desean es la verdad. En Fitche, Carlyle y Mazzini, estas doctrinas están todavía envueltas en un manto de hipocresía moral convencional; en Nietzsche, avanzan por primera vez desnudas y sin vergüenza.

MussoliniCon todo, aún nos resta explicar las causas profundas del fascismo. Es en este punto donde resulta muy relevante el análisis histórico y económico que nos ofrece Karl Polanyi en La gran transformación (1944). Polanyi considera que para entender el origen del fascismo debemos remontarnos al origen mismo del liberalismo laissez faire y a la tremenda dislocación social que produjo —y sigue produciendo aún hoy— su aplicación. Este liberalismo surge a finales del siglo XVIII y se caracteriza por defender un modelo de sociedad en la que un mercado absolutamente libre armonizaría toda la vida económica y social a través de las leyes de la oferta y la demanda.

Polanyi apunta que, sin embargo, dicho mercado autorregulador fue ante todo una utopía que se intentó imponer a sangre y fuego precisamente desde y por el Estado, ese monopolio de la violencia que los liberales laissez faire utilizan donde, cuando y como les conviene (pese a repudiarlo). La extensión de la lógica del mercado a la tierra, el trabajo y el dinero —hecho que según Polanyi nunca en la historia se había dado de una forma tan intencionada y generalizada como en la Inglaterra del siglo XIX— iba a trastocar toda la sociedad. La reacción elástica a las políticas liberales consistiría, por un lado, en una resistencia a favor de los trabajadores (movimiento obrero, socialismos) y, por otro lado, en una resistencia a favor de los valores tradicionales (tradicionalismo, fascismo). El fascismo iba a ser el contramovimiento surgido entre las dos guerras mundiales que se opondría tanto a la lógica mercantil como a las soluciones marxistas del tipo que estaban ensayando los bolcheviques en la URSS. Fue la solución de los nacionalistas de derecha cuyo orgullo se había visto herido tras la Primera Guerra Mundial. No es de extrañar, pues, que sus vínculos militares y capitalistas fueran muy fuertes. Tanto, que estos últimos no dudaron en fomentar tal movimiento para combatir en las calles a los trabajadores organizados que ya comenzaban a vislumbrar en el horizonte la Revolución Social.

Juan C. Valls

Puedes citar este artículo como:

Valls, J. C. “El germen del fascismo”, La prisión mental. URL: https://laprisionmental.wordpress.com/2013/05/06/el-germen-del-fascismo/.


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