Merkel no es una moralista, sino un halcón capitalista

Mucha gente se ha tragado el espantajo agitado por Merkel sobre los europeos del sur. Somos despilfarradores, poco productivos, vagos, poco serios, corruptos y muchas otras cosas. Esta acusación constituye un racismo encubierto sostenido sobre un estereotipo sin base científica. Es una generalización fruto de la observación subjetiva de diferencias culturales que, sometidas a prejuicios inconscientes, llevan fácilmente a confirmar la hipótesis preferida sin prestar atención a la evidencia en contra. Los estudios en ciencia cognitiva han mostrado desde hace mucho tiempo que el humano piensa de forma sesgada, y uno de los sesgos que sufrimos es precisamente el de confirmación. Cuando uno tiene una hipótesis o creencia, acaba prestando especial atención a la evidencia que la corrobora e ignora o desprecia aquella que la refuta. Otro sesgo, por cierto, es el de la generalización apresurada y excesiva, en el que solemos caer habitualmente, creando estereotipos y etiquetas una y otra vez sin más fundamento que cierta selección arbitraria de experiencias subjetivas y rasgos aparentes.

Merkel agita, como digo, esta caricatura racista y despreciable del europeo del sur, pero no lo hace por convicción propia, o al menos no solo por ello. Este es un buen recurso para persuadir a las masas, que por comodidad o por estar poco habituadas a un pensamiento analítico riguroso, caen fácilmente presa de sus sesgos cognitivos. El auge del nazismo fue un claro ejemplo de ello, pues vinculó los males que sufría Alemania en los años 1920 y 1930 a aspectos completamente superfluos como la raza (judíos, gitanos, …), cuando en realidad los problemas que sufría eran resultado de la estructura económica capitalista (en crisis) y de indemnizaciones por la I Guerra Mundial, como las exigidas en el Tratado de Versalles.

Merkel utiliza esta excusa ante el electorado alemán para mantener el apoyo a su programa por encima de consideraciones sociales, así como para promover sus verdaderos planes imperialistas. Ciertamente, la Alemania de Merkel es el principal obstáculo para la resolución de la crisis europea, fruto de un diseño equivocado del Euro y del Banco Central Europeo (BCE). Y es que este, lejos de ser un prestamista de última instancia, tan solo tiene potestad para estabilizar los precios, es decir, para contener la inflación. El BCE no puede (o debe, según sus estatutos) comprar de forma normal deuda pública de los países integrantes de la eurozona; únicamente puede conceder préstamos (inyectar liquidez) a bancos privados. Debido a ello, ante crisis financieras como la desatada en 2008 —que requieren la inyección de capitales al sistema financiero para evitar su quiebra y, con ella, la del sistema capitalista— la deuda pública contraída por los estados para este rescate no puede financiarse a través de inyecciones del BCE, sino que cada bono nacional cotiza independientemente. Esto propicia que los inversores en deuda pública teman el riesgo que supone comprar bonos de estados que podrían entrar en bancarrota (al no estar garantizado su rescate), de ahí que aumente su prima de riesgo y, en consecuencia, el interés que deben pagar estos estados para colocar sus bonos. Además, también favorece una especulación viciosa en la que los bancos privados, sin mover un solo dedo, emplean los préstamos a bajo interés del BCE (~1%) para invertir en la deuda pública de estos países, cuyos bonos ofrecen mayor rentabilidad (~6%).

España, por ejemplo, ha incrementado enormemente su deuda pública desde que comenzó la crisis, debido al rescate del sistema financiero, el rescate de otras industrias (Plan-E, subvenciones a la compra de automóviles), las prestaciones por desempleo y la reducción de los ingresos debido a la depresión de la actividad económica fruto del estallido de la burbuja inmobiliaria. ¿Era esta deuda necesaria? Más bien era inevitable para sostener el capitalismo, como muestra la economía de EEUU, que apenas ya se está recuperando gracias a los rescates efectuados a costa de los contribuyentes y los trabajadores. En este artículo de Marco Antonio Moreno podemos ver bien cómo el estado español, lejos de haberse comportado despilfarradoramente (en proporción al PIB), disminuyó su deuda hasta 2007-2008, momento en que estalló la burbuja inmobiliaria. Nótese, en cambio, la deuda pública alemana.

¿Cuál es el problema de España, pues? No es, originalmente, la deuda pública, sino la deuda privada generada durante la burbuja inmobiliaria. Esta deuda privada se debe en su mayor parte a empresas y bancos, pero también a las hipotecas de las familias. Sin embargo, lo que estamos viviendo desde 2008 en todo el mundo es una conversión de esta deuda privada (especialmente de bancos y otras entidades financieras) en deuda pública e inflación ficticia, merced a los rescates efectuados por los estados con inyecciones de capital a cargo de deuda pública o con impresión constante de dinero (BCE, Reserva Federal, etc.).

Pero el problema se complica aún más en el caso de Europa, debido a los defectos de diseño ya comentados y a la libre circulación de capitales: ¿a quiénes pidieron prestado los bancos españoles durante la burbuja? Pues, ni más ni menos, que a bancos alemanes y franceses, principalmente. En este punto podemos comprender ya el interés de Merkel: no se trata de dar una lección moral a España, sino de impedir que los bancos españoles insolventes quiebren y, por tanto, los bancos alemanes tengan que asumir el riesgo que contrajeron cuando les decidieron prestar dinero. Merkel hace todo lo posible en Europa y en el BCE para evitar esto, lo que supondría cosas como que Bankia fuera liquidada (en lugar de rescatada por todos los españoles) y sus accionistas y acreedores tuvieran que asumir pérdidas. Pero el plan va más allá, porque Alemania quiere aprovechar esta situación de debilidad de los países del sur para erigirse nuevamente en potencia hegemónica indiscutible, aunque ello sea a costa de absorber sus capitales (ver aquí y aquí) y convertirlos en protectorados de facto, como ya ocurre con Grecia. Para que quede más claro, el plan imperialista del gobierno de Merkel es el siguiente:

  1. Lograr que los bancos privados del sur (prestatarios de los alemanes) sean rescatados con cargo a la deuda pública de sus países. (Se ha comprobado en cumbres europeas anteriores cómo Merkel rechaza una y otra vez el rescate directo del BCE a los bancos privados).
  2. Impedir que el incremento de la deuda pública fruto de la operación anterior sea financiado por el BCE a través de la compra de bonos soberanos.
  3. Impedir que la cuerda con la que ha atrapado a estos países (Grecia, España, Portugal, Italia, …) se tense demasiado antes de que los bancos alemanes hayan cobrado su deuda. Para evitarlo, acepta intervenciones del BCE in extremis, y así mantiene al enfermo en la agonía de la que se aprovecha.
  4. Impedir que grandes países importadores de sus productos, como España, quiebren, aunque sus bancos privados hayan saldado la deuda con los bancos alemanes, pues ello repercutiría en las exportaciones alemanas, eje de su economía. El resto de países cuyos bancos privados hayan saldado la deuda con los bancos alemanes gracias a su conversión en deuda pública pueden ser desechados, como ocurre con Grecia, de la que promueven su salida del euro.

En definitiva, vemos que Merkel —o en su defecto, aquellos lobbies que la guían y aconsejan— es un auténtico halcón capitalista, o peor, un águila imperial que se alimenta de carroña. ¿Podrá salir airosa Alemania de este juego en el que debe medir con sumo cuidado la tensión a la que somete a sus países esclavos? ¿Acabará tensando demasiado la cuerda en algún momento y propiciando, así, la quiebra del euro? ¿Y el factor social? ¿Seguirán los ciudadanos de los países esclavizados aguantando ser los costeadores, a base de impuestos y de reducción de salarios, de las deudas privadas asumidas especialmente por el sistema financiero y las grandes multinacionales? Los próximos años veremos de qué modo se desarrollarán los acontecimientos.

Lo que sí sabemos es que los estados, rendidos, coaccionados o alegres servidores de los grandes capitalistas, están consiguiendo cargar los costes de la crisis a las rentas del trabajo, es decir, a los ciudadanos. En los países del sur de Europa, los salarios se reducen, los impuestos al consumo y a las rentas del trabajo aumentan y las grandes empresas continúan evadiendo impunemente miles de millones, cuando no son subvencionadas o incluso estimuladas a despedir trabajadores. Todo sea por evitar la fuga de capitales que, en cualquier caso, ya está sucediendo. Socialismo para los ricos, capitalismo salvaje para los pobres, incluidos aquí los microcapitalistas autónomos que votaron a la derecha pensando que servía a sus intereses. El capitalismo, un juego de depredación y dominación económica, se muestra en toda su crudeza. El capital acumulado, concentrado y centralizado en forma de fondos de inversión, bancos y grandes multinacionales consigue sortear la falsa democracia representativa e imponer así su programa político neoliberal de esquilmación global. Y, sin embargo, todo su poder reside en la ficción colectiva del dinero, que puede evaporarse rápidamente si los trabajadores deciden no seguir aceptando su chantaje.

Juan C. Valls

Puedes citar este artículo como:

Valls, J. C. “Merkel no es una moralista, sino un halcón capitalista”, La prisión mental. URL: https://laprisionmental.wordpress.com/2012/11/28/merkel-no-es-una-moralista-sino-un-halcon-capitalista/.

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2 respuestas a Merkel no es una moralista, sino un halcón capitalista

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