La debacle de UGT y CCOO

La debacle social de los dos sindicatos oficiosos ya se viene produciendo desde hace tiempo, pero en los últimos meses las confirmaciones se suceden clamorosamente. UGT y CCOO están condenadas a desaparecer como referentes por ser organizaciones traidoras, desmovilizadoras de la sociedad y cómplices de un sistema económico basado en el robo y la explotación. Se han convertido en meras cáscaras sin contenido, vacías de reivindicaciones. Son estructuras de lucha sostenidas artificialmente por las ayudas del estado, las cuales reciben en nombre de todos los asalariados. Seguramente los trabajadores se moverían más si sus actos y mensajes fueran verdaderamente combativos. Pero no. Su mensaje es cobarde, condescenciente y derrotista: “hay que pactar, no nos queda otra”. Su inmovilismo solo genera más inmovilismo, y este a su vez más inmovilismo… y así hasta la aniquilación total de la conciencia de la población como trabajadores y como personas a la que nos aboca el capitalismo. La reducción del trabajador a un perfecto autómata de producción-consumo. La reducción del hombre a mero recurso humano, desechable como un pañuelo de papel.

La adopción de las tesis de la economía ortodoxa —el pensamiento único que decía Ramonet— convierte a estos sindicatos en un órgano más del sistema económico, un gremio que actúa según sus propios intereses. Pasan a ser cadenas con las que el estado —bajo el poder económico— mantiene a raya y somete a la clase trabajadora. Y es que no hay mejor forma de anular las reivindicaciones de los trabajadores que asimilarlas bajo las condiciones que más convienen al interés privado. Así lo hizo el capitalismo, definiendo las reglas del juego mediante leyes promulgadas por un estado a su servicio. Y UGT y CCOO decidieron ejemplificar gustosamente el sometimiento a estas reglas a cambio de erigirse en representantes de los trabajadores y percibir ayudas económicas en su nombre. Tan pronto este juego se consolidó, la traición quedó consumada; y su trágico destino, sellado.

Pero la fuerza de los trabajadores no está condenada a desaparecer con ellos. Existe tan claramente como claro y cristalino es que somos el único motor que mueve las fábricas y las oficinas. Lo único que resta hacer es alinear esa fuerza, y para eso hace falta reconocerla primero y organizarla después, con voluntad y mensajes contundentes. Mensajes que tienen que llegar a todos, pues de lo contrario no tendrán efecto, como es obvio. La acción en la calle debe volver, con carteles que asalten las mentes y provoquen la reflexión, dejando claro que mejorar nuestras condiciones solo es una cuestión de querer y no de poder. El poder ya es nuestro, y eso lo dice hasta esa constitución liberal que tenemos.

Con la caída de UGT y CCOO parece que vuelve el auténtico sindicalismo, el que antaño consiguió mejoras reales para la sociedad. Un sindicalismo preocupado por informar y fomentar el espíritu crítico de los ciudadanos, en lugar de por captar su voto y desactivarlos como personas reivindicativas.

Encontrándonos en este callejón sin salida de la injusticia pactada, la tarea es animar a adquirir conocimientos, a la reflexión sosegada, a la crítica informada y a la defensa responsable de los derechos de forma directa, sin intermediarios. Se trata de salir del callejón destruyendo los muros que nos constriñen en vez de dar media vuelta resignado y quejicoso, lamentando la mala suerte de sufrir una crisis de la que no se es culpable. Basta de lloriqueos y autocompasión: la salida se encuentra en la conciencia colectiva, a cuyo desarrollo debemos contribuir.

La respuesta a las agresiones no puede ser aceptar una agresión suavizada, sino al contrario: exigir la reducción de la jornada laboral, el aumento del SMI, el aumento de las tasas al sistema financiero, la reducción del IVA de consumo primario y el aumento de los impuestos a las fortunas y grandes empresas. Y digo exigir porque somos nosotros los que hacemos material e intelectualmente todo lo que se produce en este país. Porque el estado tiene el Deber de estar a nuestro servicio y no al de las camarillas financieras.

En conclusión, tenemos que hablar, explicar, convencer, concienciar. Sin dogmas y sin más credo que la realidad misma: el dinero no trabaja; es el trabajador el que lo hace: el asalariado, el autónomo, todo aquel que usa su cuerpo o su mente para dar algo a la sociedad. Y una nota para todos los que se sienten comprometidos con estas cuestiones: no hagáis cosas que os den mala imagen pública o que os puedan encasillar como un grupo ajeno a la gente “normal”. Se trata de convencer, no de convertirse en un gremio o una tribu urbana. El poder económico sabe aprovechar rápidamente las diferencias para desarticular las protestas en los medios de masas, que están bajo su control.

Juan C. V.

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3 Responses to La debacle de UGT y CCOO

  1. […] La debacle de ugt y ccoo [ laprisionmental.wordpress.com ] […]

    • Miguel dice:

      Hola Juan,
      Me gusta cómo escribes y lo que escribes, pero si vemos la historia de CCOO veras que siempre no fue así y en todos sitios no es así. Yo pertenezco a CCOO en Tenerife y luchamos mucho. Los sindicatos solo son un reflejo de la sociedad, a sociedad acomodada idem sindicatos. CCOO lucho mucho en la dictadura pagando con cárcel e incluso con compañeros muertos. El problema surgió cuando en la transición ‘apareció’ UGT apoyada por el franquismo y pactaron excluyendo a CCOO, lo malo no fue eso sino que muchos trabajadores apoyaban eso y ganaron las elecciones sindicales. Los propios trabajadores traicionamos los principios de CCOO. Al final que pasó… que CCOO se adaptó. Hay que volver a lo que fue CCOO pero tenemos que ser los propios trabajadores los que hagamos el cambio.
      Salud y Anarkia

      • Tienes toda la razón, Miguel, las cosas no son ni blancas ni negras. Yo incido en los problemas que supone insertarse en la dinámica estatal de las subvenciones, los pactos y las negociaciones de altos vuelos. Un saludo y gracias.

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