Capitalismo: beneficio privado y ejército industrial de reserva

septiembre 26, 2011

Fábrica.En el capitalismo, los medios de producción son de propiedad privada, por lo que el propietario intenta optimizar el uso de los recursos de la empresa para conseguir, a costa de todos los que trabajan para él, un exceso de valor monetario que será su beneficio. Al configurarse toda la economía de este modo, el principio director, único y supremo del mundo pasa a ser la maximización de tal beneficio privado. Si a esto le sumamos la creación de un mercado libre autorregulador (ambos aspectos francamente dudosos) la sociedad se convierte entonces en una sociedad de mercado en la que las personas, los materiales de la corteza terrestre, las plantas, los animales y cualquier otra cosa (hasta las ideas) pasan a ser potenciales recursos para su uso en la obtención del beneficio y su maximización. Bajo el capitalismo, nada de este mundo tiene valor salvo por su capacidad para generar ingresos al propietario de tal o cual medio de producción. Nada vale sino en la medida en que pueda ser utilizado en última instancia para este fin. La vida entonces es tan solo materia móvil potencialmente explotable, la ética no es relevante, las personas son recursos humanos y el medio natural es un lugar del que se toman materiales para la producción y al que se vierten los desechos generados, a ser posible gratuitamente. En este sistema, la economía no consiste en emplear los recursos adecuadamente para satisfacer las necesidades de la sociedad, sino en maximizar el beneficio del propietario, lo cual engendra en realidad una situación análoga al feudalismo en el terreno económico. Mediante el poder económico, se somete a una masa de vasallos que se ven obligados a aceptar los contratos de los nuevos nobles so pena de vivir en la miseria o, peor aún, morir de hambre.

Una prueba patente e irrefutable de este hecho es la generación, a través del mercado capitalista, de lo que Engels y Marx llamaron el ejército industrial de reserva, es decir, una masa ingente de parados dispuestos a aceptar cualquier trabajo. Esto invalida de partida cualquier defensa liberal de que el egoísmo individual da lugar a una situación en la que la sociedad en general acaba beneficiándose. Es más, el equilibrio de Pareto que los liberales defienden como núcleo de la economía de mercado no garantiza de ningún modo esto, sino que admite configuraciones completamente injustas (por ejemplo, una distribución del 80% de la riqueza en manos del 20% de la población) siempre y cuando nadie pueda ganar más sin que otro pierda. (Como veremos en otra ocasión, el estado del bienestar —basado principalmente en el keynesianismo—, tendrá como objetivo conseguir equilibrios paretianos socialmente justos y reducir el desempleo, pero tal tarea no será más que un parche estatal a la dinámica del mercado capitalista, cuya lógica queda completamente al margen de esto y propicia, de suyo, la completa disolución de la sociedad humana en un agregado de recursos de producción-consumo que trafican mercantilmente entre sí).

El desempleo cíclico y estructural no es sino una consecuencia directa de la sociedad de mercado, el resultado emergente de la acción optimizadora de los propietarios consistente en despedir trabajadores para seguir en situación de maximización de beneficios cuando su actividad económica sufre contratiempos. Expulsando a los trabajadores de su empresa consiguen mantenerse a flote (o seguir ganando a espuertas) a costa de acrecentar una masa de parados que de ahora en adelante estarán dispuestos a aceptar cualquier trabajo por muy precario que sea. Si lo vemos desde el análisis de la oferta y la demanda, el asunto se muestra en toda su crudeza: tras una fluctuación negativa del mercado, las empresas despiden trabajadores (recursos humanos sobrantes) para mantener la situación que más les satisfaga (seguir con cierta tasa de beneficios o buscar su sostenimiento por estar en pérdidas), lo que significa que el mismo capitalismo de mercado, por medio de considerar a las personas como meros recursos (como la luz o el agua), consigue generar una masa de trabajadores-mercancía parados que permite a las empresas mantener bajos los salarios y largas las jornadas. De esta forma, las empresas continúan maximizando beneficios y, además, consiguen bajar el precio de la mano de obra debido a la gran oferta generada. Así mismo, el ejército industrial de reserva aparece como el principal sostenedor del capitalismo y la economía de mercado, ya que si la gran mayoría de los trabajadores tuviera trabajo los salarios subirían y resultaría muy difícil para las empresas encontrar personas que realizaran las actividades requeridas, de modo que, en tal situación, el margen de beneficios de las mismas tendería a cero (si se cumplieran las irreales premisas de la teoría económica neoclásica) y la explotación capitalista se diluiría en una suerte de emprendedurismo alegre y utópico que conseguiría aprovechar las nuevas oportunidades de negocio.

La realidad es bien distinta: las relaciones de dominación capitalistas, sostenidas en la propiedad privada de los medios de producción y el poder político directo o indirecto, quedan reforzadas por el ejército industrial de reserva derivado de la maximización de beneficio y la acción estatal que, a través de la política, restringe regionalmente el mercado de trabajo y las legislaciones. Mediante el estado, las camarillas económicas flexibilizan la política fronteriza y favorecen, cuando les conviene, la llegada de mano de obra barata extranjera, de la cual se benefician por partida doble: empleo fraudulento y disminución de los salarios por aumento de la oferta de trabajadores. Por el contrario, cuando no les conviene (es decir, cuando ya no necesitan explotar a los extranjeros), renuncian a su liberalismo y se lanzan prestos a campañas xenófobas que exigen la deportación de esa “chusma delincuente que solo causa problemas”. Pero no acaba aquí la cosa. Las grandes empresas reubican sus factorías en otros mercados de trabajo con salarios y derechos laborales inferiores, de modo que desarticulan el tejido económico local a la par que explotan las miserias foráneas. Esto a su vez genera más paro en el país de origen y fuerza a sus trabajadores a un constante “reciclaje” en materia de estudios y actividad profesional (al menos en palabras del propio Estado y de tales camarillas, que parecen considerar a los parados basura inservible que debería volverse útil de nuevo). Es decir, bajo el capitalismo los trabajadores se encuentran constantemente sometidos al capricho de los vientos del mercado, de tal forma que su soberanía individual, su voluntad y su misma condición humana se evaporan en favor de la condición de máquina, convertidos así en un engranaje más, vacío y sin vida, del mecanismo de producción mercantil. Por si fuera poco, la existencia del ejército de reserva es la amenaza diaria que esgrime solapadamente (o no) el empresario para subyugar al trabajador, puesto que en cualquier momento puede sustituirlo por uno de los que está ahí fuera esperando venderse a un nuevo amo.

Como podemos intuir ya, algo despreciable se oculta en las profundidades de este modo de producción. ¿Qué clase de sistema vil es este que convierte a las personas en meras mercancías que se venden una y otra vez para ser esclavizadas durante la mayor parte del día? ¿Qué clase de sistema vil es este que en lugar de priorizar la satisfacción de las necesidades básicas de las personas se fundamenta en el principio supremo de la maximización del beneficio privado? ¿Qué clase de sistema vil es este que arroja a millones de personas a la miseria y la desesperación en lugar de repartir el trabajo existente entre todos, pudiendo incluso aumentar la producción de bienes básicos? ¿Qué clase de sistema vil es este que se impone por todo el mundo para generar mercados de trabajo que nunca antes habían existido a través de una devastadora violencia antropológica? ¿Qué clase de sistema vil es este que goza del respaldo interesado de la legislación del Estado y del monopolio de la violencia que este posee? Yo os lo digo: es el execrable sistema que surge de erigir la propiedad privada de los medios de producción y la maximización del beneficio privado como principios últimos universales de carácter incuestionable. Es la religión economicista y productivista fruto de la alucinación liberal. Es la obsesión por la eficiencia y la estimulación del consumo como supuesta base de la felicidad. Es la vida y la Tierra en su totalidad convertidas en mercancía cuyo único valor es, en última instancia, su utilidad para producir beneficio privado. Es el sistema de dominación más sutil y despiadado que ha creado el humano, la máquina definitiva que gobierna ciega y difusamente a través de las relaciones económicas. Es el engendro que, en lugar de estar sujeto a la voluntad de su creador, somete a este a su dinámica necia y suicida. Es el proyecto que una casta de avariciosos consiguió implantar parcialmente por medio del control del Estado y su violencia: el capitalismo de mercado libre autorregulador, la utopía última que abriga en su seno la transmutación total del ser humano, su voluntad, su política y todo lo que le rodea en mercancía.

Juan C. Valls

Puedes citar este artículo como:

Valls, J. C. “Capitalismo: beneficio privado y ejército industrial de reserva”, La prisión mental. URL: https://laprisionmental.wordpress.com/2011/09/26/capitalismo-beneficio-privado-y-ejercito-industrial-de-reserva/.


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